Cuando la conoció en la entrevista, su ficha de vida era impecable, organizada, inteligente, con un brillo apagado en los ojos que él reconoció al instante, una mujer con una herida reciente.
La contrató inmediatamente como su nueva Jefa de Proyectos. Pero al verla moverse por la oficina, al notar el control que ejercía sobre su dolor, una curiosidad malsana creció en él. Ella es diferente. Hay una vulnerabilidad cruda bajo su fachada profesional que lo atrae con una fuerza primitiva que no experimentaba desde su adolescencia.
La forma en que se inclina sobre su escritorio, el modo en que su cabello cae cuando se concentra, o la manera en que sus ojos esquivan los suyos cuando hablan de algo personal... Damián no ve a una empleada. Ve a una mujer que huye de un fantasma y que está al borde de un colapso liberador.
Él la estudia con morb0, obsesionado con descubrir qué trauma la hizo huir de Bogotá y, más aún, con la idea de ser él quien finalmente rompa esa fachada de dignidad que ella se esfuerza tanto por mantener. Sabe que ella es un peligro para su regla de oro, nunca mezclar el poder con el deseo. Pero por primera vez en años, Damián siente una necesidad ardiente de tomar el control de algo más que su negocio. Siente la necesidad de tomar el control del deseo de Johanna y, al hacerlo, finalmente reclama la pasión que su propia infancia le negó.
La estación de buses de Medellín era un huracán de voces, carros y calor húmedo, un contraste violento con la fría Bogotá que había dejado atrás. Al salir, sentí el sol de la eterna primavera quemarme la piel, y por primera vez en meses, no sentí dolor, sino una extraña mezcla de pánico y adrenalina. Había cortado los lazos, pero el fantasma de Erick seguía respirando sobre mi hombro.
Necesitaba un escondite, no una casa. Con el sueldo de mi nuevo trabajo, no podía permitirme lujos. Saqué el celular y revisé las respuestas del anuncio que puse en Marketplace.
Opté por un pequeño aviso que ofrecía una habitación en el centro, cerca de la estación del metro. Después de regatear el precio por w******p, llegué a un edificio antiguo de paredes descascaradas.
La señora que me abrió, Doña Elena, era una mujer robusta y amable, con ojos cansados pero sonrisa genuina.
—Mijita, bienvenida —dijo, abriéndome paso al pasillo. El lugar olía a café fuerte y humedad—. Este es el cuarto. Es pequeño, pero tiene buena ventilación y es seguro. Aquí todos somos gente de bien.
El cuarto era minúsculo, apenas suficiente para una cama sencilla y un armario metálico. Pero la luz que entraba por la ventana era pura vida.
—Perfecto —respondí, con una sonrisa forzada—. Me sirve.
—Ay, qué bueno, mi amor. Aquí te vas a sentir como en casa. Los vecinos son un poco… ruidosos a veces, eso sí. Cosas de jóvenes —dijo, guiñando un ojo cómplice antes de entregarme la llave y desearme una feliz estadía.
Cerré la puerta y solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Estaba en Medellín, Sola, Libre.
Esa noche, la ciudad sonaba a mis espaldas, pero el drama se desarrollaba en la pared contigua. Los vecinos de Doña Elena, los que eran "un poco ruidosos", no estaban escuchando música.
Eran las once. Primero, el sonido de una risa ahogada, luego un golpe seco contra la pared que hizo vibrar el marco de mi cama. Después, los gemidos. Fuertes, rítmicos, innegablemente apasionados.
Me quedé paralizada, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. El sonido no era obsceno; era íntimo, animal, real. Y detonó la memoria de mi cuerpo.
Cerré los ojos, y el gemid0 de la vecina se mezcló con el recuerdo de Erick. La última vez que estuvimos juntos, fue una noche antes de que el rumor se hiciera insoportable. Él se había adueñado de mí con una ferocidad silenciosa, como si temiera que mi cuerpo se le escapara.
Escuché el jadeo agudo de la vecina.
Me acordé de Erick empujándome contra la pared de nuestra habitación, sus manos fuertes en mis caderas, poseyénd0me con esa urgencia territorial que me hacía sentir suya, completamente, absolutamente suya. Recordé el roce áspero de su barba, el sudor, la forma en que su respiración se aceleraba junto a mi oído.
La pared vibró con un golpe rítmico, acelerado.
Mi mano viajó a mi centro. La sensación era una mezcla de asco por mi debilidad y una necesidad ardiente. Me estaba masturband0, y el sonido de los vecinos se había convertido en la banda sonora de mis recuerdos con mi ex.
Me imaginé la posición, una de nuestras favoritas, yo a horcajadas sobre él, mirándolo a los ojos, sintiendo cómo se movía dentro de mí. El gemido de la vecina se hizo más alto, más sostenido, y en ese sonido, me imaginé el gemido ronco de Erick justo en el momento de la entrega, su mirada llena de esa posesión que yo amaba y que, a la vez, me había destruido.
La intensidad creció hasta que el cl¡max me sacudió, dejándome exhausta, mojada y sintiéndome profundamente avergonzada. Mi cuerpo había encontrado la liberación, pero el acto solo sirvió para confirmar una cosa, mi corazón estaba en Medellín, pero mi s*xualidad seguía secuestrada en Bogotá.
A la mañana siguiente, me levanté con los ojos hinchados y una determinación de hierro. Hoy, Johanna empezaba de nuevo. Me puse mi mejor traje de falda y tacones, sintiendo el poder que otorga la armadura profesional.
Llegué a las oficinas de Global Dynamics, la empresa donde había conseguido la entrevista. El lugar era cristal y acero, lujo frío. Me senté frente al entrevistador, el señor Gómez, un hombre de Recursos Humanos con una sonrisa automática.
—Señorita Johanna, gracias por venir. Su currículum es impresionante. ¿Por qué el cambio tan rápido de Bogotá a Medellín? —preguntó Gómez, echando un vistazo rápido a mis papeles.
—Busco un nuevo desafío, señor Gómez. Una empresa con la ambición de Global Dynamics —respondí con aplomo, omitiendo convenientemente la huida emocional—. Y necesitaba un cambio de escenario para enfocarme al cien por cien.
—Me gusta su enfoque. Vemos que tiene experiencia como Jefa de Proyectos. ¿Qué la hace destacar?
—Mi capacidad para manejar situaciones de alta presión y el diseño estratégico —contesté, manteniendo la mirada firme—. Y la lealtad. Cuando me comprometo con un objetivo, mi enfoque es absoluto.
Gómez asintió, visiblemente satisfecho.
—Excelente. Su puesto sería bajo la supervisión directa del Director de Estrategia...
En ese momento, la puerta de la sala de reuniones se abrió con un sonido suave. Y el aire se congeló.
Un hombre alto y de traje impecable entró. Su presencia era una tormenta en la calma de la oficina. Tenía el cabello oscuro, la mandíbula firme y unos ojos increíblemente intensos que barrieron la sala, deteniéndose justo en mí.
—Gómez, ¿estamos listos? —Su voz era profunda, con un tono autoritario que no admitía réplica.
—Sí, señor Damián. Estaba justo terminando la entrevista con la señorita Johanna, la candidata ideal para Jefa de Proyectos.
Damián. El nombre cayó como una sentencia. El hombre que, según mi hoja de vida, sería mi jefe, el director de Estrategia. Me miró, y su mirada no era profesional; era una inspección larga, morbosa, que me desnudó bajo el traje de falda.
—Bienvenida, señorita Johanna —dijo Damián, sin ofrecerme la mano.
En ese instante, supe que mi escondite se había terminado. La furia s****l y la soledad que había descargado con las sábanas la noche anterior, ahora encontraban un nuevo y peligroso blanco. La voz de mi cuerpo había encontrado su eco, y él era mi jefe.