Sin darme cuenta cómo, ya había pasado una semana completa frente a mis narices. No sabía decir si el tiempo estaba pasando demasiado rápido o demasiado lento, sólo sabía que pasaba y que no se detenía, aunque a veces rogaba que sí. Últimamente tenía mi cabeza hecha un lío y agradecería tener un poco más de tiempo para ordenarla. Pero él le importaban una mierda las preocupaciones de los demás, claro, así que sólo seguía con lo suyo sin miramientos.
Suspiré al fondo del salón e interrumpí mis anotaciones cuando la puerta se abrió, entrando una de las muchas personas relacionadas a la dirección de la escuela. ¿Su nombre? Ni idea. Sólo lo había visto un par de veces antes de hoy.
—Buenas tardes, profesor —saludó el recién llegado—. Espero no interrumpir.
—No, en lo absoluto —contestó con diplomacia—. Por favor, pase.
Cam le indicó un lugar con el plumón y el hombre asintió con la cabeza.
—Con permiso. —Caminó hasta el fondo de la sala, sentándose en la mesa vacía de la fila siguiente a la mía y volví la mirada al frente justo después de que él me mirara a mí. Incómodo.
—Chicos, el señor Robins estará con nosotros durante esta clase. Espero que no les moleste su compañía.
Como era de esperarse, todos respondieron con un gran “no”, permitiéndole a Cam seguir hablando sobre la composición musical durante largos minutos.
Hasta que me miró.
—Señorita Kenner, dígame —dijo de repente, balanceándose sobre sus talones—. Fuera de los tecnicismos y del proceso que se requiere para llevar una canción a una partitura, ¿qué cree usted que es lo fundamental al crear una canción o una letra? ¿Cree que exista, en realidad, algo fundamental?
Lo miré confundida, frunciendo el ceño. Cam era el único profesor de la escuela que intentaba de todas las formas posibles que participara durante las clases. Y no lo entendía. No sabía por qué demonios siempre me preguntaba a mí teniendo a toda la maldita clase para hacerlo y a todas las demás babosas impacientes por impresionarlo.
—Sentimiento —me limité a decir.
—Bien, ¿pero a qué te refieres? —insistió con una gran sonrisa llena de suficiencia—. Todos los seres humanos tenemos sentimientos. Eso podría hacer pensar que cualquier persona puede hacer música.
Respiré profundo y lo miré directo a los ojos, intentando obviar que todos los demás comenzaban a darse vuelta.
—Yo creo que todos pueden hacer música —contesté—. En general, hay una lógica musical que varios pueden seguir incluso sin darse cuenta. Muchos de los grandes músicos no han sabido nada de teoría y se han guiado sólo por el sonido. Hay algunas personas, en cambio, que tienen el conocimiento teórico para hacer lo que quieran, pero muchos de ellos se obsesionan tanto por la perfección que olvidan por qué están componiendo. Por eso creo que es más importante el sentimiento: si no sentimos nada, no tiene sentido hacer música. Escribir o componer algo sólo porque sí, quizás tendrá valor comercial, será pegajoso y divertido, pero difícilmente le cambiará la vida a alguien. Será un éxito durante algún tiempo, pero nada más. Sin embargo, una canción escrita, cantada y/o tocada con pasión, siempre quedará en el corazón de alguien. Quizás no será famosa, pero sí será inspiradora. Y eso es más importante: hacer música por amor a ella, no por amor a la fama o a la perfección.
Cam me quedó mirando fijamente y asintió.
—¿Y por qué crees que las canciones comerciales, como les llamas, tienen tanto éxito si, según tú, no tienen sentimiento?
Alcé las cejas.
—Porque creo la gente está tan vacía como esa música. Nadie quiere pensar mucho, así que prefieren escuchar canciones de hablen de amor adolescente, fiestas, promesas que no se cumplen y de un mundo color de rosa donde la problemática más difícil de superar, es un corazón roto. No digo que sean temas malos, pero definitivamente no deberían ser los únicos.
Todos se quedaron en silencio y Cam pareció querer sumergirse dentro de mis ojos. Intenté sostenerle la mirada, pero su profundidad amenazó con ahogarme y sólo pude terminar por removerme incómoda.
—¿Quién podría agregar algo más? —dijo de pronto, sacudiendo levemente la cabeza, volviendo a ponerle la debida atención al resto de sus alumnos.
Intenté volcar mi revoltijo de ideas hacia otra cosa y centrarme en mi cuaderno por el resto de la clase, pero Cam lo hizo imposible. Parecía creer que yo era una fuente de sabiduría infinita y que debía responder todas las preguntas que formulaba. ¿Y qué más podía hacer, salvo responder? ¿Acaso tenía sentido hacerme la rebelde y enfrentarlo? A pesar de ser el mayor fastidio del mundo, Cam hacía buenas clases y me gustaban. Eran probablemente las últimas clases de música que tendría en mi vida y no quería arruinarlas sólo por negarme a responder. Así que me di por vencida e hice todo lo que esperaban que hiciera, sin oponer mayor resistencia.
El señor Robins se fue del salón al terminar la clase después de intercambiar algunas palabras con Cam y él se sentó en el escritorio con una gran sonrisa en el rostro. Todos comenzaron a recoger sus cosas, salvo yo, que me quedé en mi lugar enviándole mensajes a los chicos para avisarles que hoy no me iría directo a casa después de clase. Les pedí que no me esperaran y me despedí.
Me puse de pie cuando sólo quedábamos dos en el salón y caminé a través de los bancos vacíos. Dejé mi bolso en la mesa más cercana y me paré frente a Cam, seria.
—Necesito hablar contigo —espeté.
Levantó la mirada con las cejas arriba y me sonrió.
—¿Ahora me tuteas? —dijo divertido—. ¿Te gustó la idea de ser amigos fuera de las horas de clase?
Rodé los ojos y le miré mal.
—Por favor, no empieces a actuar como un idiota —respondí entre dientes—. Quiero hablar contigo en serio.
Él ladeó la cabeza y me miró con curiosidad, decidiendo ponerse de pie.
—Bien, entonces, ¿de qué quieres hablar? —preguntó con un brillo juguetón en los ojos y postura relajada.
Miré hacia el lado y me dirigí hacia la puerta, cerrándola con cuidado antes de volver con la mirada pegada a la de él, desafiante.
Quedamos frente a frente, separados por un metro de distancia, quizás menos.
—¿Y bien? —apuró con las cejas alzadas.
Tragué aire con fuerza e hice mi mejor esfuerzo para mantener la calma. No iba a dejar que él ganara. Cam no me iba a sacar de mis cabales. No le iba a dar ese gusto.
—Quiero que dejes de acosarme —dije tajante.
Él enarcó una ceja.
—¿De qué hablas? —preguntó haciéndose el desentendido, apoyándose en el escritorio y cruzando los brazos sobre su abdomen.
Entrecerré los ojos y di un paso hacia él, intentando intimidarlo.
—Siempre me obligas a participar en clases, siempre estás cerca de mí y pareciera que te divierte hacerme enfadar —gruñí apuntándole con el dedo mientras él se mantenía inmóvil, escuchando mis acusaciones—. ¿Qué pretendes? ¿Qué todos crean que hay algo entre nosotros? Porque ya lo creen, Cam, ¡y no es cierto! ¡Estás jodiendo todo por un simple capricho!
—¿Eso te preocupa? —dijo relajado, soltando una carcajada que me hizo apretar los dientes—. No te estoy acosando por gusto ni capricho, sólo intento ayudarte. Y si has venido a atacarme, supongo que todavía no sabes que están poniendo en duda que debas graduarte. Creen que no tienes la madurez suficiente para ir a la universidad, a pesar de tus calificaciones. Y si logro convencerlos de que con un poco de presión respondes, puede que te permitan graduarte. Eso es todo, pequeña paranoica.
Lo miré atónita y creo que por un momento olvidé respirar. Él mantuvo sus ojos fijos en mí y mi cuerpo se quedó estático, como si algo hubiese hecho cortocircuito en mi cerebro.
¿Por qué querría ayudarme si ni siquiera me conocía? ¿Por qué nadie se había tomado la molestia de informármelo antes de venir acá a hacer el ridículo?
—No estoy entendiendo —logré decir cuando mi cerebro se reinició—. ¿Y qué se supone que podrías hacer tú?
—Seré tu tutor —anunció tomando una hoja que me mostró algunos segundos, pero que en realidad no miré—. Tendrás un horario aparte de lo que son tus clases y, obviamente, también debes poner de tu parte. Mejora tu actitud y participa más. Demuestra que estás lista para ir a la universidad.
—¿Y por qué nadie me dijo nada? ¡Tenía el derecho a saber!
—No es mi culpa, debieron hacerlo hace un par de días. No era mi deber.
Tragué saliva sonoramente y mi orgullo hizo difícil su paso a través de mi garganta.
—Bueno, gracias —murmuré a regañadientes, sin poder mirarle más de medio segundo seguido.
Él sonrió astuto y se alzó frente a mí, obligándome a mirarle hacia arriba.
—Ahora, bien —dijo de pronto—. Me preguntaste qué es lo que pretendo.
Reí irónica, pensando que debí imaginar que había algo más detrás de su bondad, y di un paso hacia atrás, desconfiada.
—¿Y qué sería?
—Principalmente, pretendo pasar más tiempo contigo —contestó por lo bajo, clavando sus ojos en mí al cortar la distancia que había intentado interponer entre los dos—. Pretendo, en este preciso momento, besarte.
Entreabrí los labios para protestar, pero, sin darme cuenta cómo, ya había sido acorralada por los brazos de Cam. Él sujetaba mi cintura con un brazo y descansaba su mano libre en mi nuca, mezclándose nuestras respiraciones y extendiendo una cortina de tensión vibrante a nuestro alrededor.
—Suéltame —ordené en un susurro, sintiéndome estúpida al no poder hablar con más fuerza. Así no podría intimidar ni a un cachorro.
—No. —Sonrió triunfante, rozando sus labios con los míos—. Deseo hacer esto hace mucho tiempo, Jayde. Y creo que tú también.
Sin tomarse mucho más tiempo, me besó por sorpresa y congeló sus brazos, firmes contra mí, sin dejarme escapatoria. Y lo intenté, de verdad que sí, pero no logré hacer más que terminar por ceder ante sus labios cálidos, frustrándome al darme cuenta que sabían incluso mejor que antes.
Demonios, mis recuerdos no se asemejaban en nada a esto.
Dejando de importarme todo, me decidí a colgarme de su cuello, intentando acercarlo más a mí, aunque no parecía posible, dedicándome a disfrutar sus besos con destreza. Alcé mi cuerpo hacia él y enredé mis dedos en su cabello, dejándome llevar por completo y mandando mi lado racional momentáneamente a la mierda.
—¿Esto no te parece un déjà vu? —ronroneó entre fugaces besos.
—Puede que sí —corté antes de volver ambos a dejarnos seducir por la pasión.
Cam me sentó sobre el escritorio y, aunque en un principio me sorprendió su osadía, terminé por cerrar mis piernas contra sus caderas, intentando no separarme ni un centímetro de él. Tomó mi pierna y deslizó su mano a través de mi muslo, sin reparo alguno. Mordí su labio con suavidad y él me sonrió agitado, besándome una última vez antes que le interrumpiera.
—Entonces, hay tregua —murmuré.
Él me miró confundido y frunció el entrecejo.
—¿Tregua? —repitió.
—Sí, tregua —respondí con una gran sonrisa antes de empujarlo hacia atrás, tomar mis cosas y dirigirme a la puerta, no sin antes brindarle una última sonrisa juguetona que me permitió ver su desconcierto.
Bien, no estaba segura si esto rompía con lo que los chicos tanto me criticaban, pero intentaba pensar que sí, sólo para sentirme mejor. Cam se había presentado ante mí en bandeja de plata y yo sólo había aprovechado la oportunidad de tomar un bocado que él mismo ofreció.
Aunque tenía planeado tomar varios más.