El primer rayo de sol se coló por las cortinas motorizadas del penthouse de Damián, bañando la suite en un dorado pálido. Se despertó, no por una alarma, sino por el hábito estricto de su cuerpo. A su lado, Mónica, una rubia estadounidense de veintitrés años, dormía profundamente, el cabello esparcido sobre la seda negra de la almohada.
Se levantó sin hacer ruido. La observó por un instante, y la mirada no fue de aprecio, sino de evaluación fría. Era hermosa, sí. Era una joya de colección más en su vitrina de lujo: la modelo perfecta para los eventos sociales en Nueva York. Pero su presencia a su lado era tan vacía y carente de significado como una de las decenas de mujeres que había pagado para que llenaran su cama a lo largo de los años. Mónica era una de ellas, solo que más cara y con mejor pedigrí. No sentía nada, salvo la satisfacción de haber cumplido con la necesidad física de la noche. Era como estar con “una de las putas”, pensó con desdén, solo que estas no le exigían amor, solo le costaban un tiempo precioso.
Salió de la habitación y se dirigió a su vestidor. Mientras se anudaba la corbata de seda, ya estaba mentalmente en Wall Street, evaluando las acciones de la mañana.
La Propiedad en Casa
Al bajar las escaleras de mármol de su mansión en El Poblado, el aire era fresco y olía a café recién molido. El personal de servicio se movía con la precisión de un reloj suizo, bien pagado y perfectamente entrenado.
—Buenos días, Damián —dijo la cocinera, Luz Marina, con una sonrisa.
—Buenos días, Luz. Huele excelente. Dígale a Alejandro que suba la temperatura del jacuzzi esta noche —respondió Damián, su voz era profesionalmente amable, el tono de un jefe que valora la eficiencia.
Al pasar por el pasillo que llevaba al área de servicio, se encontró con Raquel, la ama de llaves. Raquel era una mujer de cincuenta años, de figura robusta, que había trabajado para la familia desde que él era un niño, incluso antes de que la vieja ama de llaves, María, fuese despedida. Su relación con Raquel era un secreto funcional que existía desde hace años, una extensión de su necesidad de controlar el entorno.
Ella llevaba un delantal blanco almidonado. Él se detuvo justo detrás de ella.
—Espero que el café de la mañana esté perfecto, Raquel. Sabes que me gusta fuerte —susurró Damián con esa voz de mando que usaba para dar órdenes importantes.
Raquel giró la cabeza ligeramente y le regaló una sonrisa complaciente, sabiendo lo que venía.
En un movimiento rápido, Damián deslizó la mano por su cadera, subiendo sin prisa por el muslo y dando un golpe seco y resonante sobre la nalga bajo el delantal.
—Estará fuerte, señor Damián. Como a usted le gusta —respondió Raquel con un ligero jadeo, enderezándose de inmediato, su rostro volviendo a la máscara de profesionalismo absoluto.
Fue un acto de propiedad pura, un recordatorio del poder que él ejercía en cada rincón de su vida, una pequeña descarga de adrenalina antes de enfrentar el mundo exterior.
El Despacho y la Nueva Obsesión
Damián fue conducido en su auto de lujo hasta el centro corporativo. Subió en el ascensor privado hasta el último piso de Global Dynamics, donde el Señor Gómez lo esperaba junto a su secretaria ejecutiva, con el rostro serio.
—Señor Damián, buenos días. Sobre la vacante de Jefa de Proyectos… hemos cerrado el proceso. Acabo de darle la noticia.
—Excelente. ¿Y bien? ¿Quién es la afortunada? Espero que cumpla con todos los requisitos de eficiencia y lealtad —dijo Damián, caminando hacia su escritorio de caoba.
—La señorita Johanna. Impresionante currículum. Proviene de una empresa grande en Bogotá, tiene manejo estratégico y, lo que es mejor, dijo que busca un “cambio de escenario para enfocarse al cien por cien”. Exactamente lo que usted pidió.
Damián se detuvo. Johanna. El nombre resonó en su mente. Cerró los ojos un instante.
—Tráigala. Quiero conocer a la persona que va a dirigir mis proyectos —ordenó Damián.
El Señor Gómez salió, y Damián se quedó de pie junto a su ventana, contemplando la vasta extensión de Medellín. La mañana de vacío con Mónica, el acto rutinario de poder con Raquel… todo se disipó.
Se dio cuenta de que la frialdad de su mañana había sido una preparación subconsciente para el calor que estaba a punto de irrumpir. Esa mujer, Johanna, con el brillo apagado y la fortaleza visible en sus ojos. Ella no era una joya, ni una empleada, ni un cuerpo para dominar; ella era un desafío, una herida viva que él sentía una necesidad urgente de explorar y desmantelar.
La puerta de su despacho se abrió de nuevo. El Señor Gómez entró, y detrás de él, con la espalda erguida y una expresión profesional, estaba Johanna.
—Bienvenida, señorita Johanna —dijo Damián, mientras su mirada la desnudaba, notando la firmeza de su pose. La observó, y su voz no fue profesional; fue un ronroneo de poder y deseo.
—Gómez, ¿estamos listos? —preguntó Damián, interrumpiendo la entrevista y dando inicio, con esa mirada de morbo silencioso, al juego que él acababa de decidir jugar. La obra continuaba.