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1366 Words
Capítulo 9 Alexander estaba apresurado en terminar de revisar sus pendientes en la oficina, ya que estaba deseoso de ver a Nataly cuando notó un error en las facturas de la empresa, algo de lo cual se encargaba Damien, el CEO inmediatamente se llenó de ira, ya que no toleraba ninguna clase de error por lo que tomo el teléfono para llamar a su asistente. —Damien, ven a mi oficina inmediatamente—. A los pocos momentos llegó y, al entrar, Alexander furioso le lanzó la carpeta con los papeles en la cara. —¿Qué sucede, Alexander? Preguntó Damien bastante nervioso. —¿Ya viste lo que hiciste, imbécil? Cometiste un error grave en la facturación, un error como este nos puede costar muy caro. ¿Qué rayos te pasa, idiota? ¿Cómo puedes ser tan estúpido de cometer un error de novato? Junta los papeles inmediatamente. Damien se quedó petrificado al ver a su jefe tan molesto. Tragó saliva tratando de encontrar las palabras adecuadas para disculparse con su jefe y enmendar su error. —¿Qué esperas? No te quedes ahí parado como idiota y junta los papeles inmediatamente—. Espetó Alexander. —Ahorita revisaré todo, Alexander. Discúlpame, fue un error, inmediatamente me pondré a trabajar en ello—. Balbuceó, sintiéndose abrumado por la vergüenza y humillación. —¿Estás tarado, idiota o qué rayos te pasa? Arréglalo inmediatamente. No sé qué estaba pensado cuando puse al frente a un inútil con dos neuronas. Mira, mejor me largo, no quiero ver tu estúpida cara ahorita, y quiero todo arreglado cuánto antes—. Gritó Alexander, al momento que lo empujó fuertemente, al grado de dejarlo nuevamente en el suelo. Damien apenas pudo contener las lágrimas mientras veía a su jefe alejarse, dejándolo solo en medio de la oficina. Sabía que tenía que arreglar el error lo más rápido posible o podría perder su trabajo. —Maldito seas, Alexander. Un día me las pagarás, te juro que un día te callaré la maldita boca—. Dijo mientras golpeaba el suelo de rabia y frustración ante tal humillación. Después de que Alexander abandonara la oficina dejando a Damien solo y sumergido en un caos emocional, Susan, la secretaria de Alexander, entró en la habitación con una expresión preocupada en su rostro. Observó a Damien, que estaba sentado en su escritorio con la cabeza entre las manos, visiblemente afectado por el enfrentamiento. —Damien, ¿Estás bien? — preguntó la joven con voz suave, acercándose a él con cautela. Damien levantó la vista, sus ojos estaban visiblemente enrojecidos por las lágrimas. Se secó rápidamente las mejillas, tratando de ocultar su malestar y mantener la compostura. —Sí, Susan, estoy bien. Solo fue un malentendido, cometí un leve error, pero nada importante— respondió, tratando de minimizar la situación. Susan lo observó con ternura y puso su mano sobre su hombro tratando de consolarlo. —No tienes que fingir delante de mí, Damien. Sé que no estás bien, puedo verlo en tu mirada. Y honestamente te digo que nadie merece ser tratado de esa manera, sea cual sea que haya sido el error, es algo que puede solucionarse, no deberías permitir que el señor Brooks te trate así. —Alexander y yo nos conocemos desde la universidad y somos grandes amigos desde entonces, tiende a tener un temperamento fuerte, pero sé que después se disculpará—. Dijo tratando de justificar el comportamiento de su jefe y supuesto amigo. Susan no creía para nada que Alexander pudiera disculparse con él ni con nadie, ya que sabía que era un hombre tirano y déspota, por lo que decidió no insistir más con eso y le ofreció su ayuda. —Lo sé, Damien. Pero no tienes que enfrentar esto solo. Déjame ayudarte a corregir el error en las facturas— propuso Susan, ofreciendo una sonrisa reconfortante. Damien se sintió conmovido con la actitud de Susan, ya que no estaba acostumbrado a que alguien se preocupara por él. —Gracias, Susan. De verdad aprecio mucho que quieras ayudarme, pero no quiero interrumpirte, de seguro tú también tienes pendientes que terminar—. —No te preocupes, de hecho ya estaba terminando, así que no se diga más y déjame ayudarte—. Dijo la joven con determinación. Nuevamente, te agradezco, Susan. Significa mucho para mí tu ayuda—. Mientras tanto, Nataly estaba en el departamento esperando a Alexander. Estaba pensando cómo vengarse de Alexander o por lo menos hacerlo pasar un muy mal rato, tal como él se lo hizo pasar a ella la última vez que se vieron, tratándola como un objeto de desahogo y diversión, cuando de pronto tuvo una idea que sabía que lo haría tambalear. Rápidamente, sacó una prueba de embarazo que tenía guardada y la puso en la mesa para que estuviera a la vista de Alexander, cuando este entrara al departamento Finalmente, Alexander llegó y Nataly lo recibió fríamente. —Hola, hermosa— Le dijo él mientras la tomaba por la cintura y tratando de besarla, pero ella se volteó y no se lo permitió. —Hola— contestó ella de manera cortante. Nataly, manteniendo su fachada de frialdad, observó a Alexander con determinación. Estaba decidida a cobrarle el mal rato que la hizo pasar. —Ya, cariño. No estés enojada. Mira, aquí tengo lo que te mencioné por teléfono. Alexander sacó un estuche donde venía un hermoso colar de brillantes y procedió a colocarlo en el cuello de Nataly, a lo que ella accedió. —¿Ves? ¿A poco no estás contenta ahora? Le dijo mientras la besaba en el cuello, a lo que se zafó de él suavemente y caminó hacia la mesa, con toda la intención de que Alexander se percatara de lo que había sobre ella. Nataly se colocó a un lado, y Alexander finalmente la vio y se acercó para tomarla. ¿Qué es esto, Nataly? ¿No me digas que es lo que estoy pensando?— Dijo él ya con preocupación y, a la vez, notoria molestia. Nataly esbozó una leve sonrisa de satisfacción. —Sí, mi amor. Es exactamente lo que estás pensando—. Se limitó a responder. Alexander, con la cara desencajada, la tomó y la estrelló contra el piso y empezó a caminar de un lado a otro. —Eres una estúpida, Nataly. ¿Qué no te advertí siempre que te cuidarás? ¿Cómo pudiste cometer un descuido tan grave?— —Los dos tenemos responsabilidad en esto, Alexander. La culpa no es solo mía, no seas injusto conmigo—. Se defendió. —No puede ser, maldita sea—. Gritaba el CEO mientras caminaba de un lugar a otro. Nataly lo observaba satisfecha, ya que le estaba causando un gran estrés y malestar, lo cual era justamente lo que ella quería. —Deberías alegrarte, mi amor. Vas a ser papá. Imagínate un pequeño Alexander, que sea igualito a ti—. Dijo ella en tono de burla, lo cuál aumentó más la irá de Alexander, se acercó a ella y la tomó del brazo jalándola bruscamente. —¿Qué te pasa, estúpido? Suéltame inmediatamente, me estás lastimando—. Finalmente, la sentó bruscamente en el sofá. —Soy un hombre muy importante, Nataly. Un hombre con un gran prestigio y además estoy casado ¿Si sabes lo que eso significa, verdad? Pero te lo voy a dejar muy en claro por si la cabeza no te da para más. Esto se queda aquí y solamente aquí, si tienes un poco de inteligencia y sabes lo que te conviene, vas a quedarte callada—. Enfatizó. —Deja de amenazarme, Alexander. Por más que quieras, no podrás ocultar la verdad para siempre—. Contraatacó Nataly. —Tú no entiendes nada, ¿Verdad? Si esto sale a la luz, podrías arruinarlo todo. No voy a permitir que eso suceda, y sabes que, mejor me largo. Tal parece que hoy todos se pusieron de acuerdo para fastidiarme. Finalmente, se marchó azotando la puerta fuertemente. Nataly soltó una fuerte carcajada. —Y está apenas empieza, Alexander. Así que prepárate para lo que se te viene encima, maldito—.
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