**ELARA**
Cuando finalmente nos detuvimos al borde de un mirador para tomar un descanso, la ciudad se extendía ante nosotras como un mar de luces titilantes. Nos sentamos en nuestras motos, riendo por las pequeñas anécdotas de la noche: las curvas cerradas que casi nos toman por sorpresa, los momentos en los que Carol exageró con la velocidad y Rachel tuvo que recordarle que no éramos invencibles.
—¿Sabes? —dijo Rachel mientras miraba hacia el horizonte—. Hay algo mágico en las noches como esta.
Carol asintió y añadió:
—Es porque estamos juntas. Eso lo hace especial.
Yo sonreí mientras sentía el viento acariciar mi rostro. Tenían razón; todo era mejor cuando estábamos juntas. Y aunque la noche eventualmente llegaría a su fin, sabíamos que habría muchas más como esta, porque con ellas todo era posible.
La libertad no se trata solo de escapar; se trata de compartirla con quienes hacen que cada momento valga la pena. Y esa noche quedó grabada en mi memoria como un recordatorio eterno de que la vida es mucho más emocionante cuando tienes a las personas correctas a tu lado.
La noche estaba en su punto más alto. Carol, Rachel y yo reíamos como locas, con el rugido de las motos, mezclándose con la música y las luces de la ciudad. Sentía la libertad en cada curva, en cada carcajada compartida. Era como si nada pudiera alcanzarnos.
Pero entonces lo vi. Julián. Su silueta apareció entre la multitud, acompañado de dos guardaespaldas que parecían sacados de una película de acción. Su mirada era seria, dura, y en cuanto la encontré, supe que la fiesta había terminado para mí.
Se acercó con paso firme, ignorando las risas y la música. Los guardaespaldas se abrieron paso entre la gente como si fueran dueños del lugar. Yo me quedé quieta, sorprendida, con el casco aún en la mano.
—Elara —dijo con voz grave—. Vámonos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, intentando sonar desafiante, aunque mi corazón latía con fuerza.
—Eres un peligro para ti misma —respondió sin titubear—. No voy a dejar que sigas exponiéndote de esta manera.
Antes de que pudiera reaccionar, uno de los guardaespaldas me tomó del brazo. Carol y Rachel protestaron, pero Julián levantó la mano para detenerlas.
—No es asunto suyo —sentenció, con esa autoridad que siempre lo rodea.
—¡Suéltame! —grité, forcejeando, pero Julián se acercó y me sostuvo con firmeza. Sus ojos estaban llenos de una mezcla extraña: preocupación y control.
—No entiendes, Elara. No voy a permitir que sigas jugando con tu vida.
Me llevaron hacia su auto, casi a la fuerza, mientras la música y las risas quedaban atrás. Carol y Rachel me miraban con impotencia, y yo, atrapada entre la rabia y la adrenalina, solo podía pensar en lo absurdo de todo: él alegando que me protegía, cuando en realidad lo que hacía era encerrarme en su mundo.
Mi corazón latía rápido, pero no por la emoción de la noche, sino por lo que acababa de suceder. Aún podía sentir la presión de la mano de Julián en mi brazo, como si estuviera marcada en mi piel. Me miré las manos, temblorosas, mientras el auto avanzaba por calles que no reconocía. Íbamos en completo silencio.
Julián estaba sentado a mi lado, con esa postura rígida que siempre adoptaba cuando quería imponer su autoridad. No decía nada, pero su presencia llenaba todo el espacio. Miré por la ventana, intentando distraerme, pero las imágenes de Carol y Rachel protestando seguían clavadas en mi mente. Me sentía traicionada, como si me hubieran arrancado de mi propio mundo sin previo aviso.
—¿Vas a decir algo? —pregunté al fin, rompiendo el silencio. Mi voz sonó más débil de lo que esperaba.
Julián giró la cabeza hacia mí, sus ojos oscuros reflejaban algo que no podía descifrar. ¿Era preocupación? ¿Rabia? ¿Ambas cosas?
—No tienes idea de lo que estás haciendo, Elara —dijo al fin, su tono bajo y controlado—. Esa gente con la que te juntas… no son buena para ti.
—¿Y tú qué sabes? —repliqué, sintiendo cómo la rabia se acumulaba en mi pecho—. Ni siquiera los conoces.
—No necesito conocerlos. Te conozco a ti —respondió sin dudar.
Esa frase me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Era cierto que Julián me conocía mejor que nadie, pero eso no le daba derecho a decidir por mí. Sentí una punzada de frustración. ¿Por qué siempre tenía que ser así? ¿Por qué siempre tenía que controlarlo todo?
—No soy una niña, Julián —dije, intentando mantener mi voz firme—. Puedo tomar mis propias decisiones. No hay nada entre tú y yo.
Él soltó un suspiro largo, como si estuviera conteniendo algo. Me miró fijamente y luego volvió a dirigir su atención al frente.
—Tus decisiones te están poniendo en peligro. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras te destruyes.
—¡No estoy destruyéndome! —exclamé, sintiendo cómo la ira me invadía—. Solo estaba divirtiéndome con mis amigas. ¿Eso es un crimen ahora?
El auto se detuvo de golpe. Julián hizo un gesto al conductor para que nos dejara solos y salió del vehículo antes de dar la vuelta y abrir mi puerta. Me tomó del brazo nuevamente, esta vez con más suavidad, pero con la misma firmeza.
—Baja —ordenó.
Lo seguí, más por curiosidad que por obediencia. Estábamos en un lugar apartado, lejos del ruido de la ciudad. Las luces eran tenues y el aire olía a tierra mojada. Julián me soltó y se giró hacia mí.
—Escucha, Elara —dijo, su voz ahora más baja, casi suplicante—. No puedo perderte.
Sus palabras me desarmaron por completo. Todo el enojo que sentía se diluyó en un instante, reemplazado por una mezcla de confusión y tristeza. Quería gritarle, decirle que no era justo lo que estaba haciendo, pero algo en su mirada me detuvo.
—No me estás protegiendo, Julián —dije al fin, bajando la voz—. Me estás encerrando.
Él negó con la cabeza, como si no pudiera aceptar mis palabras.
—No entiendes… Hay cosas que no sabes, cosas que podrían lastimarte. Yo solo quiero mantenerte a salvo.
—¿A salvo de qué? —pregunté, dando un paso hacia él—. ¿De vivir mi vida? ¿De sentirme libre? No soy tu prometida, es mejor que cuides de mi hermana.
Julián no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el cabello, visiblemente frustrado. Por un momento pensé que iba a decir algo, pero solo se quedó ahí, mirándome como si estuviera buscando las palabras correctas.
—No quiero discutir contigo —dijo finalmente—. Solo prométeme que tendrás cuidado.
Suspiré profundamente, sintiendo cómo el cansancio se apoderaba de mí. No tenía fuerzas para seguir peleando. Asentí lentamente, aunque sabía que esa promesa era tan frágil como nuestra relación en ese momento.