Pasaron dos semanas antes de que Juliana volviera a cruzarse con Mateo Fuentes de una manera que no fuera en el salón o en los pasillos. Dos semanas en las que ella aprendió a moverse por la Academia San Ignacio como una sombra, invisible a los ojos de los ricos pero cada vez más visible para los pocos que, como Santiago y Javi, habitaban el mismo mundo de becas y uniformes gastados.
Había establecido una rutina. Llegaba temprano, antes de que Laura y su séquito aparecieran, y se escondía en la biblioteca hasta que sonaba el timbre de la primera clase. En el comedor, se sentaba con Santiago y Javi en la mesa del fondo, la más alejada de los populares, y compartían la comida que Javi traía de su casa o las sobras que Santiago lograba rescatar de la cafetería cuando los empleados no miraban. En la salida, esperaba a que el bus se llenara de otros estudiantes para pasar desapercibida y se sentaba en el asiento de atrás, cerca de la ventana, donde podía dibujar sin que nadie la molestara.
Era una vida pequeña, pero era suya. Y por primera vez en mucho tiempo, Juliana sentía que podía respirar.
Pero el destino, caprichoso como siempre, tenía otros planes.
Ocurrió un martes, en la clase de literatura. La profesora, una mujer mayor de cabello gris y voz cansada, había pedido que leyeran un poema de Pablo Neruda. Juliana tenía el libro prestado de la biblioteca, un ejemplar viejo con las páginas amarillentas y una esquina rota. Lo sostenía con cuidado, como si fuera de vidrio, y leía en voz baja los versos que hablaban del amor y la ausencia.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche, murmuró para sí misma, y las palabras le resonaron en el pecho como un eco lejano.
Estaba tan concentrada en el poema que no vio el bolígrafo rodar por el piso. No supo de dónde vino ni cómo llegó hasta sus pies. Solo lo vio allí, en el suelo de mármol, brillando bajo la luz mortecina del salón.
Era un bolígrafo caro. Se notaba en el peso, en el acabado metálico, en la tapa que cerraba con un clic perfecto. No era de los que se compran en papelerías de barrio. Era de esos que vienen en estuches de terciopelo, regalos de navidad para hijos millonarios que no saben lo que cuesta ganarse el pan.
Juliana lo recogió sin pensar. Era un reflejo, un acto automático de quien ha sido educada para devolver lo que no es suyo. Se giró hacia atrás para buscar al dueño, y entonces lo vio.
Mateo Fuentes estaba sentado dos filas detrás de ella, con la mano extendida y una expresión que no era de gratitud, sino de impaciencia. La miraba como quien mira a un empleado que tarda demasiado en hacer su trabajo.
Juliana sintió un nudo en el estómago. No era miedo, exactamente. Era algo más parecido a la conciencia de su propia pequeñez frente a él. Mateo Fuentes era todo lo que ella no era: rico, guapo, poderoso. Y ahora lo tenía frente a frente, con el bolígrafo en la mano, esperando que se lo devolviera.
—Toma —dijo, extendiendo el brazo.
Su voz sonó más firme de lo que se sentía. Quiso agregar algo más, un "buenos días" o "disculpa", pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Mateo tomó el bolígrafo sin decir nada. No dio las gracias. No sonrió. Ni siquiera la miró a los ojos. Sus dedos rozaron los de ella por un instante, un roce tan breve que casi no existió, y luego él volvió a su libro como si ella fuera una mancha en la ventana, una sombra que se disuelve con la luz del sol.
Juliana se quedó con la mano extendida un segundo de más. Luego la bajó, despacio, como si pesara más de lo que pesaba. Se giró hacia el frente y volvió a mirar el poema de Neruda, pero las palabras ya no tenían sentido. El amor del que hablaba el poeta era un amor de verdad, de esos que duelen porque importan. El que ella sentía en ese momento era otro: un amor imposible, nacido de una indiferencia que dolía más que cualquier odio.
No me miró, pensó. Ni siquiera me miró.
Y esa fue la peor parte. No el silencio, no la falta de gratitud. Fue la certeza de que, para Mateo Fuentes, ella no existía. Era una pieza más del mobiliario, un obstáculo en su camino, una becada más que algún día desaparecería y nadie recordaría.
—Te lo dije —susurró Santiago desde su asiento, y en su voz no había burla, solo una tristeza que Juliana no supo interpretar.
Ella no respondió. Solo apretó el lápiz contra el papel y siguió dibujando, aunque sus manos temblaban y las líneas le salían torcidas.
Esa tarde, en el patio, Santiago la encontró sola en la misma banca de siempre. El sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios y el aire se había vuelto más frío, pero Juliana no parecía notarlo. Estaba dibujando con una intensidad que rayaba en la obsesión, trazando líneas una y otra vez, borrando, volviendo a trazar.
Santiago se sentó a su lado sin pedir permiso. Llevaba dos jugos de caja en la mano, de esos que Javi había robado de la máquina expendedora la semana anterior y que guardaba en su mochila para las emergencias.
—Toma —dijo, dándole uno—. Vienen con adrenalina. Son más ricos así.
Juliana tomó el jugo, pero no lo abrió. Lo sostuvo entre las manos, sintiendo el frío del cartón contra sus palmas, y se quedó mirando el horizonte.
—Santiago —dijo al rato, y su voz era tan baja que casi la cubrió el viento—, ¿por qué eres tan buena gente conmigo?
Él se encogió de hombros, pero sus ojos se pusieron serios. Perdió la sonrisa fácil que lo caracterizaba y se quedó mirando también el horizonte, como si buscara las palabras en algún lugar lejano.
—Porque te vi llorar el primer día —respondió al final—. Y me recordaste a mí cuando llegué.
—¿Tú también lloraste? —preguntó Juliana, y había algo de incredulidad en su voz. Santiago siempre parecía tan fuerte, tan seguro de sí mismo.
—Lloré mucho —admitió él, y en su voz no había vergüenza, solo una verdad antigua—. También me decían feo, raro, pobre. También me escondía en el baño para que no me vieran. También comía solo en el comedor porque nadie se sentaba conmigo.
Juliana lo miró. Por primera vez, vio más allá de la sonrisa y los chistes. Vio a un chico que había atravesado el mismo infierno que ella, y que había salido del otro lado con las manos llenas de cicatrices y el corazón intacto.
—¿Y cómo le hiciste? —preguntó.
—Dejé de importarme lo que dijeran —respondió Santiago, y su voz era tan firme que parecía una promesa—. Y encontré a Javi. Y ahora a ti.
Juliana apoyó la cabeza en el respaldo de la banca y cerró los ojos. El viento le acarició la cara y por un momento, solo un momento, el dolor de la mañana se disolvió en el aire.
—Gracias —susurró.
—No hay de qué —respondió Santiago, y aunque no lo dijo en voz alta, en su pecho crecía algo que no se atrevía a nombrar.
Esa misma noche, en la mansión de los Fuentes, Mateo estaba sentado en su escritorio, frente a una pantalla que brillaba en la oscuridad. No estaba trabajando. No estaba estudiando. Estaba mirando un punto fijo en la pared, con el bolígrafo de tapa metálica entre los dedos, dándole vueltas una y otra vez.
No sabía por qué no podía sacarse a Juliana Castro de la cabeza.
Era solo una becada. Una más. Había cientos como ella en la Academia San Ignacio, estudiantes pobres que llegaban con la esperanza de escalar un peldaño en la escala social, de codearse con los ricos, de robar un poco de su luz. Había aprendido a ignorarlos desde pequeño, a no verlos, a no escucharlos. Porque los pobres solo traían problemas. Los pobres solo querían algo de él.
Pero Juliana era diferente.
No lo había buscado. No le había sonreído con falsedad. No le había pedido nada. Solo le había devuelto un bolígrafo, con la mano extendida y los ojos cansados, y se había ido sin esperar nada a cambio.
No me miró, pensó Mateo, y la ironía de ese pensamiento no escapó a su conciencia. Él era el que no la miraba. Él era el que la ignoraba. Y sin embargo, allí estaba, dándole vueltas a un bolígrafo en la oscuridad, pensando en una chica de gafas rotas que no debería importarle.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—¿Mateo? —era la voz de su padre, grave y autoritaria—. ¿Estás despierto?
Mateo guardó el bolígrafo en el cajón del escritorio, como si fuera un secreto que no debía ser descubierto.
—Sí —respondió.
La puerta se abrió. Don Augusto Fuentes, patriarca del Grupo Fuentes, entró a la habitación con paso firme. Era un hombre alto, de cabello gris y mirada de halcón. Llevaba un traje impecable, aunque eran las diez de la noche.
—Tu hermano me dijo que no quieres ir a las juntas —dijo, sin preámbulos.
—No me interesan —respondió Mateo.
—No es una cuestión de interés —replicó su padre, y su voz se endureció—. Es una cuestión de deber. Eres un Fuentes. Algún día esto será tuyo. Tienes que prepararte.
Mateo quiso decir que no quería nada de eso. Que prefería mil veces encerrarse en su habitación a tener que sentarse en una mesa con hombres que olían a dinero y a sangre. Pero conocía a su padre. Sabía que discutir era inútil.
—Está bien —dijo al final, con la voz vacía—. Iré.
Don Augusto asintió, satisfecho. Dio media vuelta para irse, pero se detuvo en el umbral.
—Y deja de perder el tiempo con esa becada —dijo, sin mirarlo—. No te conviene.
La puerta se cerró. Mateo se quedó solo en la oscuridad, con el eco de esas palabras resonando en su cabeza.
Esa becada. Su padre también sabía. Ricardo también sabía. Todos sabían. Todos lo vigilaban. Y él no podía hacer nada para detenerlos.
Cerró los ojos y trató de dormir. Pero en la penumbra de su habitación, la imagen de Juliana Castro devolviéndole un bolígrafo con la mano extendida y los ojos cansados se quedó grabada en su mente, como una promesa que no se atrevía a pronunciar.