PVO Apolo.
—No, está mal. ¡Todo está mal! —reitero y se lo lanzo—. Vuélvelo a hacer todo, y esta vez que Antonio sea quien lo revise; de lo contrario, no vuelvas a traerme esos informes que no me sirven para nada. ¿Entendiste?
—S-sí, lo siento, Sr. Kingston. No volverá a pasar.
La pobre chica —que es una de las mejores pasantes, supuestamente— sale corriendo, tropezando con Antonio, que trata de no soltar la tremenda carcajada que estoy seguro quiere soltar.
—Otra vez con ese genio de los mil demonios, Apolo.—Se burla.—Insisto, lo que a ti te está volviendo amargado es la falta de sexo, de unas buenas folladas. Quizás deba llamar a Dafne y…
—Deja de hablar tonterías, Antonio, y terminemos esto —miro mi reloj—. Sabes perfectamente que mi abuelo odia la impuntualidad, al igual que yo.
Mi amigo y mano derecha no me discute más y, en poco tiempo, terminamos de corregir los informes para la próxima junta, que fue postergada para fin de mes. Debió realizarse hace un par de semanas, pero coincidía justo con una reunión que mi abuelo había ordenado conmigo ese mismo día. Al final, el viejo la canceló unas horas antes, cosa que agradecí, porque no estaba en mis cabales.
«Y todo por culpa de una mujer», pienso con rabia.
Ahora, después de un par de semanas, esta vez sí asistiré, junto a mi hermano Elrik. No creo que ocurra otro milagro que la vuelva a cancelar.
Esta vez no hay escapatoria, así como las preguntas que Antonio tiene para mí.
—Oye, Apolo, ya en serio, ¿por qué tanta insistencia en encontrar a esa mujercita con la que te acostaste, eh? —insiste, y otra vez esa maldita pregunta, la misma que me hago desde hace días.
Porque no es normal. Nunca me he obsesionado con ninguna mujer. Nunca.
—Tú no eres así —continúa—. Y aunque me lo niegues, estás desesperado por encontrarla. Vi al detective Reddit, y él solo aparece cuando es una misión SOS.
Aprieto la mandíbula.
Observador, perspicaz. Por eso me sirve.
No sé qué me pasa. No sé por qué esa mujer se me metió bajo la piel como ninguna otra. Solo sé que no puedo sacarla de mi cabeza y que necesito encontrarla, aunque no entienda todavía para qué.
—¿No te habrás enamorado, verdad?
¿Qué dijo?
Mi amigo suelta una carcajada ante la seriedad que se forma en mi rostro.
¿Enamorado yo? Es un completo idiota.
—Sé lo que vas a responder, así que olvida mi pregunta, amigo. Pero en serio, después de lo que sea que tu abuelo quiera contigo y tu hermano, llámame; yo me encargo de llamar a Dafne y…
—Antonio, ¿mañana no tenemos reunión con los de Martel Group?
—S-sí, ellos querían una reunión contigo. Creo que querían pedir un aumento de inversión para sus proyectos y…
—Pues encárgate de revisarlos tú.—Ordeno. —lo que sea, pero haz algo, que para eso te pago, Antonio.
Levanta las manos. Sabe que la paciencia no es una de mis virtudes, y menos en estos días, especialmente desde su fiesta de cumpleaños. No, desde que me acosté con esa mujer y aún no puedo aceptar que se me haya escapado.
Olvido —o mejor dicho, me fuerzo a olvidar— a “Ayde” y me enfoco en lo que se me viene en esta reunión. Al llegar, Elrik ya está en la casa, conversando con mi abuelo, que se levanta a recibirme.
—Mi querido y amado Apolo. Mi heredero, mi nieto.
Mi abuelo me abraza. A pesar de la edad, aún mantiene su intelecto casi completo, claro que ya no como antes, pero sirve para dar ciertas órdenes.
—Ordenaré que vayan tendiendo la mesa, mientras esperamos a nuestro invitado especial.
—¿Otro? —miro a mi hermano, y este sonríe.
—Descuida, nieto, es alguien de confianza y de nuestro… círculo —lo que creo es un sujeto del bajo mundo—. ¡Florencia! ¡Florencia! ¡La mesa! ¡Alista la mesa, que mis nietos ya llegaron!
El abuelo se aleja, y yo me dirijo a mi hermano, que parece tener una sonrisa feliz, lo cual no es agradable.
—Supongo que sabes quién es el invitado de honor de nuestro abuelo, ¿cierto?
—Sí, lo sé —su forma de responder me pone nervioso—. Y no sé si sea una buena razón para estar felices. Bueno, al menos no sé para ti.
—No entiendo.
En ese momento, el timbre suena y la sirvienta favorita del abuelo se digna a abrir, mostrando a una esbelta mujer rubia de largas piernas. Por un momento se me hace conocida; no la recuerdo, pero cuando me ve y suelta su chillona voz, ya recuerdo quién es.
Sarah Vercelli.
La mujer que me prometió mi abuelo en mi juventud. Hija del maldito Carlos Vercelli, CEO de una importante cadena de navieras a nivel mundial, y que nos facilitaba ciertos envíos, digamos, ilegales.
—Apolo Kingston.
—Sarah —saludo con toda la caballerosidad que puedo, a pesar de que no soy así—. Es un gusto verte después de años. ¿Y qué estás haciendo en Nueva York?
Elrik suelta una risita curiosa que trata de ocultar tras su mano. Ese desgraciado lo sabe, y yo lo sospecho.
—¿Qué? ¿No te dijo tu abuelo?
—¿D-decirme qué? —esta vez mi voz suena ruda, molesta, porque presiento a lo que esa maldita mujer vino.
—Vamos a comprometernos en público, mi amor —dice, y maldigo por lo bajo—. Por fin, el mundo va a saber que pronto seremos marido y mujer.
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PVO Ayde.
—Tres cafés, con dos cucharadas de azúcar. Gracias, Ayde, tan servicial —dice Raysa, guiñándome un ojo antes de alejarse entre risitas burlonas.
«Calma, Ayde, no les hagas caso. Tú viniste a trabajar, y eso seguirás haciendo»
Continúo con mi trabajo, que básicamente consiste en ayudar a la encargada de las copias y hacer uno que otro recado. O bueno, ayudar obligada, dizque porque soy nueva. Muy diferente a Tory, que —aunque me cueste aceptarlo— ¡es asistente de uno de los accionistas! Sí, de un accionista.
Según ella, no sabía qué puesto le darían hasta el último momento, cuando ya nos asignaron las funciones. Y, la verdad, no me quejé. No tengo la experiencia, y sé que Tory tampoco, por eso todo esto aún me resulta demasiado extraño.
A veces pienso que esa “amiga” suya no es realmente una amiga, sino un amigo. Uno que, sospecho, consiguió en esa fiesta.
—¡Ayde! ¡Qué bueno que te encuentro! Dime que mi jefe aún no llegó, por favor, dime, o si no estaré muerta, muerta.
—Hola, Abril, y no. Aún no ha llegado nadie al despacho 301.
Suspira aliviada y me quita el vaso de café que pensaba llevarle a la pesada de Raysa. Según Abril —con la única que me llevo bien y me trata como persona— es su dosis para activarse y calmarse.
—Menos mal. No es que me caiga mal mi jefe; al contrario, es uno de los mejores que he tenido, pero con la puntualidad es un gruñon.
—Oh, ¿en serio? —sonrío cuando lo llama así.
—Sí. Por eso, en un mes que se fue de vacaciones, disfruté llegar tranquila, sin la presión del tráfico y de los memorándums que me tiraba en la cara por llegar tarde. Y ojo, no era mi culpa, sino del tráfico.
—Sí, del tráfico —Le sigo el juego y miro mi reloj, ya es casi la una—. Mi turno ya acaba, Abril. ¿Me acompañas a almorzar? Traje dos postres.—la invito, ya que Tory nunca puede. A decir verdad, desde que comenzamos, nunca hemos almorzado juntas. Ella pone mil excusas, y ya no insisto.
—¡Pero por supuesto! ¡Hice una lasaña que está para chuparse los dedos! ¿Y tú, qué trajiste?
—Bueno…
—¡Ayde!
Un grito nos sobresalta a ambas. Son Raysa y su par de amiguitas, todas ejecutivas y profesionales que terminaron la universidad y ahora hacen su pasantía en esta empresa. Por eso se creen la gran cosa y tengo que aguantarlas.
—¿Y mis cafés? ¿Por qué tardas tanto?
Me muerdo la lengua para no soltarle todos los insultos que tengo perfectamente ordenados en la cabeza. Necesito el trabajo, así que me los guardo.
—Ya estaba por llevarlos, señorita Raysa. Lo siento —me disculpo, bajando la mirada.
—Abogada. Para ti, soy abogada —corrige, con ese tono que dan ganas de perder la paciencia.
Respiro hondo.
—Oye —interviene Abril, alzando la voz y mirando a las demás—, Ayde tiene su propio trabajo y no es sirvienta de nadie. ¿Quedó claro?
Las mujeres se miran entre ellas, claramente ofendidas, pero ninguna retrocede ante la advertencia. Abril, a pesar de ser solo secretaria y llevar apenas un poco más de tiempo que ellas, se mantiene firme, sin bajar la mirada.
—Abril, no deberías defender a una campesina que no tiene estudios más que de una escuela rural y sin clase. Ella no está a nuestra altura.
—¿Qué? ¿De dónde sacaron eso?
A nadie más que a Abril le conté de mi pueblo, de Tory y de un poco de mi vida.¿Cómo es que ellas lo saben?
—Rumores que vuelan, pero si te pones así es porque es cierto —todas sonríen con esa malicia que tienen las personas a las que les gusta humillar—. No eres de nuestra clase social, solo una campesina con suerte, que pronto, muy pronto, cuando ascienda el próximo CEO de Martel Group, te botarán.
Mantengo silencio, aguantando las ganas de arrancarles los cabellos por sus groserías.
—Pero mientras, te aguantas.—Me apoya Abril.— Así sea la hija del portero, la tratas con respeto o, si no, le aviso a RR. HH. lo que están haciendo con Ayde.
—¿Así? ¡Uy, qué miedo! —las tres musarañas se ríen con burla—. ¿Y a quién crees que van a creer, Abril? ¿A ti, que eres solo una secretaria del mismo tiempo que nosotras? ¿O a mí, que pronto perteneceré al staff de abogados de esta empresa?
Abril está a punto de estallar, y yo no quiero problemas, menos que ella salga perjudicada, así que me acerco a Raysa y me disculpo por no llevar sus cafés.
—¡Ayde, no! No debes…
—Pues qué bueno que lo reconoces, campesina, pero mereces un escarmiento por no llevarlos.
—¿Q-qué?
Alzo la cabeza, y mis ojos se abren grandes cuando veo a Raysa levantando su mano, a punto de lanzarme el vaso con café.
—¡Maldita perra! —le grita Abril, lanzándose sobre ella y haciendo que el café caiga en la blusa de Raysa, ocasionando que se arme un show donde Abril y yo “somos las culpables”.
Y para complicar la situación...
—¡Fueron ellas! ¡Ellas me tiraron el café a propósito, Sr. Meier! —nos acusa con uno de los accionistas, que salió de su despacho apenas oyó el escándalo.
—Sí, ella y Abril la atacaron solo por llamarles la atención —señala a Abril—. Y ella llegó tarde.
Ambas sonríen. ¡Qué malvadas!
—¿Es eso cierto, Srta. Abril?
—Y-yo… —se muerde el labio, pero finalmente asiente—. Pero ella fue quien trató mal a Ayde, la humilló tratándola de campesina y otros adjetivos más que no deberían suceder en la empresa, Sr. Meier.
¿Sr. Meier? Espera,¿este hombre es para quien trabaja Tory?
—¡Silencio!—Grita.—Esta acusación es grave y daña la imagen de nuestra empresa. Jamás, pero jamás, he oído tal cosa como esta —me mira, notando cómo me repasa de pies a cabeza—. Y tú debes ser Ayde, la causa de este desastre.
—Sr., yo…
—Estás despedida —sentencia sin siquiera escucharme. No puede ser —. Y tú, Abril, vuelve a tu trabajo antes de que tu jefe llegue y…
—Yo ya llegué.
Una voz masculina se escucha detrás del Sr. Meier. Es un hombre más joven, con ropa formal y una sonrisa extraña.
—S-sr. Martel, es un gusto volverlo a ver. ¿Cómo han estado sus vacaciones?
—Pues bien —sigue avanzando, con las manos en los bolsillos—. Gracias por tu preocupación.
—Es mi jefe, Ayde ¡mi jefe! —gruñe Abril en un susurro casi imperceptible.
—¿Q-qué?
Esto no puede ser peor.
—Abril, ¿me tienes listo el contrato que te pedí?
—¡El contrato con el Emporio Kingston, por supuesto, Sr. Martel!
El hombre se detiene. Mira a Raysa sollozando con sus amigas a su lado, y ya sé lo que va a pasar...de nuevo.
—Tú —señala a Raysa—. Estás despedida. Y ustedes dos, si no regresan a sus puestos, también lo estarán pronto.
Abril me mira con los ojos apunto de salírsele; yo solo me quedo en silencio, sorprendida por lo que acaba de hacer.
—S-sr, pero yo no tuve la culpa, ¡fueron ellas quienes me agredieron! ¡Ellas!—Nos acusa.
—Así es Sr Martel, por favor, permitame hacerme caso de este incidente. No lo..
—Silencio, Meier. Sé perfectamente lo que pasó aquí —señala una cámara que ha estado viendo todo—. Ahora vuelve a tu lugar antes de que también tome una decisión contigo, y no te va a gustar escucharla.
—Y-yo lo siento. Con permiso.
Se va, así como todos los curiosos, incluyendo a Raysa y sus amigas. No puedo creerlo. Nos ayudó.
—Ten listo el contrato con los Kingston, Abril, por favor, después puedes ir a almorzar —le dice sin mirarla, pues aún no me quita la mirada de encima.
—¡Ya mismo lo alisto!
Abril se va, dejándome con “su gruñón” jefe, que así fue como lo describió.
—Lamento que pasaras por este incómodo momento, Srta. Rivas.
¿Sabe mi apellido? ¿Pero cómo, si nunca lo he visto?
—Soy Garrett Martel.—Estira su mano.
—Ayde… Rivas —respondo nerviosa ante la sonrisa que sigue dedicándome.
Vaya, qué curioso. Tiene el mismo nombre que la empresa.
Una casualidad inesperada… que me salvó del despido.