Alessandro di Stefano
Subo al coche, sin mirar atrás. No tengo tiempo para esto. ¿Quién demonios se cree esa chica? El auto avanza y mientras me acomodo en el asiento trasero, tiro una última mirada por la ventana. Ahí sigue, parada, con la barbilla alzada, mirándonos partir. Como si hubiera ganado algo.
Cierro los ojos por un segundo, intentando sacarme esa imagen de la cabeza. Algo en ella me ha dejado una impresión que no consigo definir. Es su voz. Lo supe en el instante en que empezó a gritar. Su tono tenía algo... diferente. Algo que me atraviesa incluso ahora, cuando no debería importarme.
《Vamos, Alessandro. 》Me digo a mí mismo, aplastando el cigarrillo en el cenicero del coche. 《 Solo una chica más. Nada importante.》
Pero mientras el auto se aleja, y aunque mi mente ya debería estar enfocada en la reunión que me espera, no puedo sacarme esa maldita voz de la cabeza.
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El ambiente en el restaurante era perfecto. La mesa estaba ubicada en un rincón apartado, lejos de miradas indiscretas, como siempre. Una botella de vino costosa esperaba ser descorchada, mientras los hombres a mi alrededor hablaban de números y acuerdos. Todo se desarrollaba de forma habitual, pero por alguna razón, yo no podía concentrarme.
Esa voz seguía resonando en mi cabeza."Alessandro, ¿qué opinas?" escuché decir a uno de los socios mientras señalaba una propuesta en los documentos que tenía enfrente. Mi mirada se posó en las páginas, pero no vi nada. No me importaba en lo absoluto lo que decían.
— Señor, ¿Está de acuerdo? — Insistió otro, como si mi aprobación fuera lo más importante del mundo en ese momento.¿Por qué seguía pensando en ella?
— ¡Alessandro! — El grito de Augus me sacó bruscamente de mis pensamientos. Giré la cabeza, parpadeando, mientras Augus me miraba con una mezcla de preocupación y expectación. Mis ojos se encontraron con los suyos por un segundo antes de que recobrara mi compostura. El resto de la mesa se había quedado en silencio, esperando mi respuesta.
— Sí, lo que dijeron está bien. Procedan. — Respondí sin siquiera haber oído la última parte de la conversación. La reacción fue inmediata. Algunos asintieron con la cabeza, otros intercambiaron miradas satisfechas. Todo estaba en orden. O al menos, así lo creían. Augus permaneció a mi lado, siempre atento. Lo conocía bien, sabía que había notado mi distracción, pero, como siempre, optaba por el silencio. No había necesidad de hablar. Él sabía que yo nunca permitiría que algo tan trivial como una mujer me afectara, eso creía.
Mientras los demás continuaban con la reunión, mi mente volvía una y otra vez a ese instante en la calle, a la chica que me había insultado sin pensar en las consecuencias. Qué absurda era esa escena, qué insignificante. Y, sin embargo, no podía sacarme su voz de la cabeza.
— Señor, ¿Quiere que le llame a Simone para los detalles finales de la operación? — Preguntó Augus, inclinándose ligeramente hacia mí.
Asentí, pero mi mente seguía en otro lugar. Mientras él sacaba su teléfono para coordinar los últimos pasos, yo me serví un vaso de vino, observando cómo el líquido rojo llenaba lentamente la copa. Me forcé a pensar en la reunión, en el trato que estábamos cerrando.
Pero entre sorbo y sorbo, entre palabra y palabra, esa voz seguía ahí, desafiándome.
El día parecía alargarse sin fin...
Las horas pasaban, pero la presión no disminuía. La reunión terminó de manera satisfactoria para todos, excepto para mí. Mis pensamientos no dejaban de dar vueltas en círculos. Augus, como siempre, estaba a mi lado, pero ni siquiera su presencia lograba calmar la incomodidad que sentía.
La tarde comenzaba a desvanecerse cuando finalmente regresamos a la oficina. Me serví un trago de whisky, dejando que el líquido quemara mi garganta. A veces, ese pequeño ardor era lo único que me hacía sentir algo...
Como si mi cuerpo necesitara que lo castigara para recordar que estaba vivo.
Pasé unos minutos observando la vista de la ciudad desde mi despacho. Roma, mi imperio, mi creación. Pero incluso con todo el poder y control que tenía, no podía deshacerme de la tensión que se acumulaba en mi pecho. Sabía lo que tenía que hacer. No era la primera vez que sentía esta presión. Normalmente, una noche de exceso, de mujeres y de lujos, lograba despejar mi mente.
"Tal vez todo esto es el resultado del estrés acumulado", me dije a mí mismo. Las reuniones, los negocios, todo se había entrelazado en mi mente de una manera que me hacía sentir como si estuviera perdiendo el control. Había sido una semana agotadora, el mes entero había sido brutal. Las exigencias de mi mundo no cesaban y yo era el centro de todo.
Me serví otro trago, caminando lentamente hacia el sillón de cuero oscuro que tenía en la esquina de la oficina. Me dejé caer en él, cerrando los ojos por un momento, intentando encontrar un poco de paz. Pero incluso ahí, en mi santuario, no podía ignorar el malestar que me carcomía. Las imágenes de la subasta me volvían a la mente: esas mujeres. Sentía que mi cuerpo se tensaba solo con pensar en ellas, pero no de la manera en que lo solía hacer.
Nada de eso me traía el placer que esperaba. No sentía nada al pensar en sus cuerpos, en sus miradas perdidas, en lo que las otras personas a mi alrededor veían como "mercancía". Había algo mal conmigo. Tal vez era solo el cansancio. O tal vez había algo más, algo que no me había permitido ver antes.
Sacudí la cabeza, intentando apartar esos pensamientos. No podía permitirme debilidades. No ahora, no nunca. Me levanté del sillón, estirándome ligeramente. Necesitaba despejarme, alejarme de todo por un rato. Quería culpar al estrés, pero, en el fondo, sabía que había algo más detrás de este malestar. Algo que llevaba mucho tiempo enterrado.
— Augus, necesito salir un rato. Prepara el coche. — Mi voz sonaba firme, pero en mi mente, seguía luchando contra las sombras que amenazaban con devorarme.
Minutos después, estábamos de nuevo en la carretera. No sabía exactamente hacia dónde quería ir, pero sabía que necesitaba escapar, aunque fuera por unas horas. El coche avanzaba entre las calles de Roma, y mientras observaba el paisaje pasar, intenté convencerme de que todo era simple agotamiento. Un hombre como yo no tiene tiempo para perderse en estupideces. Pero por primera vez en mucho tiempo, empezaba a sentir que había algo fuera de mi control.
Llamada...
— ¿Dónde estás?
— Llegando a la bodega. Tenemos a los Marino. — Escucho decir del otro lado de la línea a Simone y encuentro en esas palabras una oportunidad para liberar mi mente.
— Voy para allá. — Cuelgo la llamada sin más y le indico al chófer que cambie el curso del vehículo.
— No quiero ir a ver sangre así que Déjame por aquí. — Dice Augus. Aveces dudo de haberlo contratado. No es para nada partidario de la violencia, pero ya no tiene de otra, entro a este mundo y si se sale por andar con huevonadas será una pena.
— Detén el auto. — Le hablo al chófer y luego a Augus. — Y tú deja de hacer eso cada vez.
— Discúlpame, pero técnicamente mi horario laboral terminó. Además, soy más diplomático.
— Adiós. — No pierdo el tiempo con él. Lo veo bajar del auto y luego vamos rumbo a la bodega. La bodega está ubicada en el sótano de uno de mis clubes; creo que es súper práctico y prefiero tener mi lugar personal para hacer este tipo de operaciones ya sea interrogatori, tortura o lo que sea. Hay que lidiar con la gente, deben saber que si se meten conmigo habrá problema y me encargo de alguna manera sembrar el terror en cada uno de los que se meten conmigo.
Me bajo del auto una vez llegamos al club y una de las chicas me aborda para decirme que Marcia quiere verme, que tiene una sorpresa para mí. No sé de qué va esto pero acepto ir porque tengo un asunto pendiente con ella. Pero... ¿Cómo supo que vendría?
La chica me guía hasta una de las habitaciones.
Estoy en mi territorio, este es mi club, mi propiedad; ella no puede hacerme nada y solo por eso voy a ver la supuesta sorpresa pero en mi mente queda la duda de cómo supo que venia y cómo pudo preparar algo tan, tan... quedo sorprendido luego de que la puerta se abre.
Se encuentra una Marcia sentada como toda una señora en uno de los sillones de la había. Se pone sobre sus pies y la miro de abajo hacia arriba. Lleva tacones, una pijama de seda que dejan sus pechos expuestos; está maquillada lindo. Se me olvidaba que Marcia es en serio hermosa... Del otro lado de la habitación sobre la cama una chica está atada tanto de manos como de pies muy erótica escena.
El clip de la puerta cerrándose me saca del shock.
— Bienvenido amo.