—¿Estarás bien? —preguntó Jensen, clavando sus ojos azules en los míos con preocupación, tomándome de las mejillas justo afuera del salón de música.
Asentí con la cabeza, aunque débil y poco convencida. Afirmé la funda de mi guitarra con un hombro e intenté abrazar a Jensen un rato, hasta que sonara el timbre.
—Cualquier cosa me llamarás, ¿verdad? —murmuró devolviéndome el gesto, con sus labios contra mi coronilla.
—Sí, lo prometo —respondí en voz baja, sacudiendo la cabeza contra su pecho al acompañar mis palabras.
Jensen besó mi frente y me acurruqué un poco más contra él, agradecida de la calidez de esos abrazos que siempre me daba y de su inmensa preocupación. Él sabía lo mucho que me costaba todo esto. Tener tan cerca la música, lo que más amaba en el mundo, pero a la vez tan lejos, era una tortura interminable. La música era, en términos simples, mi amor imposible e inalcanzable.
Sonreí contra el pecho del que alguna vez fue mi primer amigo y del que probablemente siempre sería uno de los mejores chicos en la faz de la tierra.
—Te quiero, Jensen. Gracias —murmuré antes de dirigirme al salón, despidiéndome de él con un beso en la mejilla. Él me sonrió y despegó los labios, pero no fue su voz la que escuché.
—Señorita Kenner, el timbre ya sonó —dijeron a mis espaldas, haciéndome pegar un respingo.
Miré molesta a Cam, tan entrometido como siempre, y rodé los ojos después que él entró al salón. Volví a Jensen y me despedí de él, quien me sonrió antes de dirigirse a su clase.
Entré al salón ignorando abiertamente a Cam, a pesar de sus ojos fijos en mí, harta de su poca capacidad para meterse en sus propios asuntos. Tomé asiento y él, en cambio, se puso de pie para comenzar a hablar.
—Hoy vamos a dividir al grupo, ¿está bien? —Todos asintieron y algunos se miraron con compañerismo, codeándose alegres—. Como les dije la clase pasada, tienen que elegir una categoría: banda, solista o músico. Algunos me preguntaron a la salida cuál era la diferencia entre los dos últimos, así que les explicaré rápidamente. Un solista es un cantante que puede o no tocar un instrumento, mientras que un músico únicamente toca y no desea formar parte de ninguna banda, sino que prefiere aprender cosas nuevas junto a su instrumento de elección. Además, las dos primeras categorías se presentarán en vivo a final de año frente a la escuela y los apoderados, pero los músicos no, ya que ellos se irán más por el lado de la teoría.
—¡Los ñoños de música! —gritaron en medio del salón, haciendo que todos rieran.
—Sí, Brad, algo así como los ñoños del salón —asintió Cam—. Pero no te apures, que esos ñoños pueden terminar tocando mucho mejor que tú.
El salón se sumió en el ruido de las conversaciones y Cam esperó algunos minutos antes de comenzar a preguntar las elecciones tomadas, tomándose el tiempo para escribir quién sabe qué en el libro de clases. De pronto, se puso de pie con un cuaderno en mano y miró a todo el salón con atención. Sorpresivamente —sí, claro— se detuvo en mí.
—Señorita Kenner, cuéntenos —habló fuerte, ganándose la atención del bullicioso grupo—. ¿Qué categoría eligió?
—Eh… los músicos no se presentan, ¿no?
Él rió.
—Por favor, que esa no sea tu única razón para escoger esa categoría. Si te da vergüenza cantar…
—Yo no canto —atajé.
—¿No? —preguntó sorprendido—. Qué curioso, yo pensaba que sí.
—¿Por qué? —Fruncí el ceño.
—Bueno, la mayoría de los que tocan guitarra, cantan —explicó relajado—. En fin, entonces, ¿solista?
Miré a todos antes de hablar, sintiéndome extrañamente presionada, como si todos ellos supieran lo que pasaba en mi cabeza, como si todos ellos pudieran escuchar mis contradicciones. Algo en mi mente me jugó una mala jugada y me hizo pensar que si ellos sabían algo de mí, si hacía caso a lo que yo quería hacer, mi padre lo sabría de alguna manera.
“No apruebo la música, ni para ti ni para nadie que sea de esta familia. Si quieres cantar, hazlo, pero sólo aquí en casa, donde nadie pueda oírte. No quiero enterarme de que alguien te haya escuchado. La música no es ni será nunca lo tuyo, ¿oíste? Sacarás una carrera como la gente, cueste lo que te cueste. No vas a ser una vaga más, de esos ya está lleno. Nunca vas a triunfar así”.
—¿Necesitas unos minutos más, Jayde? —insistió Cam, mirándome con extrañeza y alejando esos recuerdos hostiles de mi cabeza atormentada.
Apreté los labios y asentí con la cabeza.
—Por favor —contesté abrumada.
—Está bien, no hay problema.
A pesar de quedarme mirando un par de segundos que me parecieron eternos, él decidió dejar pasar el asunto, al igual que todos los demás. Pero yo no pude continuar, no pude sacarme todas esas palabras de mi mente. Estaban demasiado clavadas en ella, demasiado clavadas en mi piel como para olvidarlas.
“Los verdaderos artistas tienen un don. Tú no eres una prodigio, eres una más del montón. ¿Sabes cuántas personas intentan ser artistas en estos tiempos? ¿Sabes cuántos de ellos realmente lo logran? No voy a tener una hija pobre, sin aspiraciones en la vida. El arte no es algo digno, no es un verdadero aporte a la sociedad. Nunca lo voy a aceptar”.
Apreté el mástil de mi guitarra e hice chirriar los dientes, tensándome de pies a cabeza. Una mezcla de ira y dolor se apoderó de mi cuerpo y quise gritar con todas mis fuerzas, al mismo tiempo que quise llorar. Mis ojos se empañaron y me enfadé todavía más al sentirme tan débil e inútil ante una situación como ésta. Pero también sentí odio, uno profundo y avasallador que se cernió por sobre las cabezas de todos los que estaban en el mismo salón que yo. Ellos podían hacer lo que quisieran, porque no eran esclavos de sus propios miedos como yo. Ellos reían y jugaban a ser músicos, incluso cuando a muchos de ellos no les importaba ni la mitad de lo que esto me importaba a mí. Podían decidir libres, podían decidir sin recordar la crueldad de un tirano que decidió jugar a ser padre o de una reina de hielo que quiso pretender ser madre. No se daban cuenta de nada.
Con los ojos nublados de confusión, intenté respirar y tranquilizarme, aunque fuese un poco. Guardé la guitarra en su funda, me la colgué al hombro y me dirigí hacia Cam, quien ya había vuelto a su escritorio. Él me miró con el ceño fruncido y pareció ver algo en mí que le desconcertó lo suficiente como para dejar de lado todo lo que estuviera haciendo.
—Necesito salir —murmuré sintiendo mis ojos arder y mi garganta raspar. Las lágrimas contenidas comenzaban a desbordarse e intentar frenarlas traía más dolor aún.
Se puso de pie y me miró de cerca, preocupado.
—¿Te encuentras bien?
—Sólo… sólo necesito salir —respondí al borde de la súplica, empezando a desesperarme ante la avalancha de emociones que chocaba contra mi piel—. Por favor.
Miró hacia todos lados y suspiró profundo, asintiendo con la cabeza al hablar.
—Está bien, ve.
—Gracias —logré decir, con un hilo de voz.
Me apuré a salir del salón y caminé perdida por el pasillo silencioso, sin saber dónde ir y sin saber qué hacer. Me sentía fatigada y me dediqué únicamente a arrastrar mis pies hasta a una muralla, dejándome caer hasta el suelo para ahí abrazar mis piernas y esconderme ficticiamente del mundo. Las lágrimas que había estado reprimiendo parecieron darse por vencidas, dejándome un nudo de dolor apretado en mi pecho.
Alcé la mirada y me encontré con el pasillo oscuro y vacío, sintiéndome feliz de poder fundirme con su aura lúgubre.
Recordé mi primera guitarra, mi primer gran dolor. Habiéndose anulado mi voz, ella era la única que hablaba por mí. Todavía me desconcierta tanto desprecio a algo tan inofensivo como la música o como a una niña que nunca pidió nacer.
Tenía unos doce años, quizá menos, quizá más. Me pasaba tardes enteras cantándole a los chicos, quienes en un círculo se dedicaban a escucharme con una gran sonrisa pintada en el rostro, siempre y cuando mi padre no estuviera. Era algo inocente, algo que no dañaba a nadie. Pero mi padre pensaba algo distinto y lo dejó claro cuando me descubrió. Todavía recuerdo sus gritos dementes y los empujones con los que echó a mis amigos, quienes me miraron llenos de preocupación antes de irse a la fuerza. Ya solos, él se acercó a mí y me zamarreó del brazo un par de veces, asustándome tanto como pocas veces lo había estado. Tomó mi cabello con fuerza y lo empuño en la mano, hiriéndome mientras yo luchaba por no decir nada que pudiese enfadarlo más. Me gritó que estaba cansado de mi desobediencia y de que le creyera un estúpido. Yo le respondí, inocentemente, que no le creía un estúpido. Ahí fue donde me dio una cachetada, prohibiéndome volver a cantarle a alguien o a pensar por mí misma. Todavía recuerdo el dolor de su palma contra mi mejilla, de su odio contra mi ingenuidad. Y yo lloré. Lloré profundamente mientras él me rugía que madurara, que no podía llorar por estupideces como esas, porque ya era grande.
Fue en ese momento, en ese día lejano, que lo poco que me quedaba de niñez fue destruido. Tomó mi guitarra, ese invaluable pedazo de mi vida, y lo azotó contra el piso frente a mis ojos, destruyéndola sin compasión para después dejarla tirada, como si fuera basura, y pateándola mientras me miraba con una amenaza explícita escrita en sus ojos. Y yo no pude gritar, no pude llorar, no pude hacer nada. Todo se agolpaba dentro de mí, pero nada salía, porque sabía que, si lo hacía, el castigo sería incluso peor y aún más doloroso. Y no sabía si era capaz de soportar algo más.
Desde ese entonces, no he sido capaz de cantarle a nadie, salvo a mi soledad y mi sombra. Los chicos me miraban con dolor cada vez que la música sonaba y yo guardaba silencio, probablemente recordando esas tardes cálidas de felicidad en las que ellos me oían cantar junto a mi guitarra y donde yo era una persona distinta a la que era ahora. Pero el miedo a mi padre era más fuerte. Podía ser la mujer más dura de la faz de la tierra con todos los hombres que me cruzara, pero mi padre no era un hombre, era un monstruo con piel de humano. Él era el demonio que me atormentaba por las noches y yo era la niña que se escondía bajo la cobija, porque no podía confiar en nadie.
Muchas veces pensé en trabajar y desaparecer sin dejar rastros. Pero cada una de mis ausencias prolongadas debía ser notificada, por lo que claramente se me hacía difícil esconder alguna fuente externa de dinero. Mis padres decían que ellos cubrían todas mis necesidades y que lo único que debía hacer era estudiar para entrar a la mejor universidad y ser alguien en la vida. Porque, claro, yo era nadie.
Lo único que me quedaba de consuelo, era mi actual guitarra, mi más grande tesoro, que me gané a costa de buen comportamiento y premios a mis calificaciones. Sabía que mi padre hubiese preferido que escogiera cualquier cosa, incluso quizá un arma, pero yo pedí una guitarra. Y él me la dio, sólo para que le dejara tranquilo, con esa misma poca fe que me había demostrado desde que tenía memoria.
Mi padre decía que tocar un instrumento era algo valorable en cualquier persona, como si estuviéramos en el siglo pasado y yo tuviera que impresionar a mi marido con mis habilidades. Sin embargo, encontraba que cualquier pasión derivada de ello era una pérdida de tiempo. Yo debía preocuparme por las ciencias, la salud o las leyes. Debía ser una mujer con una buena carrera, una mujer que se ganase un buen lugar en el mundo y una buena posición social. Por eso, cuando él estaba en casa, no podía sonar ninguna cuerda. Cuando él estaba en casa, yo era un títere, y sólo podía hablar cuando mi titiritero lo permitiera.
De pronto, el nudo en mi pecho no pudo hacerse más pequeño y se vio en la obligación de estallar, haciéndome estremecer y llorar tan profundamente como pocas veces podía hacerlo. Lágrimas gruesas y saladas humedecían mi rostro sin piedad y pequeñas sacudidas movían mi cuerpo, obligándome a hacerme ovillo para soportar tanta presión desbordada, pero silenciada. El dolor salía, pero no por completo, y eso me estaba matando lentamente. Pero no quería que nadie me viera así, que nadie me escuchara. Yo tenía que ser fuerte, no podía dejar que supieran de mi debilidad. Nada ni nadie debía tener influencia sobre mí.
Pegué un respingo cuando una mano se posó en mi hombro y mi rostro afligido cambió drásticamente. A pesar de su humedad y las manchas que dejó mi pena, la máscara de indiferencia se sobrepuso y mi mentón se elevó orgulloso.
—Jayde —susurraron con suavidad al dejar mis ojos al descubierto.
—¿Qué quieres, Cam? —ataqué, moviendo mi hombro para alejar su mano de mí, haciéndole perder un poco de equilibrio al estar hincado frente a mí.
Se recompuso lo mejor que pudo, suspiró y llevó su mano hacia su frente, desorientado.
—¿Puedo preguntar qué es lo que te pasa?
Alcé las cejas, hablando con frialdad.
—Puedes, pero no lo responderé.
—Sólo te quiero ayudar, Jayde. —Me miró sin entender—. ¿Por qué me hablas así?
—No quiero tu ayuda —gruñí entre dientes—. Déjame sola, no te necesito.
Cam respiró profundo y guardó silencio, mirando hacia el lado y mordiéndose los labios.
—¿Quieres que vaya a buscar a alguien? —preguntó incrustando sus ojos en mí, tomándome desprevenida.
—¿Buscar a alguien? —repetí.
—No lo sé, ¿algún amigo? —Apretó los labios—. Sé que no vas a hablar conmigo, pero está claro que necesitas a alguien.
—Jensen Knoffler —dije de inmediato, como lo había prometido—. Está en clases de biología con el señor Arrow. En el laboratorio.
Asintió con la cabeza.
—Está bien —murmuró poniéndose lentamente de pie—. Quédate aquí un momento. Ya vuelvo.
Apoyé el mentón sobre mis rodillas y respiré profundo, cerrando los ojos mientras intentaba despejar mi caótica mente. Escuché una puerta cerrarse, algunas voces lejanas y el sonido de pasos rápidos que se acercaban hacia mí. Quise levantar la cabeza, pero mi cuerpo no quiso responder, así que simplemente me dejé caer cuando un par de brazos apurados se cerraron contra mí y me acurruqué contra el pecho que siempre me consolaba en mis peores momentos.
—Jensen —murmuré con una sonrisa débil, respondiéndole el abrazo.
—Gracias por acordarte de mí —respondió por lo bajo, sin necesidad de escuchar qué era lo que me había pasado para estar hecha un desastre.
—Dije que lo haría. —Lo miré—. ¿Cuándo te he mentido?
Él acarició mi mejilla y me sonrió, mirándome con ojos con triste ternura.
—Que yo sepa, nunca.
—Cállate, tonto. —Me reí con suavidad y le pegué en el hombro.
Eastwood nos miraba fijamente, apoyando su peso contra una pared, sin decir ni una sola palabra.
—Gracias —le dije a Cam, mirándole por sobre el hombro de mi rubio amigo, esperando hacerle entender que prefería que nos dejara solos. No quería que fuera otro espectador.
Él asintió y se irguió en su lugar, apretando los labios en una fina línea. Miró para el lado y respiró profundo antes de volver a nosotros.
—Bien, yo… los dejaré solos. —Se aclaró la garganta—. Espero que te sientas mejor, Jayde.
—Sí, gracias —murmuré de vuelta antes de hundir mi nariz en el pecho de Jensen, escuchando los pasos rápidos de Cam resonando contra el piso, haciendo eco en el desolado pasillo.
—¿Te gustaría salir a caminar después de clases? —preguntó con suavidad, fraternalmente, acariciando mi coronilla con delicadeza.
—Como quieras —contesté apretándolo más fuerte—. Sólo no me sueltes.
Él suspiró con fuerza y tomó mis mejillas con ambas manos, dejándome ver su ceño fruncido y esa mirada de lástima que hubiera deseado no ver.
—Tienes que hacer algo con todo esto, Jayde. No puedes seguir así. Me rompe el corazón verte llorando por algo que puedes solucionar. No pueden alejarte de lo que más amas en la vida.
—Sí pueden —susurré con voz ronca, bajando la mirada y tragando saliva—. Y eso es exactamente lo que hacen.
—Pero tú no haces nada al respecto. —Levantó mi mentón—. Esa no es la Jayde que conozco.
Mi labio inferior tembló y las ganas de llorar volvieron a hacerse incontenibles.
—No lo entiendes —balbuceé con un hilo de voz, meneando la cabeza e intentando soltarme, luchando contra todos los demonios que intentaban apoderarse de mí otra vez—. Él me da terror. No puedo. Te juro que no puedo, Jensen. Con tan sólo pensarlo, yo…
Y mi voz se quebró.
—Ya, tranquila —ronroneó acunándome con fuerza, sin dejarme escapatoria, obligándome a enfrentar mis sentimientos—. Todo estará bien. Cuando salgamos de la escuela, nos iremos juntos, Jayde. Los chicos, tú y yo. No dejaremos que te dañen más. Te lo prometo.
—Jensen —lloriqueé como una niña perdida en busca de sus padres—. No sabes cuánto me gustaría pensar que eso será verdad.
—Y lo será —reafirmó besando mi frente. Se inclinó hacia atrás para poder mirarme y me sonrió con dulzura—. Ahora, ven. Te lavarás la cara, respirarás profundo y, cuando lo hayas hecho, me sonreirás. Sonará la campana, vendrán los chicos y te invitaremos a un helado gigante, ¿sí?
Solté una breve carcajada y acaricié su mejilla, mirándole con cariño. Él me sonrió con más entusiasmo y por un momento me pregunté qué sería de mí sin él.
—Mira, te adelantaste un paso —murmuró con voz de terciopelo—. Te ves más bonita así. Ahora vamos, ¿bueno? Estoy seguro de que no quieres que nadie sepa que lloraste.
Asentí levemente y ambos nos pusimos de pie. Crucé mis brazos alrededor de su cintura mientras él pasaba el suyo por sobre mis hombros y caminamos en silencio a través de los pasillos hasta encontrarnos frente al baño de chicas. Él me sonrió de lado y se apoyó en una pared, esperando mi regreso.
Abrí la llave y lavé mi cara con agua helada tantas veces como creí necesario para borrar todo rastro de mis lágrimas. Me miré en el espejo, pasando la punta de mis dedos bajo mis ojos irritados, y respiré profundo antes de apoyar mis manos sobre el lavabo. Me costó encontrar algo que me hiciera sentir mejor, pero logré sonreír al recordar que, aunque existían cosas terribles en mi vida de las que pocas veces me gustaba hablar, afuera había un rubio adorable que siempre me subía el ánimo y, en algunos minutos, llegarían tres chicos más dispuestos a abrazarme y a hacerme sonreír con cada una de sus estupideces.
Alcé el mentón, inflé el pecho y cuando me encontré con los ojos azules de Jensen, sonreí y corrí a abrazarle.