Capítulo 4: En el tren.
【Víctor Tremblay】
Después de unos días desde que Kambe le compró todo un equipo nuevo a Chopy que por cierto me debe unas cuántas explicaciones. Estoy de vuelta vía a la ciudad de Toronto, en estos momentos me encuentro muy relajado en la comodidad que prestan en el tren que tomé desde Montreal.
Me encontraba en esa hermosa ciudad, como siempre haciendo el trabajo del detective Kambe, ya que por su cargo debió ser él, el que asistiera a la convención de armamento de última generación que piensan implementar en la policía metropolitana.
Bueno, no me puedo quejar la atención en Montreal ha sido una de las mejores. Y en este momento me encuentro de vuelta a Toronto en este formidable tren comiendo algunos dulces de cortesía de parte de la convención, lo preferí así, ya que el de volar, aunque acorta la distancia muy rápido, es una de mis más grandes fobias. Tan simple que no puedo montarme en un aparato que no esté haciendo contacto con el suelo.
Estoy compartiendo cabina con un chico de edad promedio de 20 años, y escucho como le suena el estómago, supongo en que posiblemente debe tener hambre, me registro los bolsillos y consigo que todavía tengo los divertidos confetis que regalaban en la convención. Le voy a ofrecer uno.
—¡Hola! Desearías probar un confeti de estos. — Le ofrezco de una manera efusiva, mientras que también trago estos confetis que se vuelven adictivos. Lo saco de su mundo, ya que lleva unos audífonos en sus oídos.
—¿Ah, disculpe?. —Me interroga porque no escucho lo que le dije. Mentalmente, llevo mi cabeza para atrás frustrado, pero de todas maneras se lo vuelvo a repetir.
—Te dije que si te apetece uno de estos confetis. —Le repito lo que traté de expresar antes. Él se queda pálido algunos segundos antes de reaccionar.
—Eh… ¿Seguro?. — Titubea, ante mi decisión ruedos los ojos y se lo acerco más para que esté seguro de que no me arrepiento de compartir mis cosas.
—Toma. —Asevero, además he comido muchos de estos allá en la convención, tanto que antes de montarme en el tren tuve que esperar un rato en un baño público de la estación, para ver si vomitaba o no, al final no pasó a mayores.
Pero, mi parte masoquista sigo comiendo de estos dulces adictivos, sin embargo, no con la misma rapidez que llevaba, como si tuviera varios días sin comer, creo que llamé tanto la atención que un señor de avanzada edad se me quedo viendo cómo me atragantaba.
—Gracias, déjame bendecirlo…— De allí lo toma con sutileza, murmura algunas palabras en otro idioma, probablemente en francés porque en Montreal oficializaron que su idioma es el francés.
—Oye y, ¿Qué escuchas?, no soy muy fan de la música de ahora, prefiero un Jazz relajante, aunque debo de admitir que me gustan mucho las canciones de Dua Lipa. — Le confieso mi última afición en cuestión de gustos musicales. Él se lleva el confeti a la boca y veo como lo come. Me dan más ganas de comerme el que tengo en el bolsillo derecho.
Por lo que paso mi mano por mi bolsillo, lo tomo y lo extraigo, de allí se rompe el empaque porque el bolsillo de mi chaqueta cierra con una cremallera, y una cantidad importante del contenido se va hacia el suelo. «Joder, que estaba tan bueno».
Tomo una pequeña parte que se quedó en el asiento conmigo, lo guardo de nuevo en la bolsita y la como con calma porque si no me dan unas ganas de vomitar que ni siquiera yendo al baño me las puedo quitar.
—Escucho canciones en francés para mejorarlo, lo hablo como un niño de seis años, en realidad yo soy de Portland en Oregón, soy estadounidense, pero mi familia proviene de Montreal, fueron a Estados Unidos a ver si tenía una mejor calidad de vida o por simple diversión nunca me quisieron decir la verdad. — Se sincera conmigo mientras que ambos comemos nuestros confetis.
—De todos modos estoy planeando venir aquí junto a mi abuela que nunca se fue nada más, me faltaría dinero porque allá donde vive mi abuela es muy caro todo, mis padres no me quieren patrocinar.
Esa es la razón por la que siempre estoy viajando porque si me quedo donde mis padres no seré libre, pero sí me quedo con mi abuela no tendré patrocinio. — Me explica frustrado, se echa para atrás y lamento no ayudarle, en lo que puedo es en escuchar sus penas y que se desahogue.
—Entonces, ¿No vas a la universidad?, tienes edad de que si deberías estudiar algo. — Le insinúo, él me mira apenado, dirigiendo la mirada hacia abajo, dándome corporalmente una respuesta negativa, ya lo estaba imaginando.
—No estudio en una universidad como tal, sin no a cambio de eso, estudio online, en dos universidades públicas diciéndoles que tenía una condición muy extraña en la piel y que no podía salir de mi casa. — Me expone, frunzo el ceño con una sonrisa extrañado, por lo que me está contando.
Escucho como el tren anuncia la llegada a la estación en la que me tengo que bajar, tomo mi bolso que estaba reposando en mis pies. Me lo coloco en la espalda, me despido del chico con la mano mientras que le pido permiso para pasar al pasillo.
Busco la puerta, la atravieso, veo que todo a mi alrededor está relativamente normal, camino hacia la estación cruzándola, pero no antes que veo una máquina expendedora y busco en mis bolsillos traseros de mi pantalón siento un billete, el cual lo saco.
Con una sonrisa pintada en mi rostro, voy hacia la máquina expendedora, le doy el billete y piso el botón número cinco, para que suelte un paquete de galletas bajas en calorías.
Yo me mato cinco veces a la semana, tengo un cuerpo en forma, todo lo que mi novia podría desear, sin embargo, mientras que más me ejercitó más necesito comer porque tengo que tener más masa muscular en los brazos. Tomo el paquete de galletas y la abro, veo que todo el mundo están yéndose de la estación con rapidez, me acerco a las puertas por donde había entrado, algunos de los pasajeros está con sus maletas, esperando ser atendidos.
Por unos de los bolsillos saco mi identificación de detective junto a mi placa, me acerco al hombre de seguridad, se las muestro, trago la galleta que tenía en la boca para conversar con él.
—Buenas tardes, ¿Cómo está?, detective Tremblay a su orden ¿Qué sucede aquí?. — Inquiero mientras que me meto otra galleta, espero a que el tipo reaccione.
—Oh, buenas tardes, detective Tremblay, un chico de entre sus dieciocho y veinte años, tiene como rehén a una mujer de cincuenta y ocho años. — Me explica y abro los ojos sorprendido apenas me bajo, un rufián ya intenta hacer de las suyas.
Guardo el paquete de galletas en el bolsillo delantero de mi bolso, paso por la puerta del vagón anterior al que había salido porque es la única que está abierta sin importar si hay o no hay personas en ese vagón. De mi bota saco mi revólver, le quito el seguro, veo por la ventanilla quién es el perpetrador, abro los ojos y me empiezan temblar las manos cuándo veo quién es.
—¿Por qué Diablos tentaría con la vida de una mujer de cincuenta y ocho años?, el desgraciado no mataría ni una mosca. — Es el chico que estaba sentado al lado mío, sin entender muy bien por qué lo está haciendo, golpeo con fuerza la puerta que me llevará al interior. Él se voltea obligando a la señora voltearse bruscamente también. Me mira atónito de mi presencia.
—Vete, no tienes nada que hacer aquí, vete, no te mereces ver todo esto. —Me advierte a través de pasa montañas que tiene puesto, le miro decepcionado por sus acciones, veo como le tiembla el arma.
—¿Por qué haces esto si sabes que no te traerá nada bueno?. — Interrogo con un tono suave para que no se siga alterando y suelte un disparo donde no debe.
—Me tiene que dar veinte mil dólares para que yo suelte a esta señora. — Balbucea semejante estupidez confirmándome aún más que está más hueco que una ardilla, uno a él se le puede interceptar fácilmente, dos no es un secuestro organizado, es impulsivo por lo que las probabilidades de éxito son más bajas. Le apunto con mi arma.
—¡No!. — Grita con voz quebradiza, escucho que dispara, al minuto siguiente siento como algo muy pequeño quema mi brazo derecho haciéndome tirar mi arma. Dramáticamente, me tiro al suelo disimulando que estoy muerto, al caer cerca de los asientos puedo camuflajearme, y listo.
Así puedo sacar con disimulo mi teléfono, llamo a Williams, ya estamos en Toronto, así que nos concierne a nosotros atacar está situación.
Yo: Williams, mi ubicación es la estación número 04, es el lado noreste de Toronto, por favor vengan rápido, es cuestión de vida o muerte.
Williams: Llamaré al detective Kambe.
Yo: Agh…
Pasan cinco minutos después de la llamada y estoy sudando frío porque no me puedo mover mucho, veo mi revólver a un metro de mí. Creo que el chico es tan torpe que creo que no se dará cuenta si la tomo, por lo que me muevo hacia ella. Me arrastro como gusano asqueroso hacia allá, la tomo.
—Alto allí, no te muevas o si no disparo. — Advierte una vocecita muy fastidiosa para mis oídos, pero que va a salvar mi vida. Veo que por sus pies está mirando hacia al norte y como yo estoy en el sur, eso quiere decir que está de espaldas a mí.
Me levanto con el impulso del resto de mi cuerpo porque mi brazo derecho está adolorido, apunto al chico torpe con el que compartía asiento y confetis. Veo a Kambe que me hace una señal con los ojos para que le dispare por su lado izquierdo y así mismo lo hago. Le disparo al chico en su hombro izquierdo.
—Ouch. — Después de ese quejido un grito de la señora se hace escuchar, veo como la señora se desmaya cayendo al piso, el chico cae arrodillado tirando su arma, justo en ese momento Kambe aprovecha lo esposa. Me levanto con calma tapando la herida de mi brazo.
—Te dije que podías venirte en mi helicóptero, pero dijiste “Me dan miedos las alturas, déjame ir en tren”, eres una gallina y a las gallinas le suceden cosas malas para que superen sus miedos. — Me riñe mientras que obliga a levantarse al chico, este lo hace y los tres salimos del vagón también así saliendo del tren. Nos llevamos al rufián torpe mientras que todo el mundo nos aplaude.