Sacudo la cabeza con fuerza, intentando apartar los pensamientos que me carcomen.
¿En qué demonios estoy pensando?
Como si fuera el único ruso en toda la ciudad. No, no puede tener nada que ver con la mafia. Me estoy volviendo paranoica, eso es todo.
Aun así, mis pies permanecen quietos. No puedo evitar seguir escuchando la conversación de aquellos dos hombres frente a los televisores.
—Te estoy diciendo que la muerte de Rufo no es tan simple —dice uno, con voz grave.
El otro asiente.
—Los rusos no son un chiste. He escuchado que matan a las personas como moscas. Poco a poco están tomando poder en la política del país.
Las palabras se me clavan en el pecho como agujas heladas.
La noticia en los televisores vuelve a repetirse: “Indigente buscado por la muerte del candidato Rufo Green.”
Ni siquiera dicen mi nombre.
Ni siquiera mencionan si es un hombre o una mujer.
Solo un indigente.
Un fantasma sin rostro al que pueden culpar de todo.
Pero si ya tienen mis huellas, si saben que me buscan… ¿por qué no decir quién soy?
¿Por qué ocultar mi nombre?
Los dos hombres siguen hablando, sus voces se mezclan con el murmullo de la ciudad.
—Los rusos dan miedo —dice uno—. Ahora tienen el máximo poder. Nadie los detiene.
Asiento para mis adentros, aunque no me vean.
Todo encaja.
Los hombres de traje que visitaban el refugio, las donaciones misteriosas, los rumores de dinero sucio.
Rufo estaba metido hasta el cuello.
Y ahora está muerto.
Ambos se alejan, y solo cuando sus pasos se pierden entre el ruido del tráfico me atrevo a salir de mi escondite. Los veo alejarse, caminando tranquilos, sin sospechar que la persona de la que hablaban está a unos metros de ellos, respirando con miedo.
Camino hacia mi destino, aunque no sé exactamente cuál es. No creo poder llegar a la estación del tren a tiempo.
Pero inevitablemente su imagen vuelve a mi mente: el hombre del abrigo n***o, su voz con ese acento que suena como un roce de terciopelo y hielo, su mirada gris que parecía traspasar las sombras.
¿Por qué pienso en él otra vez?
¿Por qué no puedo dejarlo atrás?
Su español era perfecto, demasiado suave, como si hubiera nacido para dominarlo. Tal vez mi cerebro lo asocia con los rusos por eso, por ese tono casi aristocrático. Pero no, no tiene sentido.
Debe ser un empresario más, uno de tantos.
Alguien importante, sí, pero no un criminal.
Meto la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saco el pañuelo.
Sí, lo había tirado… pero regresé por él. No pude evitarlo.
Me sentí estúpida, buscando en la basura, pero cuando lo tuve de nuevo entre los dedos, algo en mí se calmó.
Las iniciales M. V. están bordadas con hilo plateado, firmes, cuidadosas.
Paso los dedos sobre ellas, imaginando que quizá fue un regalo de su esposa.
¿Pensará en él cuando no lo tenga? ¿Le preguntará por el pañuelo que regaló a una extraña en la calle?
Respiro hondo, intentando sacar su imagen de mi mente.
No puedo perder el tiempo pensando en él.
Debo sobrevivir.
Camino hasta un pequeño estacionamiento al final de la avenida. El guardia duerme en una caseta, su radio encendido con música vieja. Es fácil colarme.
Me deslizo entre las sombras, buscando un rincón donde las luces no alcancen. Me acomodo entre dos autos y me dejo caer al suelo, agotada.
El asfalto está helado, y el olor a gasolina me revuelve el estómago. Pero al menos es un lugar donde puedo cerrar los ojos.
Cruzo los brazos sobre el pecho, doblo las rodillas y las abrazo, intentando conservar algo de calor.
El hambre me retuerce, pero el cansancio pesa más.
Cierro los ojos.
Solo un momento.
Solo un poco de descanso.
El silencio del estacionamiento es casi absoluto, hasta que el sonido de un motor rompe la calma.
Mis ojos se abren de golpe.
Un auto entra despacio, el ruido de las llantas sobre el pavimento húmedo suena como un susurro metálico.
Mi cuerpo se tensa. Me hago pequeña, encogida detrás del coche a mi lado.
Me ajusto la gorra hasta cubrirme el rostro.
Si se estaciona cerca de la entrada, no pasará nada.
Eso es lo lógico. Nadie aparcaría tan al fondo.
Pero el motor se apaga más cerca de lo que esperaba.
Demasiado cerca.
El silencio vuelve.
No escucho una puerta abrirse ni cerrarse.
Ni el clic de un seguro.
Nada.
Me inclino con cuidado y miro por debajo del auto.
Veo unos zapatos caros, negros, brillantes, y una figura que se queda de pie, quieta, observando hacia mi dirección.
Mi respiración se vuelve irregular.
Me tapo la boca con la mano, pero el olor a algo podrido, quizá un resto de comida que toqué antes, me provoca arcadas.
“Vete”, pienso. “Por favor, vete…”
Los segundos se alargan.
Entonces, por fin, escucho el sonido de los pasos alejándose.
Exhalo despacio, el aire helado me quema la garganta.
Pero el alivio dura apenas un segundo.
Algo me agarra con fuerza desde arriba.
Un brazo enorme me levanta del suelo como si no pesara nada.
Grito, pero una mano me cubre la boca.
—La encontré, jefe —dice una voz ronca, con un acento ruso tan claro que me hiela la sangre.
Mis pies apenas tocan el suelo.
Y mi mente, desesperada, solo alcanza a pensar una cosa:
El diablo me ha encontrado.