+BIANCA+ Después de un buen rato en la cama, cuando ya no quedaba aire ni fuerzas en mí, me quedé mirando el techo, todavía con las mejillas calientes y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón. Emiliano estaba a mi lado, igual de rendido, con el brazo pesado sobre mi cintura, como si no quisiera soltarme nunca. Me habría quedado así horas, quizá toda la vida, pero la realidad es una desgraciada que no sabe esperar. Su teléfono vibró en la mesita, él bufó con fastidio y, sin ganas, contestó. No alcancé a escuchar toda la conversación, solo algunas palabras cortadas: “sí, hermano… ya voy… fiesta… sí, ya estoy saliendo”. Yo, por mi parte, también recibí una llamada. El nombre de mi hijo en la pantalla me hizo brincar del colchón como si me hubieran echado agua fría.

