Lo miré, tratando de descifrar algo en su rostro, alguna señal de humanidad, pero no había nada. Solo esa máscara de frialdad que nunca se rompía. Asentí, porque sabía que no tenía otra opción. Cualquier intento de contradecirlo solo terminaría en más dolor, en más sufrimiento. El reloj en la pared marcaba cada segundo con una precisión que me ponía nerviosa. Cada "tic" y "tac" era una cuenta regresiva hacia lo desconocido, hacia un futuro que no podía controlar. Intenté calmar mi respiración, concentrándome en el sonido, en la cadencia, para no perder el control frente a él. Viktor, por su parte, parecía completamente ajeno a mi lucha interna. Seguía comiendo, imperturbable, como si el simple acto de compartir la mesa fuera una extensión de su poder sobre mí. Mis manos estaban frías, te

