Katherine.
No han pasado ni dos horas desde que salimos de la posada y Ezra anda de quejon.
—Esto es aburrido, no creo que encontremos a tu hermana si continuamos así— bufa a mi espalda.
Pasé por alto su comentario, entiendo su fastidio por el día caluroso, me encuentro igual de fastidiada, sin embargo no pienso detenerme.
Joseph se posiciona a mi lado mientras seguimos en busca del bosque Reytmoth.
Según los ciudadanos, el bosque albergaba seres sobrenaturales, o mejor dicho, esclavos controlados por Greasia.
—Ahora te gusta Ezra, ¿verdad?— Joseph detiene mi caminata, no tengo tiempo para sus reclamos incoherentes.
—Quien me guste o deje de gustar no es tu problema— acato en voz alta— Pero si te hace sentir mejor lo dire, es mi mejor amigo.
Su silencio no me mueve ni un pelo, no parece tragarse mis palabras, fui sincera al respecto. Ezra se convirtió en un amigo fiel, uno que no he tenido nunca.
—Entonces tengo una oportunidad contigo, y...
Mi amigo se entromete entre ambos, empujandonos, veía emocionado a lo lejos un lago repleto de personas.
¿Y la emoción por qué? Pues habían mujeres y hombres desnudos, se besaban entre sí.
Relamo los labios a su lado, demasiado festín para ambos.
—Ni siquiera lo piensen— rodamos los ojos reconociendo la voz.
Leya se cruza de brazos, frunciendo los labios.
—Pero...
—Pero nada, vinimos por la hermana de Kat, no asesinatos— le regaña, él desvía su mirada en mí esperando que lo defendiera.
Deseaba lo mismo, tanto él como yo compartimos las ganas pero ella tiene razón.
—Tranquila, nos comportaremos — él se sorprende, usualmente le doy la razón en todo, esta vez no.
—Bien, ¿alguno tiene idea de como avanzar sin llamar la atención?— señala el grupo de guardias quienes se centraban en custodiar a los prisioneros.
Mujeres desnudas con leves sangrados, hombres heridos en centenar de lugares.
Ezra la mira con cinismo— Uniendonos a ellos— le responde.
—¿Cómo?—, él no responde, simplemente avanza convenciéndome de lo idiota que era.
Estaba a metros hablando con los guardias, deleitándose del sufrimiento transmitido a las personas.
Este estúpido...
Nos saluda a lo lejos pidiendo con su mano que nos acercáramos.
¡Idiota!
—Deberíamos ir, tal vez...
—¡Y una mierda! ¿Eres igual de imbécil que él o te contagió?— le corto de golpe. Joseph es un amor pero debe aterrizar, maldita sea.
—Deja de ser grosera— Leya lo defiende volviendo su vista a Ezra—. Confiemos en nuestro amigo y si no te gusta te quedas.
Me deja con la boca abierta, encaminándose en dirección de Ezra.
Joseph hace lo mismo.
Hoy es el día de los idiotas.
No me queda otra que hacer lo mismo, llegamos hasta él y los guardias expresan su confusión.
—¡Tú eres la maldita sirena!— me descubre uno de ellos, intentaron atacar pero Leya los durmió.
—Oh guau, son unos genios. ¿Ahora cómo procedemos? No es como si aparecieran más guardias, no, claro que no— ironizo rascando mi sien.
Ezra se relame los labios, ignorandome—. Disfrutemos el momento— dice sin más, mordiendo a una rubia.
Los prisioneros escapan armando un escándalo.
Si saben como llamar la atención estos imbéciles.
—Mira, allí— Leya me señala las piedras armadas una arriba de la otra. Parecían una clase de prisión, y si queríamos confirmarlo debíamos ir para averiguarlo.
Nos acercamos y de inmediato me surgieron las ganas de vomitar.
Habían hombre violando mujeres, algunos se turnaban entre cinco.
Eran prisiones horrorosas, bañadas de sangre, con olores fuertes a orina y excremento.
Fuimos testigos de como embestían sin compasión a una morena casi sin vida.
En todas las celdas hallábamos la misma escena.
Quería llorar. Son mujeres, ¿qué hicieron para merecer esto?
Nada, sólo nacer siendolo.
Me repugna esta clase de hombres, merecen la muerte.
—¡Por Dios!— exclama Leya, llevando sus manos a la boca.
La callo con mis dedos cuando uno de los guardias voltea.
Por otro lado, Joseph se acercó a una de las prisiones.
—Principe, ¿se nos quiere unir?— le pregunta un guardia, reconociendo al vampiro plantado frente a ellos.
Oímos los gritos de las mujeres, los desgarradores ataques de Joseph contra los guardias.
Eran muchos, quise ayudarlo pero se negó.
—Escorias...— murmura arremetiendo contra el último soldado de pie. Sus ojos desvanecen, el cuerpo ya no tenía señal de vida.
Viendo como liberaba a las prisioneras, sentí una punzada en mi corazón.
Mi interior pedía a gritos adentrarme. No quiero, es denigrante ver a las mujeres en tal estado, pero algo me decía que debía entrar.
Entre mis dos instintos opté por seguirlo.
Reprimo las náuseas y busco alguna celda, no sé por qué.
Me detengo visualizando la última.
Dentro de ella había una chica desnutrida, con los huesos a simple vista.
Poseía una melena larga y rubia. Al instante que volteó su rostro, quise morir.
Reconocería por donde fuese esa cara, era mi dulce Lisa.
No espero ni dos segundos para arremeter contra la reja y buscarla.
Ella no está como la conocía...
Obscuras ojeras se instalaron bajo sus ojos, no pude ver piel, más bien huesos...
Había sangre en su celda, orinas y excrementos.
Su cuerpo y rostro estaban en un estado lamentable, se asemejaban heridas y moretones en su poca piel.
—Lisa...— en un susurro, quise tomar su mejilla pero ella abofeteó mi mano.
—¡Mierda, eso es lo que eres!— me gritó, enfocando sus ojos en los míos.
—Lisa, yo no...— por más que quería articular palabra, no salía nada de mi boca. Sus ojos me veían con odio puro, lo sé.
Toda esta situación me rebasaba.
Leya cubrió el cuerpo de mi hermana con su capa, buscó a Joseph y le pidió que la cargara.
Lisa fue cargada sin rechistar, no tenía las suficientes fuerzas para negarse.
Volvimos afuera notando los cuerpos sin vida.
Algunos sumergidos en el lago, otros en el césped.
Ezra nos miró extrañado, la chica en los brazos de Joseph era mi hermana, estoy segura que no se espera dicha noticia.
—¿Otra deliciosa comida?— nos interroga con su sonrisa tétrica.
Negamos con la cabeza, las demás prisioneras escaparon cuando fueron liberadas.
Ezra cada vez se extrañaba más.
—¿Y bien? ¿Quién es la rubia?— pregunta, tratando de verla. Se le era imposible cuando ella se aferraba al pecho de Joseph.
Mi joseph.
«Calma Kat, es tu hermana» «Joseph no es nada tuyo» era lo que me repetía en mi cabeza.
—Ella es Lisa, mi hermana— la presenté.
—No soy hermana de un pedazo de mierda como tú— espeta furiosa.