Alessandro di Stefano
"Amo" me hizo sonreír esa palabra. Su tono es seductor y lo que me ofrece me gusta, pero eso no hará que olvide que me las debe.
Marcia se ha pasado de la raya. No solo ha olvidado su lugar, sino que ha usado a otras chicas del club para ejecutar su pequeña venganza.
Una falta de respeto hacia mí y hacia lo que construí. Mi mundo tiene reglas. Reglas que mantienen el orden, que aseguran que todos sepan qué esperar. El caos no tiene cabida en mis negocios, ni mucho menos en mis clubes. Hoy no será la excepción.
Cuando me enteré de lo que le hizo a la chica, ya era demasiado tarde. La pobre estaba siendo llevada al hospital con la cara desfigurada y el miedo dibujado en sus ojos. Lo que me enfurece no es solo el acto de violencia, sino la arrogancia. Marcia parece haber olvidado que su lugar no es tomar decisiones ni impartir castigos. Eso lo hago yo.
— ¿Amo? — La miro con frialdad y en segundos, Marcia cambia su mirada coqueta a una nerviosa, pero intentando disimular con una actitud desafiante. Me miró con esa mezcla de resentimiento y miedo, como si no supiera qué esperar. —¿Creíste que podías jugar conmigo? — Le digo, acercándome con calma, manteniendo mi tono bajo y controlado. Ella no responde. No tiene que hacerlo. Sus ojos lo dicen todo. Sabe que ha cruzado un límite. — ¿Te parece que esto es un juego? — Continué. — ¿Usar a las chicas del club para tus asuntos personales? Aquí no hay juegos, Marcia. Aquí hay reglas. Y tú las rompiste. — Marcia comienza a hablar, a balbucear algo sobre que la chica se lo merecía, que ella solo quería lo que era suyo, pero no la dejo terminar. — Te equivocas. Nada aquí es tuyo. Ni las chicas, ni el club, ni siquiera tú. Todo aquí me pertenece, y cuando te olvidas de eso, es cuando las cosas empiezan a ir mal para ti. — Hago una pausa, dejando que mis palabras se asienten. Sabía que el silencio pesaba más que cualquier amenaza. Marcia lo sintió, lo vi en la forma en que su postura cambió, en cómo su mirada pasó de desafiante a sumisa. — Vas a pagar por lo que hiciste. Y no será con dinero. — Le digo, acercándome lo suficiente para que sienta mi presencia aplastante. — Vas a aprender que en mi mundo, nadie se rebela sin consecuencias. — No soy un hombre que disfrute de la violencia sin propósito, pero cuando alguien se olvida de las reglas, no me queda más opción que recordarles quién está al mando. Hoy, Marcia aprendería esa lección.
— Alessandro por favor no. Mira todo lo que he echo para ti. Esta más que una disculpa es una ofrenda de paz. — Le doy una cachetada.
— ¡Cállate! — La sujeto del cabello y con la otra mano le rompo la pijama. Ella forcejea y me pide que la deje. La chica en la cama se empieza a mover inquieta, se asusta y no me importa. Esto es lo que provocaron con su impertinencia. Creer que pueden comprarme con una follada me ofende, me insulta. Tiro a Marcia a la cama como un bulto, ella intenta levantarse, la sujeto por uno de sus pies, la jalo y le doy unas nalgadas. Ella empieza a huir de mí, la cama se le hace infinita... saco mi polla y mientras enrollo mi brazo en su cuello entro en ella sin piedad. Empiezo a darle lo que quiere pero de una manera grotesca, fuerte. La trato como un objeto y lo disfruto. Disfruto que me pida detenerme.
— Me haces daño, por favor para.
— Cállate, Cállate!!! — La golpeo una y otra vez. Empieza a sollozar, pero no me detengo. No hasta creer que es suficiente... salgo de ella, la empujó sobre el cuerpo de la otra chica, le doy un último vistazo; su rostro lleno de lágrimas, su rimel corrido. Se siente humillada, lo se... Salgo de la habitación dando un portazo.
Me detengo un momento afuera de la habitación y arreglo mi ropa. "Esto no sirvió de nada" pienso, pues el sexo muchas veces suele ser liberador. No para mi que uso el sexo de manera destructiva, sin encontrar satisfacción. En mucho tiempo no he sido capaz de conectar con alguien, no he sentido que sea absolutamente placentero. Y sí, depende del contexto en el que use la sexualidad, así me siento. Justo hoy no encontré liberar el estrés.
Camino hacia la bodega mientras sigo pensando, encuentro a dos de mis hombres custodiando la puerta, los saludo con un asentimiento para después ver a uno de ellos moverse y abrir la puerta para darme paso.
— Disculpen la tardanza caballeros. — La puerta de la bodega se cierra detrás de mí, el eco del metal reverberando en el aire espeso. El lugar apesta a humedad y sangre. No es un sitio en el que suela estar, pero a veces es necesario. Camino despacio, escuchando el sonido de mis zapatos resonar en el concreto sucio. Simone se encuentra silencioso como siempre. Sabe que no me gustan las palabras innecesarias.
Frente a mí, los dos hermanos. Por fin los tenemos. Escondiéndose como ratas por semanas, pero no hay lugar donde uno pueda esconderse para siempre. No cuando tienes los recursos y los contactos adecuados. Están atados a sillas de metal, sus cuerpos inclinados, golpeados, rotos. El menor apenas puede levantar la cabeza, mientras que el mayor me mira, aterrorizado. Puedo oler su miedo. Es casi palpable.
Me acerco más, observando la escena con calma. Podría haber evitado estar aquí, delegar esto a Simone, pero hay cosas que un hombre como yo debe manejar personalmente. Sobre todo si tiene una voz que no quiere salir de su cabeza y lo que necesita es liberar el estrés.
— ¿Tanto les costaba quedarse en su lugar? — Murmuro, sin emoción alguna en la voz. No grito, no necesito hacerlo. Mi presencia es suficiente para hacerles entender el peso de su error. El mayor intenta hablar. Su voz es quebrada, débil.
— S-señor... Alessandro... no era personal... no sabíamos... — Lo interrumpo, levantando la mano. Me cansan las excusas, las mentiras. No se trata de que no supieran. Se trata de que pensaron que podían burlarse de mí, que podrían salir de esto intactos.
— No sabías... — Repito, acercándome hasta quedar frente a él. Me inclino ligeramente, lo justo para mirarlo a los ojos. — Eso es lo que todos dicen cuando se dan cuenta de lo que han hecho. Pero sabes qué, no me importa si sabías o no. — El silencio en la bodega es tan denso que podría cortarse con un cuchillo. El miedo en sus ojos me resulta casi patético. — Lo que me importa es que actuaste. Y ahora, estás aquí. ¿Adivina quién tiene la última palabra? — Me enderezo y me aparto un poco. Mi voz sigue siendo baja, controlada, pero sé que cada palabra cala hondo en su alma.
— Lo que hicimos... fue un error, podemos arreglarlo... — Dijo con voz temblorosa.
— ¿Arreglarlo? — Dejo escapar una pequeña risa sin humor. — Vendiste información sobre mis operaciones. Arriesgaste todo lo que he construido... ¿Y piensas que esto se puede arreglar? — El silencio cayó de nuevo sobre la bodega. Me giré hacia Simone y le hice una señal leve con la cabeza. Simone, con un gesto de total calma, sacó su pistola y la dejó sobre la mesa de metal junto a las sillas. — Lo que pasa con las ratas... —continue — es que, cuando una encuentra un agujero para esconderse, las demás suelen seguirla. Mi problema es que yo no puedo permitirme tener agujeros. No en mi negocio. — El hermano menor comenzó a sollozar, mientras el mayor mantenía la cabeza baja, sin fuerzas para continuar. —Ahora — Volví a inclinarme ligeramente hacia adelante, bajando la voz a un susurro. — Dime... ¿Para quién trabajaban realmente? ¿Era la policía? ¿O alguien más? — El mayor intentó hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Había miedo en sus ojos, un miedo que yo reconocía bien. Pero no era suficiente. La traición era un precio demasiado alto, y en mi mundo, ese precio solo se pagaba de una manera.