Vincenzo Moretti.
La venta fue un éxito, se llevaron 8 cajas, 96 botellas en total y hay que celebrarlo, cada venta es un éxito, por mínima que sea.
Ya estoy en pent-house y todo esta como quería que fuera, no es tan romántico, es sencillo, solo será una cena privada de solo charla, aunque quisiera algo más, muero por uno de sus besos, pero será a su tiempo.
Veo la hora en mi reloj y ya falta poco para que la cita o reunión entre ella y yo comience, también noto que Eduardo sigue sin aparecer, ¿tanta información tiene? Espero que sea algo de lo que me tenga que preocupar.
Saco mi móvil y llamo a Luca, para asegurarme de que todo está en orden, este no tarda en responderme la llamada.
—Señor —saluda en forma de respeto.
—¿Cómo va todo por allá? ¿ya se están dirigiendo hacia acá?
Estoy muy ansioso la verdad, estuve esperando este momento todos estos días y solo me alejé hoy para darle su espacio, además de que tenía asuntos que resolver.
—No señor, me encuentro fuera de su departamento, la estoy esperando.
—Bien hecho, llevaste a alguien a que la maquille en casa, me parece perfecto —lo felicito.
—No llamé a nadie señor, ella quiso arreglarse sola.
—¿O sea no fueron a ninguna peluquería?
—No.
—De acuerdo, ¿Y la ropa? ¿hubo algo que le gustara?
—No compró nada señor —me responde y eso me enoja un poco.
—¿Cómo que no compró nada Luca?
—Visitamos tiendas, pero al final decidió usar algo de su ropero.
Me quedo callado por unos segundos, ¿Por qué no me hizo caso? ¿Me está castigando?
—¿De verdad no usó la tarjeta en nada? —me siento abrumado.
—Solo en un café y en un pastel, y fue porque me adelanté, o si no hubiese usado su dinero.
Doy un suspiro, esto será difícil supongo.
—Entiendo, gracias por informarme, avísame cualquier cosa y cuando vayan saliendo, necesito calcular su llegada.
—Sí señor.
Alejo el móvil de mi oreja y corto la llamada, camino de un lado a otro, preguntándome porque no quiso usar mi dinero, me hace sentir rechazado.
Me dirijo a mi oficina y adelanto trabajo en lo que la espero, pasan unos cuantos minutos y Luca me escribe avisando que ya vienen en camino, coloco todo en orden en mi oficina y salgo de la habitación, camino por el pasillo y me quedo en la sala frente al ascensor para esperarla, calculo media hora en lo que se abre el ascensor, la veo salir y me aproximo a ella.
—¿Algún inconveniente? —le pregunto a Luca en lo que me ofrezco para quitarle el abrigo a Valentina.
—No señor —me sonríe y asiento para que se retire.
Luca hace una reverencia y se adentra al ascensor para irse, luego me fijo en Valentina y la veo con una gran sonrisa mientras la veo de abajo arriba.
—Te ves hermosa —digo muy embobado por su belleza y ese atuendo.
Una blusa negra, unos pantalones de vestir beige con una correa negra que marca su pequeña y perfecta cintura, más unas zapatillas planas de color n***o, parecía que iba a una reunión de negocios y me parece perfecto, tenemos mucho de qué hablar.
—Gracias. —responde con una sonrisa.
—¿Quieres cenar? Pregunté a tus compañeras de trabajo que te gusta comer y me dijeron que pescado, así que especialmente para ti mandé a preparar Canapés de Salmón y Aguacate.
—¿A qué compañeras de trabajo le preguntaste? —indaga ella.
—A las del cabaré, porque saber de ti en el hospital está bastante complicado.
Me concentro en su rostro para recibir alguna reacción positiva, pero hace una mueca.
Valentina Castillo.
Trago en seco, mierda, por suerte sé que es lo que le gusta a mi hermana.
—Bueno, es que no siento mucha confianza a las mujeres del hospital, en el cabaré me siento más libre, sin prejuicios, en cambió como jefa de enfermera esperan mucho de mí.
—Entiendo, ¿Y a qué se debe el disgusto?
—No me gusta el aguacate —le digo.
Error, me encanta el aguacate, a mi hermana no y tal vez él no lo sepa por ahora, pero no sé cuánto conocen a mi hermana en ese cabaré, no sé qué información dio en estas cosas tan sencillas.
—Lo sacaré enseguida. —Me ofrece su mano y se la tomo, me dirige a la cocina y descubre el plato para sacar los pedazos de aguacate.
Adiós alimento tan rico.
—¿Qué tal estuvo su día tan ocupado? —le pregunto.
—Estuvo muy bien, como de costumbre —responde viéndome de reojo.
—Mmm.
Solo hago un sonido y veo el lugar a mi alrededor, esto es más grande que mi apartamento, creo que hasta tiene las mismas medidas de la granja.
—¿Puedo saber de qué trabajas? —le pregunto de repente.
—Ya tenía conocimiento sobre esa pregunta tan insistente en tu cabeza y lamento que hayas tenido que esperar para que te pueda responder.
—¿También lamentas haber estado ausente cuando querías estar conmigo?
—No entiendo cuál es el problema de que no estuviera presente, tengo entendido que no quiere nada conmigo, pudo ser fácil pasar el día sin mí. —usa un tono egocéntrico y burlón.
Carraspeo mi garganta y él termina con los aguacates, lleva los platos a una larga mesa rectangular y cada uno lo sirve en cada extremo, ¿Tan lejos nos vamos a sentar?
—Soy dueño del cabaré y de una bodega, hago negocios tanto con empresarios y políticos, cualquier persona importante en realidad —me dice y asiento.
En cuanto deja los platos, se acerca a mí, toma mi mano, me guía hacia uno de los platos, corre una silla con toda su caballerosidad y me siento.
—¿Por qué tan lejos? ¿Soy un virus o qué? ¿Se está protegiéndome de mí? —insinúo y corre la silla nuevamente.
Mi cuerpo está muy cerca de la mesa, así como también siento su aliento en mi oreja.
—Un virus no, pero si algo que me provoca tocar, pero no puedo y por eso mi distancia, no quiero causarle incomodidad. Así que te estoy protegiendo de mí realmente.
—¿Así como ahora? —lo desafío por su aliento en mi piel.
—Lo siento —se ríe.
Camina hacia el otro lado, sentándose frente a mí al otro extremo de la mesa.
—¿Estamos totalmente solos? —pregunto mirando a todos lados.
—Quise total privacidad. ¿Deseas algo de beber?
—Usted también va a comer y no quisiera interrumpir su momento solo para servirme.
—El día que me salvó tal vez interrumpió algo para poder hacerlo, esto no es nada.
Se retira de la mesa y va a un pequeño bar que se encuentra cerca de la cocina.
—Tal vez no fue buena idea que nos quedáramos totalmente solos —sugiero.
Pues con algún empleado, estaría sirviéndonos mientras él y yo nos mantenemos en la mesa.
—Un buen acompañante para esto es vino seco. —comenta mientras lo muestra.
Busca dos copas y viene de regreso, deja las copas en la mesa, destapa el vino con un sacacorchos y nos sirve, camina hasta el otro lado para sentarse, dejando la botella de este lado.
—¿Cómo harás si quieres servirte más? —arqueo una ceja.
—Pues me levanto y me sirvo, así como si veo tu copa vacía, la llenaré.
—No es necesario, estás tan lejos que puedo servirme sola —le doy media sonrisa y él se ríe.