Capitulo 5: Reunión con el Sr Kingston.

2969 Words
PVO Ayde. A pesar de haber tenido inconvenientes con algunas trabajadoras, también he recibido el apoyo de muchas personas, entre ellas Abril, mi superior, e inesperadamente del Sr. Martel, que recién hoy me entero ¡que es el hijo del dueño!, pero que por el momento apoya siendo parte del staff de abogados de la empresa. Algo realmente inesperado. Como también el comportamiento de Tory, que al enterarse de mi problema decidió cuestionarme en vez de brindarme su apoyo. Irónico, si tengo en cuenta que el mensaje que recibió hace días fue justamente de un tal “Sr. Meier”. ¿Acaso será el mismo hombre que ahora es su jefe? —Yo creo que le gustaste, Ayde —me susurra Abril con ese tono pícaro que ya le conozco. —¿Quién? ¿Yo? —No, yo —se burla para después soltar risitas—. Vamos, Ayde, desde el incidente con Raysa, mi jefe siempre pregunta por ti, lo cual es raro, ya que nunca ha tenido esa cualidad de preocuparse por los trabajadores de la empresa. Jamás, nunca, y apenas llegas, lo hace. ¿Raro, no? Sigo comiendo, intentando no darle demasiada importancia a sus ideas, aunque no puedo negar que se me hace extraño. Un hombre como el señor Martel no tendría por qué fijarse en alguien como yo, y mucho menos preocuparse. Esa idea se me queda rondando en la cabeza, incómoda, como una piedrita en el zapato. —¿Y a ti qué te parece, eh, Ayde? —¿Cómo? —Digo, ¿si te parece guapo mi jefe? —me sonrojo de solo pensarlo. El Sr. Martel es un hombre joven, muy apuesto, de espalda ancha, sonrisa perfecta y ojos que iluminan tu día si estás de malas. Inteligente, rico y gentil. No parece de esos que se creen superiores solo por tener un título o ser hijos de papi. —Y es soltero, jijiji. Sigo comiendo, intentando evitar responder, pero es inútil. Abril me observa con atención, esperando mi respuesta. —Bueno, es alguien amable, buen hombre, de esos que ya no hay, pero de ahí a ser algo más, creo que es imposible. —¿Y eso por qué? —se cruza de brazos frunciendo el ceño—. Él soltero, tú soltera… —Él millonario, yo pobre —continúo—. Esto ya parece una novela de apps, Abril, y esto es la vida real. Él, rico, jamás se enamoraría de una chica pobre y huérfana como yo. Y no sé por qué eso me duele un poco. —Quizás si te soltaras ese cabello, te pusieras ropa más juvenil y maquillaje, solo un poquito, atraerías miradas, no solo de mi jefecito. —¿Tú crees? —sonrío y me toco el moño—. Yo me veo y siento bien. No necesito resaltar de esa manera, lo siento. Mi amiga rueda los ojos. —De seguro es otro de los consejos de esa amiga tuya, la tal… ¿Toribia, no? —Tory —bueno, sí se llama Toribia, pero a ella le da vergüenza y dice que en este mundo le quitaría oportunidades. Ridiculeces que mi amiga piensa. —Toribia —suelta una carcajada, pero enseguida se calla— Lo siento, lo siento pero es que esa chica me cae mal con solo verla, y eso que solo la veo… casi nunca. Doy un bocado, tratando de disimular un poco mi molestia por hablar de Tory sin conocerla. Sé que tiene esa manía de querer aparentar algo que no es, de soñar en grande con un marido millonario y una vida cómoda, pero aun así es confiable. La conozco desde que éramos unas crías. —En serio, Ayde, no deberías confiar mucho en ella —susurra, haciéndome una seña para que me incline más—. Ayer entró al despacho del Sr. Meier y tardó casi una hora dentro. ¿Haciendo qué? Pues vaya la Virgen María a saber. Detengo mi cuchara a mitad de la boca. —Es la asistente de su secretaria, ¿no sería normal? Ahora es ella quien rueda los ojos. —¡Por favor, Ayde! Todos en ese piso dicen que ella tiene mucha confianza con él, y es obvio lo que tratan de decir. No puede ser. Creo que están exagerando y teniendo una imaginación tremenda. Aunque si lo pienso, el Sr. Meier es todo lo que Tory anhela. Rico, de buen apellido y… un poco viejito, aunque para el amor no hay edad. —Y es casado, Ayde. El Sr. Meier es casado, y eso sería una falta muy grave. Ahora sí está yendo demasiado lejos. —Ya basta, Abril —digo sintiendo molestia—. Agradezco que me hayas ayudado con Raysa y su grupo, que le hayas dado buenas referencias sobre mí al Sr. Martel, pero no vuelvas a referirte así de Tory. Guardo mi táper en mi mochilita para después irme a mi sitio de trabajo y continuar con mi día. Por supuesto, en el camino no faltan esas personas que susurran en contra por lo sucedido hace días. La campesina que logró que botaran a una casi contratada abogada. De buen apellido e inteligente. Raro, demasiado. Pero ahora lo que tenía en mente eran las palabras de Abril. Las tortuosas ideas o rumores sobre Tory. —No, eso es imposible. Ella no llegaría a hacer algo tan malo —susurro sonriendo—. La conozco bien, y no sería capaz. El día me lo paso trabajando sin molestar a nadie, ocupándome de mis deberes, pero con el tema de Tory en la cabeza, que a cada rato me enviaba mensajes recordándome que no debía acercarme al piso 8, que era donde trabajaba. ¿La razón? Mi forma de vestir y que podía ahuyentar a sus pretendientes. —¡Ayde! —¿Abril? —parece agitada, pero mantiene su sonrisa a pesar de que me molesté con ella en la mañana—. ¡Qué bueno que estás aquí! —¿Q-qué pasa? —pregunto confundida al ver que tiene su cartera y un par de libros en sus manos. —Necesito tu ayuda —mira su reloj—, y yo ya no puedo, no tengo tiempo. —No estoy entendiendo, Abril. Toma mis manos y su sonrisa me confunde. —Tengo prácticas en la universidad y va a estar una eminencia en el curso que deseo, pero debo irme ya, y no hay quien pueda ayudar al Sr. Martel con algunos apuntes en su reunión con los representantes del Emporio Kingston, y… —Espera —aparto mis manos—. Yo no, Abril, no me mires. No tengo experiencia para eso, menos para asistir al hijo del jefe. ¡No! Mi amiga rueda los ojos y niega con una sonrisa. —Si hasta la Toribia puede ser asistente del Sr. Meier, ¿por qué tú no? Arqueo una ceja y ella entiende con un suspiro. —Ok, lo siento..«Tory» —ríe—. Pero solo será apuntar y ayudar con algunas cositas pequeñas, Ayde, por favor. Junta las manos y pone una carita de súplica. Por un instante pienso declinar, pero una vocecita en mi cabeza me ruega aceptar. Quizás conocer un poco sobre ser asistente no sea tan malo y pueda aprender. —Por favor —insiste, con lágrimas en los ojos—. Esto fue inesperado y no quiero perderme esa clase, Ayde. Y el Sr. Martel dijo que debía ser alguien de confianza, y quién mejor que tú, ¿sí? ¿Sí? Suelto un suspiro y finalmente acepto, haciendo que salte emocionada. —¡Yupi! Le avisaré a mi jefe que estás lista para la salida. —¡¿Cómo?! —la tomo del brazo—. ¿A-ahora? ¿La salida es ahora? —¡Sí! —se ríe—. Tranquila, solo será acompañar a mi jefe al restaurante Reagan, donde se reunirá con el representante del Emporio Kingston, y tú estarás a su lado haciendo algunos apuntes, nada más. —Vaya, qué tranquilidad —digo con sarcasmo. —¡Vamos! Será una buena oportunidad para que experimentes cómo es ser asistente de un ejecutivo. Si la Toribia pudo… digo, Tory pudo, ¿por qué tú no? Tiene razón. Media hora después estoy en el asiento del copiloto junto al Sr. Martel. Tiene una sonrisa cálida, traje bien arreglado, típico de los abogados, y yo voy con una agenda y mi bolso. —Gracias por lo del otro día, Sr. Martel. Creo que no tuve la oportunidad de agradecerle su intervención. Sonríe sin quitar la vista del frente. —Lo has hecho varias veces Ayde, pero una más no me molesta. Además, soy justo y no me gusta que en la empresa de mi padre ocurran esas cosas, y menos con alguien que se esfuerza por salir adelante como tú. No puedo evitar sonrojarme, así que miro por la ventana. —Pero cambiando de tema, me alegra que hayas decidido acompañarme hoy —dice con tranquilidad—. La petición de Abril me tomó por sorpresa, y justo hoy tengo que cerrar una negociación importante, que es convencer a los Kingston para obtener su inversión. —¿L-los Kingston? —Sí, son una de las familias más poderosas del país y necesitamos de su inversión en uno de nuestros importantes proyectos, o si no, no se ejecutará. —Oh, entiendo. Y por eso va a reunirse con el Sr. Kingston. —Así es. La primera reunión fue un fracaso porque él no asistió; su agenda no se lo permitió y, además, hubo ciertos puntos que no convencieron a su socio. Pero esta vez es diferente —asegura—Tengo los argumentos necesarios para convencerlo tanto a él como a su mano derecha, el señor Verne. Ambos son verdaderos pesos pesados en el mundo de los negocios, y eso que tenemos la misma edad.—Suspira.—ojalá algún día logre llegar a ese nivel. Su sonrisa se apaga y puedo notar la falta de confianza en sí mismo. Por lo que me dijo Abril, él no quiere ser el sucesor del Sr. Martel, sino ser abogado de tiempo completo. —Usted puede ser lo que quiera, Sr. Martel —digo dejando que mi corazón me guíe—. Si quiere ser abogado, pues séalo, pero el mejor, y también puede ser un ejecutivo respetado. Puede ser las dos cosas a la vez si lo desea y no tiene que darle explicaciones a nadie. El Sr. Martel suelta una risita que me indica que funcionó mi consejo, o al menos lo animó. —Garrett, puedes llamarme Garrett, y sí, tienes razón, puedo ser lo que quiera ser. Gracias, Ayde. De nuevo, una sensación extraña me oprime el pecho y un leve sonrojo se me sube a las mejillas. Pero en cuanto distingo, a mi derecha, una gran masa azulada, todo eso se me olvida. —¡Oh, Dios! ¡Dios! —señalo emocionada—. ¡Es el mar! ¡El mar! —A-así es, es el mar. Garrett detiene el auto a un lado de la carretera. Estamos en una zona alta, lejos del mar, pero aun así la emoción me invade. Verlo por primera vez con mis propios ojos hace que se me acelere el corazón. —¿Acaso es la primera vez que ves el mar? —¡Sí! —digo—. O bueno, siempre lo vi por celular o revistas, pero nunca en vivo y en directo. ¡Es mi primera vez! Por unos instantes me olvido de todo y me enfoco en lo hermoso del paisaje. El sol ya oculto, con ese tono naranja que se veía en mis días de paz con mi mamá y mis padrinos en el campo. El sonido del mar y la tranquilidad que me transmite. —Sí, es hermoso. A decir verdad, es la primera vez que me quedo viendo el paisaje, a pesar de que he pasado muchas veces por aquí. Es tranquilizador. —Lo es… —murmuro sin dejar de ver feliz el mar, sin darme cuenta de que él sonríe y me mira un sinfín de veces. —Podríamos venir la próxima semana si tienes tiempo. —¿Qué? —Sí, si se concreta el convenio con los Kingston, tendré más tiempo y podré traerte para que incluso te des un baño, si lo deseas. No habla en serio. Estoy tan contenta que me quedo petrificada por su promesa. —Pero debemos irnos —me dice mirando su reloj—. Se nos hace tarde, Ayde, y no quiero llegar tarde. —¡Ay, lo siento! ¡Lo siento! Entro casi corriendo al auto, con Garrett soltando risitas por mi comportamiento infantil. Dios, qué vergüenza. Debe pensar que soy una tonta por no conocer ni siquiera el mar. Al cabo de unos minutos, llegamos al restaurante Reagan, donde al parecer tiene reservada una mesa especial para tratar negocios, ya que subimos unos 10 pisos en ascensor. Vaya lugar al que van los ricos. —V-voy a esperar afuera, no quiero molestarlo Sr Garrett. —¿Qué? No —se ríe—. Vas a estar a mi lado, escuchando, para que puedas entender mejor sobre los negocios Ayde, y llámame solo Garrett, ¿De acuerdo? Por un instante quiero refutar, pero entonces aparece un hombre alto, rubio y elegante. Tiene ese toque muy parecido a alguien. Por un momento me asusto, pero cuando lo tengo al frente me doy cuenta de que no es él. Dios, aún no puedo quitarme esa experiencia de la cabeza. —Sr. Martel, un gusto, espero no haberlo hecho esperar. —No, descuide, Sr. Antonio —me mira—. Ella es mi asistente, me acompañará el día de hoy. —U-un gusto, yo… —No —me corta—. Estos son negocios de gran envergadura y prefiero que seamos discretos. ¿Me entiende, cierto? El hombre me mira con esos ojos que entiendo: me ve con superioridad, de esos que minimizan a las personas por no ser de su círculo. —¿El Sr. Kingston tardará? —pregunta Garrett mientras me entrega su saco. —No, está en otra reunión, pero llegará. De igual manera, si no lo hace, yo tengo la misma potestad que él, así que no se preocupe tanto por su ausencia. —Entiendo —Dios, este tipo no deja de mirarme—. Ayde, ¿puedes esperarme? Si deseas irte, lo entenderé. Esto no era lo que tenía en mente, pero… —No, no, descuide, esperaré. No creo que tarde horas. Pero lamentablemente eso pasa. Han transcurrido dos horas y aún siguen metidos adentro, y yo necesito ir a los servicios porque comienza a dolerme el vientre. Quizás ya me venga la regla y no he venido preparada. Caray. Pero no es eso, solo un ligero dolor causado por el frío. Por ello, no tardo más de cinco minutos y regreso a la sala, donde Garrett y el Sr., del que no recuerdo el nombre, se están dando un apretón de manos. —Le da mis saludos al Sr. Kingston —lo escucho decir cuando me acerco. —Descuide, dijo que ya estaba a una cuadra pero en fin. Yo lo pondré al tanto, ya que viene para cenar. —Entiendo. Si me lo encuentro, lo saludo; de lo contrario, le encargo que le dé las pautas de nuestro acuerdo. —Claro. Ambos se despiden. Yo solo esbozo una sonrisa gentil, pero el idiota Sr., como se llame, me ignora. —G-gracias por esperar, Ayde.—Se me queda viendo el cabello. Creo que no debí soltármelo.—No pensé que esta reunión se prolongara tanto. —Descuide —menos mal almorcé bien. —Bajemos, debe ser tarde para ti, así que deja que te lleve a tu casa. —¿Qué? No, no, no se preocupe por mí. Yo puedo tomar el bus y… —De ninguna manera, y no le lleves la contraria a tu superior. Sonrío y ya no discuto. Tiene razón, es muy tarde, además mi bolsillo se lo agradecerá. Así, bajamos al primer piso del lujoso restaurante, que tiene unos diez pisos, siendo el más exclusivo el último, donde tuvo su reunión. —Oh, Dios —susurro al darme cuenta de que no está mi llave. —¿Qué pasa? —Mi llave no está. Quizás se me quedó en el baño. —Entonces ve. Yo te estaré esperando en el auto. ¿Recuerdas dónde estaba estacionado, verdad? Asiento y de nuevo subo al ascensor para volver a los lujosos baños del último piso. Solo espero que esté ahí, o Tory se molestará por sacarle un duplicado. Pero apenas se abren las puertas, todas mis ideas se van a la basura al ver a un par de hombres conversando. Uno es el Sr. que tuvo la reunión con Garrett, y el otro… ¿dónde lo he visto? Antes de que pueda reaccionar, ese hombre también cruza su mirada con la mía y entonces lo recuerdo. Fiesta, hotel, cama, sexo...Apolo. ¡No puede ser! Él da unos pasos instintivos hacia mí, cada vez más rápido, sin apartar los ojos de los míos. No. No, no, no. Mi cuerpo reacciona por fin y presiono el botón de cierre con desesperación. «Cierra, cierra, ¡Cierra!» —¡Espera! —grita, estirando la mano para impedir que las puertas se cierren. Retrocedo, asustada, al verlo tan cerca, al volver a encontrarme con esos ojos. Pero, por suerte, no llega a tiempo. Las puertas se cierran y el ascensor comienza a descender. Me llevo una mano al pecho, intentando recuperar el aire. Solo puedo rezar para que ese hombre no me esté esperando abajo, porque si lo está, algo me dice que estaré perdida.
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