CAPÍTULO II Aeropuerto de New York.

1015 Words
    Aeropuerto de New York.  Liza María Fernández. Estados Unidos.   El corazón me latía fuerte. Uno de mis sueños se estaba haciendo realidad, ya que me encontraba en el aeropuerto. Había partido desde mi ciudad de Puebla a New York. Oliver me esperaría, como me lo había dicho en la noche anterior por teléfono. Estaba emocionada, imaginaba a Oliver esperándome con globos de corazones rojos, el símbolo de nuestro amor, o  con un bello ramo de rosas; lo conocía tanto. Al aeropuerto me acompañó mi tía, a quien quería como una madre. La noté triste, pero ahí estaba apoyándome para luego despedirme. — ¡Cuánto tiempo ha pasado! ― me dijo, mientras que con su cabeza observaba a su alrededor. ― Ha cambiado mucho. ― ¿Conocías? ― le pregunté sorprendida― Pero si me contaste que nunca te subiste a un avión. ―No era yo la que tenía que partir ― suspiró. ―Cuéntame más ― supliqué. ―No, Liza ―respondió y luego me acarició la mejilla con sus ojos llenos de nostalgia― solo jugaba contigo, olvídalo.    Asentí, pero quedaron aquellas palabras revoloteando en mi mente. Aunque se me pasó rápido, porque ya estaba a minutos a entrar en la sala, para abordar el avión que me llevaría a encontrarme con mi Oliver. En ese momento, cuando ya estaba entrando, la abracé y le dije: ―No te preocupes tía ma, volveré por ti y por Totó... Y los llevaré conmigo. ― Pero ella me abrazó. ―No, Liza... No quiero escuchar eso, y menos de ti ― respondió dejándome perpleja.    Yo me quede mirándola, pero esas fueron sus últimas palabras, luego caminé perturbada para buscar la puerta de embarque. El viaje fue sereno, la atención en el avión excelente; me distraje viendo películas y escuchando música. Así pasaron las horas en aquel aparato, que sentía que llevaba mis sueños a destino. Mientras veía cómo una de sus alas chocaba con las nubes, reflexioné y pensé: " La  vida estaría en  perfecto equilibrio, si nos comprometiéramos con nosotros mismo en romper barreras, como alas al viento". En ese momento de reflexión anunciaron nuestro aterrizaje. Me emocioné y respiré fuerte. Faltaba poco para abrazar a mi novio.    Así descendimos todos de aquel avión, luego pasamos el control aduanero en perfectas condiciones. En esos minutos, cuando esperaba mi equipaje, llegaron a mi mente algunos bellos recuerdos como palomas mensajeras: Cuando salía de la universidad y yo lo esperaba, no siempre, pero en cuanto podía. Lo veía venir hacia mí con su porte alto y delgado, y sus lentes que lo coronaban como el gran estudiante que era. Por su parte, él siempre me impresionaba con algo: un chocolate, un caramelo; eso me llenaba de emoción. Cuando lo veía venir hacia mí, comenzaba a bailar entre risas con mi desfachatez; él era muy tímido. — ¡Tremenda novia tienes, amigo! — bromeaban sus amigos al vernos, mientras él levantaba sus manos aceptando que tenían razón. Salíamos agarrados de las manos, mientras me contaba cómo le había ido o cómo había estado el examen del día.    Oliver era mi mundo, mi apoyo. Me escuchaba hablar largas horas, porque no entendía mi vida. Mi tía nunca me hablaba del pasado, me decía que era inútil recordarlo. Mucho menos lo hablaba con Totó, (el padre de mi tía, mi abuelo). A él los recuerdos se le habían fugado delamente a causa del Alzheimer, ni siquiera sabía quién había sido su esposa, su hija, mucho menos su nieta; aunque yo le recordaba cada vez que tenía la posibilidad.     "No conocer tu pasado porque no te lo quieren contar, es como tener una maldita enfermedad". Yo estaba segura que mi tía mamá me lo ocultaba, junto con varios familiares, por ejemplo, mi tía abuela Ximena; quien nunca tenía tiempo de venir a visitar a Totó, su hermano mayor. Ella sabía algo de mí, porque una vez escuché a mi tía mamá decirle por teléfono, con un tono fuerte e intenso: — Liza no tiene pasado, Liza tiene presente.    Y lo más importante, era que en aquel presente y sin pasado, estaba el hombre que más amaba, Oliver; con nuestra meta de hacer una vida diferente y la posibilidad de realizar todos nuestros sueños. Aunque haya dejado mi carrera de administración, no me importaba, lo único que me emocionaba era estar en Estados Unidos, y desde allí realizar muchas cosas: casarme, tener una bella casa con un amplio jardín, mis hijos y, sobre todo, ser muy feliz.    Con ese mismo ánimo que sentía en ese momento, caminé con mi maleta en aquel inmenso aeropuerto buscando la salida. Cuando llegué a la puerta, me puse a mirar entre las personas que se encontraban a la espera de su ser querido. Mi mirada se desplazaba por todos los lados, buscando a Oliver con un cartel sujeto en el pecho que dijera: "bienvenida mi amor". Pero no, esa fiesta solo existía en mi cabeza, porque el que me esperaba era otro Oliver, con un saludo simple, un beso en la mejilla; nada particular y yo, con la emoción a flor de piel. —Mi amor... estás más lindo que nunca — le dije y él, serio como si nada, ni respondió.         Yo, al ver su actitud, me acomodé el cabello, algo nerviosa, mientras él me miraba de pies a cabeza. No entendía su frialdad, lo único que hizo fue llevarme la maleta y caminar a donde nos esperaba un vehículo. Al subir, me di cuenta de que un amigo se encontraba en el asiento. Lo salude. Él se sonrió, dándome la bienvenida en inglés. Me acomodé en el asiento del acompañante y me dispuse al viaje. Oliver cerró la puerta y me dijo—: Liza tendremos una noche larga, avísame si tienes hambre para estacionarnos en un restaurant por la vía. — No te preocupes. — respondí.    Ellos iniciaron una conversación en inglés, la cual no sé a qué hora terminó, porque mientras mi mirada se perdía en aquellos grandes rascacielos, mis ojos se cerraron como cortinas de metal.   Liza Fernández. Estados Unidos.      
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