Cameron.
El hospital se hallaba desierto.
Detestaba los hospitales, me recordaban a ella.
Me preguntaba, si era yo. Quizás el amor que daba, fuera o no correspondido, parecía traer muerte.
"A muerte".
Me negaba a creer que esas serían sus últimas palabras. Ella era demasiado fuerte, no podía rendirse sin dar pelea. No podía dejarme cuando tenía tanto por decirle, por mostrarle.
Todo esto era mi culpa.
Cómo soldado profesional, estaba entrenado para seguir órdenes, por haberlas seguido hasta el final, podría perder a la mujer que amaba.
Me refugié en su misterio, para huir de mi dolor. Recorrí ciudades, países, en su búsqueda. No podía perderla, no ahora. Las lágrimas escapaban de mis ojos, no iba a hacer nada para detenerlas.
-Cam, llegaron.
Florencia Gianni, mi mejor amiga y cómplice. Pensar en que hubiera sido de mi, si ella no le hubiera pedido a Mía volver. Claro que, de pronto Mía no estaría en esta condición, sino yo.
-Ya los recibiré. Ve a descansar, lo necesitas.
-No puedo, cada vez que cierro los ojos, él aparece.
Apreté los puños, lleno de impotencia.
-Lo encontraremos, te lo prometo.
Sonriendo, tomo asiento en la sala de espera. Pasando las manos por mi rostro, en un intento de ofrecer una apariencia más profesional, fui a recibirlos. Habían llegado a Budapest el día anterior, cuando confirmamos que Aídan era el hijo de Thomas Evans.
-Señor Evans.
-¿Puedo verla?
Mierda. No imaginaba su desesperación, y tener que decirle a un padre que no había visto a su hija durante veinte años, que debía esperar un poco más, me ponía a mi en una posición incómoda.
-Esta en la unidad de cuidados intensivos, por ahora.
-¿Que es lo que dicen, como está ella?
-Su salud está comprometida en estos momentos, pero al menos está estable. No ha empeorado, eso es algo bueno.
-Tampoco a mejorado, señor Kane.
Thomas al igual que su hija tenía cabello rubio oscuro beteado por algunas canas en las sienes, ojos azules claros y de piel clara. Vestía un suéter de mezclilla color durazno, y pantalones caquis, con zapatos marrones. A su lado, en silencio y con lágrimas en sus mejillas estaba María Rachel Evans, su esposa. Era casi tan alta como Thomas, de piel bronceada naturalmente, grandes ojos verdes y el cabello de un castaño oscuro, era una mujer de una belleza exótica. A pesar de que ambos eran jóvenes, en sus rostro había una tristeza anhelante. Obseve a Thomas, esperaba ver en sus ojos el destello de oscuridad que contemplaba en los de su hija, pero era una cualidad que solamente ella poseía.
-Debemos esperar, todo saldrá bien. Su hija... Ella... Tiene una fuerza única.
Apartándose de María, Thomas me indico que lo siguiera. En un rincón algo apartado y entre susurros, comenzó a bombardearme a preguntas.
-¿Dónde está Aídan?
-Escapo.
-¿Maia, vivirá?
-No lo sé.
-¿Que tanto le hizo?
Esa era una pregunta difícil de responder. Los médicos la examinaron, encontraron una mina de oro. Mía había sido violada en repetidas ocasiones, tenía dos costillas rotas que se curaron de manera poco ortodoxa, infinidad de cicatrices que demostraban que fue sometida a múltiples castigos, y eso solo era el exterior. Psicológicamente, debía ser evaluada.
-Su hijo, es un completo psicópata. Creo que es respuesta suficiente, señor Evans.
Él se sujeto el puente de la nariz, mientras negaba con lentitud.
-Mi pequeña Maia...
-Mia.
-¿Disculpé?
Joder, pensé en voz alta.
-Mia, así la han llamado este tiempo. Ella... Es como una niña en algunos aspectos, ella no sabe, bueno nada sobre el mundo. Le enseñó lo que a él le convenía. Hizo de ella el arma perfecta.
-Mi hijo... Mi propio hijo.
Me fui de su lado. No podía seguir esperando que él admitiera que Aídan Carmichael era un maldito cáncer el cual debíamos erradicar a como dieta lugar, la idea de que él aún lo viera como su hijo luego de todo se me hacía imposible de creer. Estaba molesto, enojado como nunca antes lo había estado.
-Señor Kane-.llamó la señora Evans.
-¿Si?
-Le ruego, por amor a Dios le ruego que me permitan ver a mi hija.
Lo decía con lágrimas en sus ojos, hacían que parecieran más brillantes, como esmeraldas. O quizás era por el blusón de seda que llevaba del mismo color.
-Hare lo que pueda, con su permiso.
Fui hacia recepción, hable con el enfermero de turno. Odiaba la forma en que me miraba como si fuera la octava vez que iba a preguntarle algo.
-Señor Kane, es la octava vez en una hora que viene a preguntarme por la paciente.
-¿Existe la posibilidad de que, su madre pueda verla? Les dije que es un caso especial, por favor. Es pasada la media noche, ella solo quiere sujetar su mano, por favor.
Él me miró con codensendiencia. Cabrón, solo hazlo. Solo hazlo.
-Cinco minutos.
Alcé las manos con gesto dramático hacia el cielo, agradeciendo al cielo, los húngaros eran difíciles de convencer, pero algo era algo.
El enfermero se llevó a María, debía ponerse el equipo de protección quirúrgico para entrar a UCI. Deseaba ser yo quien entrara en su lugar, era egoísta ya lo sé, pero ¿Que podía hacer? De igual forma, María había esperado demasiado tiempo por esto. Sin embargo, incluso sin la crianza de sus padres, Mía era asombrosa.
No pienses en ella, me dije. Ella tenía una vida que recuperar, yo sería un anciano que castraria todas sus oportunidades.
-Desde aquí escucho como flagelas tú cabeza con esos pensamientos.
-Pareces un fantasma, Florencia.
-Un poco más y me hubiera convertido en uno, Cam.
-Solo pienso en lo viejo que estoy.-le dije para cambiar de tema, sabía que estaba asustada, maldición yo estaba asustado.-Es todo.
-Tienes treinta años, Cam. No es estar viejo, lo sabes.
Si, claro.
-Deseo ver sus ojos una vez más.
-Los verás.
-Lleva un día completo inconsciente, Florencia. Me juzgo porque siento que debí enviarte a buscarla, y yo ir por Carmichael. También debí dejar que se enfrentará a Leonard. Dios, no dejo de torturarme.
-Hiciste lo que creías correcto. La idea de ella casi matando a uno de los nuestros tampoco me entusiasmaba, Cameron. No sabemos a lo que Mia se enfrente, ya tiene suficiente como para que también lidiara con otro crimen.
Las ideas iban de un lado hacia otro, pero todo se resumía en el mismo pensamiento.
-No quiero perderla, Florencia.
-No lo harás, es fuerte a muerte, confía en mí.
Esa expresión...
-Ella me dijo exactamente eso, antes de morir. Dijo, "a muerte, Cameron".
Desde que nos encontramos a las afueras de El Palacio, Florencia había permanecido blanca como la nieve, hasta ahora. Un rubor nada propio de ella, cubrió sus mejillas.
-¿Florencia?
-Creeme, ella volverá de la muerte. Solo para decirte eso, ahora lo se.
-Ella ha...
-Es una Princesa. Va a lograrlo.
Se dirigió hacia el área del cafetín, dejándome sumergido en un mar de pensamientos.