Piero ve al hombre resignado y la verdad es que no le quedaba de otra. Mete la mano a su bolsillo y le extiende una caja que coloca en su mano. —Cuando mis hijas nacieron, compré un anillo para cada una. Esto ni siquiera mi esposa lo sabe —Dice con una sonrisa—. Los compré como una promesa intrínseca para entregarle el día de la boda al pobre ser humano que se atreviese a casarse con ellas… Pero ahora que te tengo frente a mí me doy cuenta de que no eres un pobre ser humano… Resultaste ser un gran hombre para mi hija, porque de otra manera no te habría elegido. —¿Cómo está tan seguro de eso? —le pregunta con una sonrisa de diversión, solo porque quiere oírlo de su boca. —Porque sé que la crie bien. Crie a mis hijas para ser lo suficientemente femeninas para aceptar el apoyo y la ayuda d

