Alessandro di Stefano
Oficina Presidencial 9:00 Hrs.
— Señor, el orden del día.
— No creo que haya mucho más que hacer, desde que llegue no haz echo más que traerme quehaceres. — Augus y yo hablamos mientras mi sexy secretaria deja una taza de café sobre mí escritorio. Cada vez veo su falda más corta o su escote más profundo, tiene muy buenos atributos.
— ¿Puedes dejar de distraerte? — Augus menciona y la chica sonríe coqueta a lo que yo me pongo serio. — Señorita, salga por favor. — Augus toma la palabra para poner orden a lo que ella retoma su postura y sale casi corriendo de la oficina. No digo nada al respecto y sigo firmando papeles. — En dos días ahí una celebración. Rossibella Castellanos celebrará su cumpleaños número sesenta y dos y te quiere en primera fila. Será un ostentoso evento. — Ruedo los ojos.
— No confirmes mi asistencia.
— Ya lo hice y no me des las gracias. La necesitas para llevar a cabo el proyecto hotelero. Son sus malditos terrenos. — Suspiró resignado. Se que ahí maneras de conseguir eso sin asistir a esa gala, pero a Augus no le gusta complicarse.
– No estaré más de diez minutos.
— Sin problema. Con que vea tus autos en la fila estará bien. Y volviendo al presente... — Me termina de contar el orden día y lo odio. Cuando el día requiere mi presencia en muchos lugares es un fastidio. A veces quisiera un doble.
— Déjame solo. — Asiente y se marcha. — Honestamente necesito prepararme mentalmente para este día. Giro la silla dándole la espalda a la puerta y cierro los ojos tratando de encontrar en mi mente un lugar seguro. El silencio se apodera del lugar y la calma me invade. Mi respiración se vuelve más tranquila y esta sensación de paz empieza a gustarme. Luego mi mente trae a colisión una voz, una que desearía borrar de mi subconsciente. La de mi madre...
Pues me hace cuestionar muchas cosas y ahora que lo pienso no recuerdo cuándo fue la última vez que creí en el amor. Tal vez nunca lo hice, ni de niño.
Ya que mi madre se encargó de enseñarme eso desde muy temprano. Para ella, las emociones eran un lujo, un accesorio que se llevaba solo en ocasiones públicas, para las cámaras, las cenas de gala y las malditas apariciones en sociedad. Pero en casa... en casa, nunca hubo afecto. Sólo frialdad, como el mármol que decoraba cada rincón de nuestra mansión.
La imagen de mi madre es clara en mi memoria: siempre impecable, como una muñeca de porcelana, sin una grieta visible. Nunca la vi desarreglada, nunca la vi llorar, y mucho menos sonreír. Había veces que me preguntaba si podía hacerlo, si su rostro era capaz de mostrar algo más que esa mirada vacía que me perforaba cuando intentaba acercarme.
De niño, supongo que esperaba algo más. Todos los niños buscan eso, ¿no? Ese abrazo que te dice que todo está bien, esa palabra que te hace sentir que perteneces a algún lugar. Pero ella... ella nunca me lo dio. A lo mejor nunca supo cómo. Mi padre tampoco estuvo ahí para compensar su ausencia. Él estaba demasiado ocupado construyendo su imperio, y lo único que me enseñó fue que en esta vida no hay espacio para la debilidad. El amor era una debilidad, y por lo tanto, algo que debía evitarse a toda costa.
Recuerdo los días en que intentaba impresionarla. Los logros escolares, los deportes, todo lo que hacía, lo hacía con la esperanza de arrancarle una mirada de orgullo. Nunca llegó. Ni una sola vez. Mi madre se movía como una sombra, siempre presente pero jamás involucrada. Era como si yo no existiera para ella, y eso, al principio, dolía.
Pero con el tiempo, dejé de esperar. Aprendí a no necesitar ese cariño, a sobrevivir sin él. Me encerré, me endurecí. Si ella no podía amarme, ¿por qué debería esperar que alguien más lo hiciera? Esa fue la lección más importante que me dejó: el amor es algo que no merezco. Y si tu propia madre no te puede amar, ¿quién más lo haría?
Es irónico, porque aunque estoy rodeado de mujeres todo el tiempo, ninguna de ellas significa nada. Puedo tenerlas, usarlas, y dejarlas ir sin sentir nada. Nunca me acerco lo suficiente como para que puedan herirme. Las utilizo, claro, porque el deseo físico no es algo que pueda reprimir. Pero el amor... esa es otra historia.
Y aquí estoy, años después, convertido en un hombre que maneja el mundo con manos de hierro. Un hombre temido, respetado. Pero en el fondo, todavía está ese vacío. Ese hueco que mi madre dejó, y que nadie ha podido llenar.
¿Siento la necesidad de encontrar a alguien que lo haga? No lo sé. Parte de mí ni siquiera quiere intentarlo. Porque si abro esa puerta, si permito que alguien entre... ¿qué pasaría si descubro que no soy capaz de sentir nada? ¿O peor aún, qué pasaría si descubro que sí puedo sentir, pero todo lo que me han enseñado sobre el amor fue una mentira?
No, no voy a arriesgarme. Es más fácil seguir así, viviendo en la superficie, dejando que el mundo crea que soy intocable. Es más seguro mantenerme en la oscuridad. Porque en el fondo, sé que nadie podrá amarme. Ni siquiera quiero que lo intenten.
Es mas probable que me gane el odio de alguien, pues mi mundo no es fácil y mis manos están manchadas...
— El auto te espera. — Abro los ojos y suspiró. Giro la silla y mi secretaria se acerca a recoger los papeles del escritorio. Augus me espera en la puerta, voy al perchero por mi saco y camino hacia la salida. Aquí vamos, a un día largo de trabajo y sonrisas fingidas.
Salimos de la oficina a paso firme. Augus va a mi lado, coordinando con el equipo de seguridad, mientras el resto de los guardaespaldas nos sigue como sombras. Hoy hay una reunión importante, un almuerzo con un socio clave. No puedo darme el lujo de llegar tarde. Todo está calculado. El tráfico, el tiempo. Cada minuto cuenta.
El auto n***o de lujo ya nos espera afuera, el chofer listo para partir. Subimos rápidamente. Miro a Augus, quien revisa algunos documentos en su tablet, y no puedo evitar pensar en lo bien que se maneja en estos momentos. Confiable, metódico, perfecto para lo que necesito en este tipo de reuniones.
El auto arranca, serpenteando entre las calles de Roma con esa elegancia que solo la ciudad tiene. Pero cuando estamos a punto de cruzar una avenida, de repente el chofer frena de golpe. El tirón me hace inclinarme hacia adelante.
—¿Qué demonios pasa? — Pregunto en seco, irritado. Miro por la ventana y veo a una chica, joven, en el medio de la calle. Parece que se ha saltado del semáforo, intentando cruzar apresurada. Está parada justo frente al coche, insultando al chofer, levantando los brazos como si fuera a desafiar al mundo. Sus palabras llegan a través del vidrio cerrado. Algo sobre la velocidad y la imprudencia del conductor.
Sin pensarlo dos veces, abro la puerta y bajo del auto. Cada paso que doy hacia ella está cargado de una rabia controlada. La chica sigue gritando, y cuando finalmente me detengo frente a ella, me mira con desafío. No tiene idea de con quién está lidiando.
— ¿Sabes lo que estás haciendo? — Le espeto, con la voz baja pero afilada como una navaja. Ella no responde, solo me lanza una mirada furiosa, todavía agitada por la situación. — Muévete, no tienes idea de lo que hablas. — Le digo, mi tono ahora cargado de desprecio. Los transeúntes comienzan a detenerse, curiosos por el pequeño espectáculo que se está armando.
— Tu chofer casi me atropella, estúpido. —Replica ella, sin mostrar miedo, lo que solo me enfurece más. La miro de arriba a abajo, como si fuera una insignificancia en medio de mi día. Me acerco un poco más, bajando la voz, lo suficiente para que solo ella me escuche.
— No me importa lo que haya pasado. No me importa si estás enojada, si te has asustado, o si crees que tienes derecho a gritarle a mi chofer. Te ordeno que te quites de mi camino ahora mismo. — Hago una pausa, viéndola a los ojos, y la humillo con una sonrisa que sé que no olvidará. Grave error y no estaba ni cerca de saberlo...— O puedo hacer que lo hagas por las malas. — Ella me mira, sus ojos llenos de rabia, pero puedo ver la duda empezando a colarse en su rostro. Sabe que no le conviene seguir ahí. — Muévete. — Repito, mi paciencia al borde.
— Eres un maldito. Uno que porque tiene dinero cree que puede hacer lo que se le da la gana. Imbécil de mierda. — Escupe para luego finalmente, con una mezcla de furia y resignación, da un paso hacia atrás, apartándose del camino. Miro a los transeúntes que observan con curiosidad morbosa y luego giro sobre mis talones, volviendo al coche. Subo al auto sin más. Augus me observa en silencio, sabe que no es momento de comentarios. El chofer arranca de nuevo, mientras yo saco un cigarrillo y lo enciendo. Nadie más dice una palabra. A la distancia, aún puedo ver a la chica, parada en la acera, mirándonos con el orgullo herido. — Vamos, no tenemos tiempo que perder. — Murmuro, tirando una bocanada de humo, mientras el coche acelera hacia la reunión...