Karma

1035 Words
+BIANCA+ Al final no contesté el teléfono... Salí al jardín con paso apurado, como si pudiera huir de mi propia vergüenza. Llevaba en la mano la cajetilla de cigarros que siempre escondo detrás de las botellas de vino tinto, mi hijo cree que lo dejé hace dos años, ja, pobrecito inocente. No pude, después de la muerte de mi esposo, la verdad que no he podido. Encendí uno, inhalé profundo y solté el humo como si pudiera expulsar con él la humillación, las ganas de tirarme de un balcón y, por qué no, el calor insoportable que me había dejado Emiliano con esa manita suya en mi cintura. —Mierda… —murmuré, cruzando las piernas en una de las tumbonas del jardín, con mi vestido rojo apretándome los muslos—. Maldita sea, no voy a follar. Ni un baile. Ni una maldita erección de alquiler. Nada. Mientras mis amigas, las muy putas, sí, lo dije, todavía estarían enviándome memes de bomberos sudados y con “paquetes” de medio metro, yo estaba aquí, sola, con un cigarro y un vestido carísimo que ahora solo me recordaba que había sido la anfitriona del desastre social del año. Tragué humo, me recosté un poco y me lamenté como la viuda desesperada y caliente que soy. Ni un maldito stripper me tocó un dedo. Y no porque no quisiera, no, sino porque la vida tenía que mandarme a mi hijo justo en el clímax de la locura. Maldito karma. Entonces, lo veo. Él. Emiliano. El cuñado prohibido. El británico maldito con ese aire de “soy mejor que tú” y esos hombros anchos que piden a gritos que los muerda. Se me acerca despacio, con un vaso de whisky en la mano, y me lo tiende como si fuese un cómplice en mi desgracia. —Toma, lo necesitarás en este momento. Lo miré, arqueando una ceja, y acepté el vaso. Bebí un sorbo largo y caliente, y el whisky bajó como fuego por mi garganta. —Gracias —dije, con un hilo de voz cansado, pero todavía con un sarcasmo que ni el apocalipsis nuclear me quitaría. Seguí fumando y, mientras exhalaba humo hacia el cielo estrellado de Beverly Hills, solté lo que siempre quise decir pero nunca pregunté: —Oye, Emiliano… ¿y tu novia? No te he visto una. Ni una. Él sonrió de lado, con esa maldita sonrisa que me revuelve hasta el útero, y respondió con calma británica: —Creo que no es necesario que tenga una. ¿No lo crees? Me quedé viéndolo. Larga, intensamente. Como si lo analizara, como si pudiera leer en sus ojos que me estaba mintiendo. Y quizás sí. Pero mi cuerpo reaccionó de otra manera: con calor, con un cosquilleo traicionero que me recordó que llevaba meses sin un orgasmo decente. —Tienes razón —admití al fin, y levanté el vaso en un brindis improvisado—. Bueno, bienvenido, y olvida todo lo que viste hoy. Mañana me verás en pijama o… no sé, en bata de seda. Da igual. Solo olvídalo. Bienvenido, cuñado. Él rio bajo, ese sonido grave que se mete en tu pecho. —Tu hijo no lo olvidará. Yo solté una carcajada. Una carcajada que se me escapó como un estornudo, fuerte, casi histérica. —¡Bah! —dije—. Que se acostumbre. He decidido… asistir a citas. Ahí lo solté. Como una bomba. El cigarro se consumía entre mis dedos, el whisky bajaba como gasolina, y yo, Bianca, la viuda elegante de Beverly Hills, acababa de confesarle a mi cuñado que planeaba salir a citas. Y su reacción fue deliciosa. Primero alzó las cejas, sorprendido. Luego entrecerró los ojos y me miró con esa mezcla de celos y burla que tanto me enciende. —¿Citas? —repitió, saboreando la palabra como si fuera veneno—. ¿Con quién? ¿Con strippers contratados por tus amigas? Le lancé una mirada asesina y solté una carcajada falsa, de esas que parecen de villana de telenovela. —Con quien yo quiera, Lancaster —le dije, usando su apellido como un insulto—. Si quiero con un stripper, con un piloto, con un plomero o con el repartidor de sss… lo haré. Él dio un paso más cerca, y de pronto el aire se volvió denso, caliente, eléctrico. —Eso… no va a pasar —susurró. Lo miré de reojo, exhalé el humo despacio y sonreí como la diablita que soy. —¿Ah, no? ¿Me vas a encadenar al jardín? —No —dijo, inclinándose apenas, tanto que pude oler su perfume caro—. Solo voy a hacer que te olvides de todos ellos. Mierda. Sentí un escalofrío que me recorrió desde el cuello hasta los muslos. Y lo odié por eso. Lo odié y lo deseé al mismo tiempo. Me levanté de la tumbona, sacudí mi vestido rojo y le di una calada final al cigarro antes de aplastarlo en el cenicero. —Estás borracho —le dije, con la mejor voz fría que pude fingir—. Y yo estoy… frustrada. Mala combinación. Él rio otra vez. Maldito. —No estoy borracho, Bianca. Tú eres la que está borracha de frustración. Abrí los ojos como platos, escandalizada, y lo golpeé en el hombro con la mano. Él no se movió. Ni un centímetro. —¡Idiota! —exclamé, pero no pude evitar sonreír. El silencio volvió a colarse entre nosotros, cargado de electricidad, de ese “casi” que arde en la piel. Y entonces, como si el universo no soportara vernos solos en paz, la puerta corrediza del salón se abrió de golpe. —¡Mamá! —gritó Adrian desde dentro—. ¿Dónde está mi Ipad? El hechizo se rompió. Me giré de inmediato, casi tropiezo con mis tacones, y solté un suspiro exagerado. —¡En tu escritorio, hijo! ¡Y no salgas a espiar, o te juro que te mato! Mi hijo ya tiene veinte años y siempre necesita de su mami. Emiliano estaba detrás de mí, riendo bajito, con esa sonrisa arrogante que decía: te tengo atrapada, Bianca. Y yo… yo estaba a un paso de perder la cabeza.
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