«Aunque la benevolencia de la existencia la compense con salud y largos ciclos humanos, no vivirá tanto como alguno de nosotros. Aún el más enfermo desdichado de los nuestros, al menos alcanza a contar todas las estrellas de la bóveda celeste del norte y del sur» Farid sabía que, aunque le habían servido ya antes muchos humanos, ninguno había sido en la antigüedad como su amigo Alfred, ni como Ignacia en esta era. Conocía de sus intenciones y sabía que la dama que ahora desnuda seguía en su cama, no gozaba de una edad tan juvenil más sí de una virginal entrega, una que sólo sabía de ofrendarse enteramente a la pasión profunda que sentía por él. Su promesa seguía firme pese a los muchos siglos acontecidos, el lugar que una dama podría tener para ser su esposa, nadie jamás lo ocuparía. P

