Maya.
Estuve todo el día trabajando sin parar, concentrada, siendo eficiente hasta el agotamiento. No cometí ni un solo error: revisé correos, confirmé agendas, preparé informes y solucioné problemas antes de que llegaran a su escritorio. Aun así, Gabriel estuvo más insoportable que nunca. Más frío, más exigente, más distante, como si nada de lo que hiciera fuera suficiente.
Ya estaba a punto de irme, con el bolso en la mano y la cabeza puesta en Leo, cuando me detuvo.
—La reunión con el consejo será dentro de una semana —le dije—. Todos han confirmado asistencia.
Él asintió sin levantar la vista del portátil.
—Bien —respondió—. Dentro de tres semanas viajamos a Alemania.
Me quedé quieta.
—¿Perdón?
—Berlín —precisó—. Conferencia internacional de arquitectura y renegociación de contratos con inversores europeos. Estaremos fuera varios días.
Tomé aire.
—Señor Hamilton... yo no
Por fin me miró. Su expresión era dura, casi de hielo.
—Tienes tres semanas —dijo—. Es más que suficiente.
—Tengo compromisos personales —añadí, midiendo mis palabras—. No siempre puedo moverlos.
Su respuesta fue inmediata, cortante.
—No me importa si tienes pareja, si tienes problemas familiares o cualquier otra distracción —sentenció—. Tu trabajo es acompañarme y asegurarte de que todo funcione.
Sentí cómo algo se tensaba en mi pecho. Apreté el bolso con fuerza.
—Haré lo posible por organizarme —respondí con calma forzada.
—No quiero “lo posible”, Anne —replicó—. Quiero disponibilidad absoluta será tu última función porque si no cumples estarás despedida.
Asentí, aunque por dentro gritara.
—Le enviaré el itinerario preliminar mañana —añadí, profesional—. Buenas tardes, señor Hamilton.
Salí del despacho con el corazón acelerado.
Alemania, es demasiado lejos de Leo, no puedo irme tan lejos de mi bebé.
[..]
Cuando llegué a casa, Leo estaba cenando con Marianne. Tenía la camiseta, las manos y la cara llenas de salsa. En cuanto lo vi, no pude evitar reírme.
—Pero mírate… —dije dejando el bolso—. Estás hecho un lío.
Leo levantó la mirada y sonrió.
—Mamá… —dijo, estirando los brazos—. Ven.
Me acerqué y le di varios besos en la carita.
—¡Eh! —rió—. Mamá, cosquillas no.
—Claro que sí —respondí—. Te las debo.
Me observó un segundo, más serio, y frunció un poco el ceño.
—¿Sigues enfadada conmigo? —preguntó—. ¿Mamá tá enfadá?
Reí y negué con la cabeza.
—No, cariño, no estoy enfadada.
Leo se acercó más y me rodeó el cuello con los brazos, apretándome con fuerza.
—No me gusta cuando te vas —dijo—. Te tardas mucho.
—Tengo que trabajar, amor.
Negó despacio con la cabeza.
—No me gusta tu trabajo… —murmuró—. Yo te quiero aquí.
Sonreí y le acaricié el pelo.
—Siempre vuelvo contigo.
Leo levantó la mano y tocó mi cuello con curiosidad.
—Yo te mordí… —dijo bajito—. Aquí.
Reí y señalé la marca.
—Y eso no me gusta, cariño. Mira, todavía se nota.
Hizo un puchero leve y bajó la mirada.
—No muerdo más —dijo—. Pero no te vayas tanto, ¿sí?
Lo abracé con fuerza, apoyando la mejilla en su pelo, mientras Marianne nos miraba desde la mesa.
Lo llevé a bañarse y después nos acurrucamos en el sofá a ver una película. Leo apoyó la cabeza en mi pecho, con su pijama aún oliendo a jabón, y yo le acaricié el pelo mientras la televisión seguía encendida.
No recuerdo en qué momento me quedé dormida; solo sé que, como siempre, el cansancio pudo conmigo.
A la mañana siguiente me desperté temprano. El despertador apenas sonó una vez. Me giré hacia Leo: dormía profundamente, con la boca entreabierta y un ronquido suave que me arrancó una sonrisa. Me incliné y le dejé un beso en la mejilla, luego otro, y otro más.
—Te quiero —susurré.
Él se movió apenas, frunciendo la nariz, pero no despertó. Le di un último besito en la cara y me levanté con cuidado para no hacer ruido.
Me duché rápido, me vestí como siempre con mi ropa corporativa y recogí el pelo sin demasiada dedicación. Antes de salir del dormitorio, volví a mirarlo un segundo más. Siempre hacía lo mismo, como si necesitara asegurarme de que estaba ahí, sano, respirando.
En la cocina estaba Marianne preparando el desayuno.
—Buenos días, señora —me dijo, aunque ya le había pedido mil veces que no me llamara así.
—Buenos días —respondí mientras cogía un café.
Dudó un momento antes de hablar, y eso me hizo levantar la vista.
—Señora… hoy por la tarde tengo cita con el médico —dijo—. No me siento nada bien. Puedo llevar a Leo a sus clases de fútbol, pero no podré recogerlo.
Asentí sin pensarlo.
—Está bien —respondí de inmediato—. Lo más importante es tu salud.
Marianne suspiró aliviada.
—Gracias.
—Pediré permiso en el trabajo para salir antes y recogerlo yo —añadí—. No te preocupes por nada.
Pensé en Gabriel Hamilton y en su cara de pocos amigos, pero no dudé ni un segundo. Mi hijo iba primero, siempre.
Cogí el bolso, dejé todo preparado para Leo y salí de casa con esa mezcla constante de culpa y determinación que me acompañaba cada día.
Sabía que me tocaría enfrentar a mi jefe… pero también sabía que volvería a casa a tiempo para abrazar a mi pequeño. Y eso lo hacía todo soportable.
Llegué a la empresa a la hora exacta, como cada mañana. Preparé el desayuno de Gabriel tal y como le gustaba: el café fuerte, con poca leche y todo colocado con una precisión casi quirúrgica. A esas alturas ya lo hacía de memoria.
No tardó en llegar. Apenas me dedicó una mirada antes de empezar a dar órdenes.
—Quiero estos informes listos antes del mediodía. Cancela todas mis llamadas y que nadie me moleste esta mañana —dijo con su tono autoritario habitual.
Asentí, tomando nota mentalmente, y respiré hondo. Sabía que si no hablaba en ese momento, no lo haría nunca.
—Señor Hamilton —lo detuve—, necesito pedirle permiso para salir antes hoy.
Alzó la vista lentamente, visiblemente molesto, como si mi petición fuera una ofensa personal.
—No —respondió sin más.
Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba.
—Trabajo con usted doce horas al día —dije, mirándolo de frente—. Mi contrato establece ocho.
—Se te pagan las horas extra —replicó con frialdad.
Apreté los dedos contra la carpeta que llevaba en las manos. El corazón me latía con fuerza, pero no bajé la mirada.
—Entonces no me pague las horas de hoy —dije con firmeza—, pero me iré temprano.
El silencio cayó pesado entre los dos. Gabriel me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. Esperaba un grito, una humillación más, incluso el despido. Pero no dijo nada. Ni una palabra.
Finalmente bajó la vista hacia sus papeles, como si yo ya no existiera.
—Cierra la puerta al salir —murmuró.
Me di la vuelta sin decir nada más. Al cerrar la puerta, mis manos temblaban, pero por primera vez desde que trabajaba allí, sentí que había ganado algo. Aunque fuera solo un poco de dignidad.