**ERICK** Llegué al apartamento donde había mudado a mi madre y a mi hija. El día había sido largo, agotador, y sentía cada minuto de estrés acumulado en los hombros. Pero apenas crucé la puerta, todo ese peso pareció disiparse. Ahí estaba ella, mi niña, con esa sonrisa que siempre logra desarmarme. Corrió hacia mí con los brazos abiertos, y aunque el cansancio me pedía desplomarme en el sofá, no pude resistirme. Me agaché para recibirla en un abrazo que me reconcilió con el mundo. —¡Papá! —exclamó con esa alegría pura que solo los niños tienen. La levanté en brazos, sintiendo su calor, su olor a inocencia, a hogar. A veces pasan semanas sin que pueda visitarla. El trabajo me consume, me arrastra como una corriente imparable. Y cuando Waldina, mi madre, se va de viaje, las cosas se comp

