Prólogo
Sábado 18 de Agosto del 2018
Ahualulco del Mercado, Jalisco
Hacienda de los Ferrer
10:35pm
—Mírenlo—susurro caminando por el costado del balcón sin quitar la vista del jardín frontal de la casa—, cantando y bailando pegadito a sus asistentes excepto con la mujer a la que acaba de pedirle la mano. No se ha tomado siquiera la molestia de preguntarse en dónde estoy—me recargo en uno de los pilares blancos y me doy pequeños golpecitos en la frente—. Quiana, Quiana… ¿Por qué le dijiste que sí? ¿En qué estabas pensando?
Verán, no hay nada más romántico que el hombre de tu vida te cante con un reluciente mariachi a la luz de la luna, o te mire a los ojos mientras te repite una y otra vez cuánto te ama, pero lo que estoy viviendo ahora mismo es todo menos romanticismo; es una pesadilla, un martirio. Hoy se supone que es la fiesta de cumpleaños de Astor Ferrer, mi novio de hace dos años. Es un excelente empresario de la industria automotriz y uno de los hombres más apuestos en la ciudad de Guadalajara (o eso dijeron en aquella revista de Chic Magazine hace un par de semanas atrás). Total, para muchos puede ser un adonis, el ser más perfecto y adecuado para mí; sin embargo, yo solo desearía encontrarme lejos, bien lejos de todo y todos.
Acepto que, al comienzo, cuando lo vi por primera vez sentado en la recepción del hospital donde trabajo se me hizo guapísimo, con clase y un porte impecable. Eso, aunado a su sonrisa destellante y su metro noventa fue como ver a los mismísimos ángeles cantando en el cielo. Todo aparentaba que al fin la vida había contestado mis súplicas al pedir un hombre decente y visionario como lo parecía ser él. No obstante, el mismo día en que acepté ser su novia, me enteré de que papá había ideado todo para que nos conociéramos y no precisamente con buenas intenciones. No, todo lo contrario. Ese encuentro solo estaba planeado para que en un futuro no muy lejano pudiera casarme con el hombre que a él le placía, y quería como sustituto en la empresa familiar. Ja, lo que jamás imaginó fue que Astor rechazaría su propuesta y seguiría invirtiendo en los autos de carreras más importantes de México, Alemania e Italia.
Entonces, ¿por qué seguir con Ferrer sabiendo todo esto? No lo sé. Literal, NO LO SÉ. Quizás, el hecho de que papá tiene cáncer me ablandó el corazón y dejé que todo avanzara para llevarla con calma ya que, para variar, lo adora. Pero ¿ahora? Ya no sé cómo controlar la situación. Es decir, quiero a Astor, pero es más un amor en declive gracias a la costumbre que otra cosa. ¿Acaso me veo, pienso y siento como una prometida enamorada? No, en lo absoluto.
—Eres tan apuesto, Ferrer, tan galán—bufo reconociendo a Jessica, su secretaria, bailando y riéndose junto a él al ritmo de On my way de Tiësto—. Pero, eso no me sirve. Necesito más, mucho más.
Algo a rescatar es que no es un hombre violento, arrebatado o con problemas. Es solo que; no lo sé. Supongo que también me desilusioné al ver como cada mes que pasaba se iba haciendo más y más tediosa la relación entre nosotros. Era como si todo lo que yo proponía hacer fuera inútil, innecesario, ¿entienden? Sin ir tan lejos, el mes pasado se le ocurrió la fabulosa idea de escalar El Cuajo; un sitio rocoso ubicado en San Lorenzo y a tan solo cuatro horas de Guadalajara. Él sabe cuánto odio hacer deportes de esa índole, pero nooo, el señor insistió y me llevó. Gracias a su ¨aventura ideal en pareja¨, tuve raspones, cortes en las rodillas y un bonito golpe en la cabeza debido al desmoronamiento de una roca. Ahora, veámoslo de mi lado. Si yo le propongo ir a Tequila, Manzanillo o Puerto Vallarta para tener unas vacaciones de ensueño con él… olvídenlo. Pone los mil y un pretextos.
—«No tengo tiempo, nena. Comprende que está por llegar la nueva colección de Ferrari y debo firmar los contratos. Pero te lo compensaré» …Bla, bla, bla—digo imitando sus expresiones—. Que canijillo me saliste Astorcito—niego mirando el anillo de diamantes que me entregó hace una hora.
No toda la culpa es de él, eso también lo admito sin problema. Mi trabajo me pareció un excelente pretexto para empezar a verlo cada vez menos, para no tener que escuchar sus reclamos sin sentido y sus benditos, beenditooos planes a futuro en Alemania; un país que no me llama la atención y en el cual no me veo realizada como la gran señora de Ferrer.
Alzo la vista hacia la noche que se encuentra más estrellada que nunca y doy un largo suspiro. ¿Saben algo? A veces una misma se complica la vida. Si, es decir, tengo todo lo que necesito para estar bien, excepto que no soy feliz como desearía porque no logro poner mi corazón, mi bienestar por encima de los demás; de mi familia. Siempre la presión de ser la hija mayor me llevó a dejar de lado ciertos anhelos para cumplir los de otros. Dios, me hace falta tanto por experimentar, por sentir… ¿Por qué? ¿Cuándo será el anhelado y bendito día en que pueda cometer la locura de enamorarme o salir corriendo hacia el país que a mí se me pegue la gana?
«El día puede ser hoy, pero no quieres, Quiana. Allá está la puerta. ¿Qué te impide salir?» expresa mi voz interior, esa que siempre me advierte que, si no arriesgo, si no cometo una locura… será demasiado tarde.
—Muero por estar en otro lugar… Italia, por ejemplo—susurro yendo hasta el cómodo sillón de mimbre tejido. Me siento y me quito los tacones altos sintiendo el cansancio abandonar un poquito mi cuerpo—. Roma y un espresso pintarían de maravilla.
—¡Quiana! —grita mi hermana Dulce por el pasillo—¿Qué estás haciendo aquí? ¿No se supone que deberías estar bailando con tu prometido?
—Gracias, hermana, pero parece que lo está pasando mejor sin mí—digo recargando mi cabeza en el respaldo—. En menos de cinco minutos, su secretaria lo ha hecho más feliz que yo en dos años.
—Ay, Quiqui—susurra con ese tonito de lástima que tanto me choca—. ¿Para qué le aceptaste el anillo? ¿Por qué nunca me haces caso?
—Tú bien sabes el porqué, Dulce—me quedo en silencio tratando de no empezar a lloriquear como últimamente tengo por costumbre—. No quiero ni hablar de ese tema. Con el estrés del hospital y la larga jornada que tuve anoche en cuidados intensivos con los pequeños gemelos…
—Oh, esos bebitos—dice enternecida por Jorge y Antonio, mis chiquitos prematuros—. Has hecho una labor estupenda con ellos.
—Si todo sale bien, el lunes podrán ir a casa con María y Sergio—sonrío—. Pero oye, este logro también te lo debes acreditar. Eres la mejor enfermera neonatal del piso. Tu amor y dedicación por cada pequeñito me enorgullece mucho.
—Y tú, eres una fabulosa neonatóloga—toma mi mano y me atrae hacia ella para abrazarme con ganas—. Eres un ángel con zapatos cómodos, divina sonrisa y estetoscopio en el cuello.
—Un ángel que desearía tener alas para volar lejos de todos menos de ti, hermana—suspiro con pesar.
—¿Por qué eres tan cabeza dura? Te dije mil veces que deberías haber hablado con él antes de dejarlo ir tan lejos y encima hacer esta fiesta con ambas familias de por medio.
—¿Hablar? ¿Con Astor? ¿Es enserio? —masajeo mi sien—No se puede tener una sana conversación con él; lo conoces. Todo lo refuta, lo ignora o lo pasa por arriba.
—Tienes razón ahí—voltea los ojos—. ¿Cómo es que dice? Eh…
—Si, si, mi chula, todo lo tengo bajo control—lo imito haciendo su sonrisa matadora y la risa falsa que a veces no soporto escuchar—. Ten quinientos pesos. Cómprate un smoothie de fresa en Wonder y lo hablamos más tarde.
—¡No puedo creer que lo imites tan bien! —exclama lanzando su carcajada.
—Son dos años conviviendo con Don Ferrer, no lo olvides—me pongo de costado para mirarla mejor—. Estaba pensando…
—No, noooo, noo. Alto ahí—alza la mano—. Dime que no se te ocurrió escapar como hace dos semanas.
—Dulce…
—Quiana, sería la séptima vez que lo piensas—mira hacia el pasillo y baja la voz—. ¿Al menos esta vez funcionará?
—Lo hará—asiento arrimándome más para que no nos escuchen, aunque con la música dudo que alguien se entere—. ¿Recuerdas las vacaciones que me gané y jamás reclamé?
—Como olvidarlo—sonríe—. Le salvaste la vida al nieto del gobernador Ramírez hace dos semanas y te ofreció a cambio…
—Unas vacaciones de lujo en Buenos Aires con los gastos pagados—concluyo.
—Por favor, dime que te irás un mes, que olvidarás a Astor y por fin te dedicarás a vivir la vida loca.
—No es tan sencillo—alzo mi mano con el brillante anillo de compromiso—. Puedo viajar, pero eso no quita que estoy comprometida, ¿recuerdas? Aparte, si llego a cometer la locura de cortar con Astor, papá enloquecerá y no quiero ser la causante de su deterioro.
—Así es, enloquecerá y morirá de pena—interrumpe nuestra madre abriendo la ventana de una de las habitaciones de huéspedes—. Quiana Rebecca, ¿cómo se te ocurre pensar hacerle eso a tu padre? ¡¿Te volviste loca?!
—¡Mamá! ¿Estabas espiándonos? —dice Dulce poniéndose blanca como el papel al mirar la cara de bulldog de mamá—Cómo… ¿Cómo es que siempre estás en todo?
—Cállate, Dulce Alejandra. Ni se te ocurra meterte—levanta su vestido verde y se estira para darle un acomoda neuronas en la frente—. Nada más andas de alcahueta y metiche.
—Las cosas no son así—vuelvo a ponerme los zapatos y la pesada mochila de emociones que pesa cada vez más y más—. Son unas simple vacaciones que necesito tomar. Serán pocos días para relajarme del trabajo y…
—Ajá, y de paso olvidarte de tu compromiso con Astorcito y la promesa que le hiciste a tu padre en frente de San Clemente. Te conozco, Quiana.
—Yo no hice ninguna promesa y menos a ningún santo—hago una mueca de fastidio—. Está bien que le haya dicho a papá que le daría una oportunidad a Ferrer, pero…
—¿Pero? —dice con cara de pocos amigos.
—Pero…
«¡Ya suéltalo, Quiana! ¡Dile de una buena vez que no eres feliz!»
—¿Lo ves? No puedes siquiera completar una oración—sonríe negando con la cabeza—Lo que vas a hacer es quedarte con Astorcito, aceptar que tu futuro será mejor con él en Alemania y dedicarte a la medicina que es lo único que se te da bien. ¡Ah! La próxima semana iremos por el vestido de boda a casa de tu prima Laura. Recuerda que a la pobrecita se le murió su casi marido y se quedó sin usar el vestido beige que tanto añoró lucir en la catedral—se persigna rogando por ella a la vez que Dulce bufa mirando hacia otro lado—. Debemos preparar todo cuanto antes porque los días se pasan de volada y…
Sigue hablando. Incluso puedo distinguir que nombra a la tía Carlota y sus ideas de arreglos florales para la fiesta que yo no pedí. Me he quedado en el limbo. Bendito… ¡Bendito! ¿Boda? ¿Casarme con Astor y compartir toda mi vida con él? Oh, y encima ¿usar ese vestido horroroso? (Con todo respeto hacia mi prima Laura, pero sus gustos son para llorar). ¿De verdad? ¿De verdad todo eso me espera? No, no, no.
—Mamá…
—Tengo todo anotado en mi libreta—expresa sin dejar de hablar y mover las manos—. Le he dicho al padrecito Román que nos aparte la fecha en la capilla y a Nestor que nos ayude con…
—¡Es suficiente! —exclamo callándola. Es la primera vez que le levanto la voz; es más, jamás me había atrevido a estar en desacuerdo con ella porque sabía las consecuencias—Acabo de comprometerme ¿pero ya habías hablado con el padre Román de antemano? Madre, te amo, pero ya me cansé.
—Que sea la última vez que me faltas al respeto, Quiana Rebecca Varela—me señala con coraje. Alza la barbilla y da una bocanada de aire—. Vamos a olvidar esta conversación. Hoy es la noche de tu compromiso con mi yerno y no tenemos por qué arruinarla con malentendidos.
—Por querer agradarte, mamá. Por no disgustar a papá, por… Por el triste cáncer que se lo come todos los días—suelto sabiendo que no hay retorno—. Por ustedes es que até mi espíritu rebelde, me mordí la lengua y dejé atrás mis deseos; mis sueños.
—¿Qué dices? —abre los ojos indignada—¿Acaso tu padre y yo merecemos esta clase de queja con lo buenos que hemos sido contigo?
—¿En dónde quedó la Quiqui floreciente, la que se divertía, bailaba bajo la lluvia, se pasaba horas debajo de un árbol para escuchar el canto de los gorriones y mirar las estrellas mientras comía galletas de chocolate? ¿En dónde está, mamá? —la cuestiono con la presión en mi pecho—Tengo casi treinta años y parezco Sor Juana Inés de la Cruz.
—Puros pretextos y dramas fueron siempre contigo—entrecierra los ojos—. Tienes una buena vida, un hombre que te ama, te respeta y…
—Me respeta—suelto riéndome sin ganas—. Como será su amor por mí que llevo casi una hora aquí y ni se ha tomado la molestia de buscarme por estar ocupado con la inflada de su secretaria.
—Esa es tu culpa por haberlo dejado solo sabiendo que hay otras queriéndote comer el mandado—alza los hombros—. Es que no sabes cómo ser mujer, mija; tenerlo contento.
—Y tú no sabes ser madre—digo con la tristeza saliendo por mi boca—. Nunca supiste. Solo ves por tu propio interés. ¿Qué madre pasa por alto los deseos sanos de su hija? —me acerco hasta ella y la miro a los ojos—¿Qué madre obliga a su hija menor a renunciar al amor de su vida por el simple y tonto hecho de no ser rico y tener un carrazo del año?
—Quiana, no.
—¿Fue así o no, Dulce? Sebastián era… es—corrijo—un hombre estupendo, amoroso, dedicado, fiel y responsable. Que su empresa de vinos no haya salido bien, no significa que…
—¡Es un inútil! ¡No sirve y no hará feliz a tu hermana porque él es nada! —explota.
Dulce la mira con lágrimas en los ojos, pero se calla y mira hacia otra parte. No puedo creer que la mujer que nos dio la vida sea tan egoísta, superficial y cerrada. Bien dicen que la familia es un pilar importante en la vida del ser humano, pero el nuestro está completamente chueco.
—No voy a casarme con Astor, madre. Que te quede claro—me quito el anillo, tomo su mano y se lo entrego—. Hazle como quieras. Grita, llora, implora, pero esto se termina aquí.
—¡¡Quiana!! —abre los ojos persignándose como tiene acostumbrado—Virgen de la expectación de Zapopan, San Clemente…
—Rézale a todos los santos que quieras, pero te aseguro que no cambiarán mi decisión. ¡Ah! Y me voy a Buenos Aires, a vivir las vacaciones que merezco—peino mi cabello alaciado y doy media vuelta para salir cuanto antes a hacer mis maletas.
—¡Quiana! ¡No te atrevas! ¡¿Piensas hacerle esto a tu padre con lo enfermo y débil que está?!
—Dulce, ¿vienes conmigo o te quedas? —me doy vuelta ignorando las falsas súplicas de mi madre.
—Si te atreves a dar un solo paso hacia la desquiciada de tu hermana, te arrepentirás—le advierte apretando su brazo—. Te quedarás en la calle al igual que ella.
—Por supuesto que no—camino para zafar a Dulce de sus garras—. Jamás se quedará en la calle porque me tiene a mí. Vamos.
—¡Malagradecidas las dos! ¡No pueden hacernos esto! —grita a nuestras espaldas—¡Quedarán desheredadas para siempre, ¿me oyen?!
—¡Para eso trabajamos! —sonrío tomando a dulce del hombro—Es más—me detengo para darme vuelta una vez más—, dame el anillo de compromiso.
—¿Recapacitaste?
—No, madre. No se puede recapacitar en cinco segundos lo que se viene planeando por demasiado tiempo—digo caminando hasta ella. Estiro mi mano y la miro—. Dámelo.
—¿Qué harás con él?
—Devolvérselo a su dueño—sonrío—. Ojalá durante el tiempo que esté ausente, te des cuenta de que no estoy haciendo otra cosa más que buscar mi felicidad.
—Astor Ferrer es tu felicidad, niña. ¿Sabes cuántas mujeres no darían lo que fuera por tener un empresario así a su lado?
—Puede ser—asiento—. Astor es muy apuesto y rico, pero no me hace feliz como deseo. No hace brincar mi corazón ni mi espíritu—la tomo por los hombros y la abrazo a pesar de que ella se mantiene dura, reacia a mi contacto—. El día que encuentre al hombre correcto, mi vida será diferente.
—Estás bien mal.
—Y lo sabré—digo haciéndome hacia atrás para mirarla—. Sabré que es el indicado cuando lo mire a los ojos.
—Eres mi hija, pero ¿quién querría estar al lado de una mujer loca, soñadora y rebelde como tú si no es Astor?
—Otro igual que yo—aprieto su mano—. Te amo, madre. Te veo dentro de unas semanas.
—Ni creas que voy a recibirte con los brazos abiertos. ¡Y eso va para ti también, Dulce!
A pesar del pequeño miedo que siente mi hermana, se mantiene en la postura de irse conmigo para olvidar por un tiempo todo lo que nos agobia y buscar lo que nos hace feliz el alma.
«Buenos Aires, aquí vamos» pienso bajando las escaleras hacia el jardín.