III ¿Giorgio Armani, Paco Rabanne o Gainni Versace?

2730 Words
Hotel Alvear La Recoleta, Buenos Aires 7:24pm —Mira nada más que vista tan chula, Bastián—dice Dulce estirando sus brazos frente al balcón del roof bar—. El botones tenía razón. Las puestas de sol se aprecian mucho mejor desde este piso. —Estaba leyendo que en el siglo diecinueve, la epidemia de fiebre amarilla atrajo a las familias más adineradas a esta parte de la ciudad. Se comentaba que era uno de los puntos más altos y seguros en la zona—responde él hojeando las revistas turísticas de la mesita ratona de madera—. A partir de ahí, el barrio se convirtió en uno de los lugares más elegantes y caros de Buenos Aires. —¡Me urge salir a turistear! —exclama mi hermana dando palmaditas—¿Cuándo iremos a recorrer la ciudad? —Cuando gustes, muñequita—le sonríe—. Podríamos de paso sacarnos fotos en la plazoleta que rodeamos con el taxi. —¿La que tenía como una iglesia blanca y faroles parisinos? ¡Si! —se le cuelga del cuello y le susurra vaya a saber Dios qué en el oído. —Te amo, Dulce de mi vida—responde mi cuñado besando su mejilla con una ternura que hasta me hace suspirar. Sebastián Francis Díaz es un chico ejemplar. A pesar de haber crecido en un hogar disfuncional, con un padre alcohólico y abusivo, buscó la manera de trabajar para sacar a su madre de esa casa del ¨terror¨; como a veces la nombra. Comenzó siendo un simple cerillito de supermercado, cosa que enterneció mi corazón y todavía lo sigue haciendo cada vez que saca el tema. Según él, la gente era generosa con las propinas que le daban por acomodar mercadería en bolsas de plástico o llevarlas hasta los autos. Aquí entre nos, no podía imaginar a un pequeño niño de seis años laborando con esmero, aguantando muchas veces el dolor a causa de los golpes de su padre o el hambre feroz que, dicho sea de paso, se convirtió en su fiel amiga durante las largas jornadas semanales. ¿Qué necesidad tenía de pasar por tantas situaciones horrendas a raíz de la amargura de su propio padre? Enserio que a veces no entiendo a la humanidad. Sumado a eso, nunca tuvo los grandes lujos ni estudió en escuelas privadas o de renombre, sin embargo, poco a poco se abrió camino hasta llegar a codearse con grandes empresarios de Guadalajara, quienes le ofrecieron buenos puestos gracias a su licenciatura en Mercadotecnia. Por eso, me siento feliz, en paz y hasta orgullosa de ver a mi hermana comprometida con él. Si vieran como se desvive por ella, como la procura y trata siempre de hacerla feliz con pequeños detalles. ¿Y Dulce? Le hace honor a su propio nombre. Es un caramelo, un algodón de azúcar con él; siempre apoyándolo y brindándole todo su amor. Ambos fueron hechos para estar juntos, no me cabe la menor dudilla. Siendo sincera, tampoco me arrepiento de haberle pagado a Sebas el hospedaje ni mucho menos de haberle ocultado a mamá que seguían viéndose a escondidas con mi ayuda. Quizás, pondrá el grito en el cielo cuando se entere y hasta me recuerde lo miserable que seré cuando me desherede o, peor aún, me bombardee con mensajes de texto como tiene por costumbre desde que nos fuimos; pero no me interesa. La felicidad de mi hermana menor es mi herencia más gratificante. —Y según el recepcionista, Eva Perón se encuentra enterrada en un cementerio cercano al hotel. ¿Quiana? ¿Nos oíste? —¿Eh? ¿Qué? —me despabilo de mis pensamientos—¿Qué decían? —¿A qué parte del planeta te fuiste? No estarás pensando en el italianito ese, ¿o sí? —cuestiona Dulce sentándose a mi lado. —Fabio Girardi Pirone… Fabio Girardi Pirone—susurro abriendo el cierre de mi mochila para sacar su tarjeta. Aspiro el delicioso aroma que aún conserva y sonrío. —La dejó bien chiflada, sin duda—dice Sebas sonriendo—. ¿Por qué no lo buscas por f*******: o i********:? —propone—Tiene que ser alguien importante. Su porte de italiano rico hablaba muy bien por él. —Por eso te amo, cuñado—respondo besando su mejilla para sacar mi laptop—. ¿Cómo no se me ocurrió? —escribo rápido mi contraseña y vuelvo a oler la tarjeta. —Oye, vas a desgastar ese pedazo de papel de tanto que te lo llevas a la nariz, Quiqui. Ni que fuera muestra de perfume. —¿Qué colonia crees que use? ¿Giorgio Armani, Paco Rabanne o Gainni Versace? —pregunto pasándosela. —Ájalas, hermana—toma la tarjeta con la punta de sus uñas violetas para inspeccionarla—. Ese supuesto investigador privado te tiene de las trenzas. —¿Escuchaste lo que me dijo, Dulce? —alzo la vista— «Puedes quedarte los lentes, así no te olvidarás de nuestra reunión»—suspiro dándole clic al buscador de Google—. ¿Cómo rayos voy a olvidarme de un hombre así? Por favor, parece galán de telenovela. —Quien te ha visto y quien te ve—dice tomando uno de los alfajores de la mesa—. Te has puesto más dulce que este manjarcito argentino. —Mira, ¿por qué mejor no dejas de gusguear y me ayudas a buscarlo por internet? —¿Cómo es que dicen aquí? Eh… ¡Picotear! —exclama Sebas agarrando un alfajor blanco. —Picotear, gusguear, como sea—doblo los ojos—. La idea es que mi hermana y tuuuu—bajo su mano—dejen de comerse todos los alfajores que nos regalaron como cortesía. —¿Cómo podríamos dejar de degustar estas delicias? —dice Dulce quitándole el empaque con cuidado—. Son tres pisos de puro chocolate y caj… —¡Dulce de leche! —exclamo cubriéndole la boca—Se dice dulce de leche—miro hacia las demás mesas esperando que nadie la haya escuchado—. Si llegas a decir esa palabra nos van a tratar como unas peladas o, mejor dicho, vulgares. —Mmmm, mmhmm—murmura asintiendo. —Ándale, mejor ayúdame escribiendo su nombre en el i********:. —Virgen de la expectación de Zapopan, dame tantita paciencia—susurra tecleando el nombre del italiano. —Ya te pareces a mamá con sus rezos y dichos. ¡Oh! Dale a esa foto de perfil—digo reconociendo su rostro a pesar de los lentes oscuros que lleva puestos—Si, es él, ¡es él! La página se abre revelando cientos de fotos del hombre que choqué en el aeropuerto hace unas cuantas horas atrás. Oh, un segundo, ¿doscientos mil seguidores? ¿Pero que…? —Ben-di-to—expresa Dulce. Silba pasando las fotos y se detiene en un video—. ¡Pero mira nada más lo cuero que es! —abre los ojos acercándose a la pantalla—¡Se está quitando la camisa! —Oyeeee, más respeto por Sebastián que se encuentra aquí presente—le doy un suave golpe en la frente a modo de regaño, pero tampoco puedo ocultar mi emoción al verlo posando en la playa con unos shorts azul oscuro—. San Francisco, a quien engaño… ¡Que tipo más guapo! —Par de chaladas—murmura Sebas riendo—. ¿Por qué mejor no se fijan en la foto anterior? —se arrima hasta la mesa quitándonos la laptop y abre la imagen—. «El vino es una especie de poesía que se encuentra embotellada. Vigneto Girardi». —¿Vigneto Girardi? —observo las interminables hileras de parras y a él con una botella de vino en la mano—¿Su familia se dedicará a eso? —Lleva su apellido—dice mi cuñado con los ojos iluminados—. A lo mejor, aparte de investigador, sea viticultor. —Ya sé para dónde vas, amorcito—contesta Dulce pellizcando su mejilla—. No sabemos ni quién es y ya estás queriendo hablarle tú también. —Oigan, ¿ya vieron estas fotos? —sonrío dándome cuenta de que está posando frente a la torre de Gálata y en el famoso bazar de artesanías turcas—Parece que anduvo por Estambul hace poco. Ehm… una semana para ser exactos. Wow, que suerte. —Y al parecer tampoco fue solo—Sebas abre la siguiente imágen mostrando una increíble playa con una mujer de espaldas alzando los brazos—. Rayos, creo que te lo bajaron, cuñada. —¿Tú que sabes? —digo tratando de no sentirme decepcionada—Puede ser su hermana, una amiga o nadie importante. —Si, ajá. —Solo hay una manera de averiguarlo y es quedando con él. Además, debo devolverle sus lentes. Busco mi teléfono en la mochila y abro el w******p para enviarle un mensaje. Si, ya lo tengo registrado y si, también vi su foto de perfil y me derretí un buen rato con la mirada tan serena que lleva dibujada en su varonil rostro. —Quiqui, entiendo que te esté picando la curiosidad por él, que hasta le hayas rayado sus costosos lentes y ahora te sientas en deuda, pero ¿enserio piensas enviarle un w******p? —Cielo, deja que lo haga. ¿Qué tiene de malo? —¿Que qué tiene de malo? —lo mira—No creo que sea correcto, Bastián. Acaba de romper con Astor. —¿Es enserio? —expresa él con una sonrisa burlona en los labios—Por favor, todos incluida Quiana sabemos a la perfección la clase de hombre que es. ¿O qué? ¿Estar encerrado con su secretaria justo la noche de su fiesta de compromiso no cuenta? O la vez que lo pillé arrimándosele de más a la empresaria esa de Alemania… ¿cómo se llamaba? —Adeline Wagner—digo buscando una foto decente para poner en mi perfil. —Esa mera—chasquea los dedos—, Adeline Wagner. ¿Acaso tampoco cuenta? —Por supuesto que cuenta—bajo el teléfono—. El día que Astor cerró contrato con Daimler AG, la empresa esa de los coches bonitos y caros, ¿se acuerdan? —ambos asienten con atención—Bueno, se suponía que iría a cenar a su departamento. Lo que no me esperaba es que la alemana de piernas largas me abriera y me preguntara incluso quién era. ¿Qué hacía ella en su casa, a solas y encima una hora antes de la reunión? Y lo peor, ¿no se suponía que mi supuesto novio ya le había hablado de mí? —Bingo—murmura Sebas. —¿Y lo cuentas, así como si nada, Quiqui? —¿Qué quieres que diga, Dul? —alzo los hombros volviendo a hurgar en mi galería—. Astor no es una perita en dulce ni el hombre perfecto que mamá creó en su cabeza. Tiene mucha cola que le pisen. Bueno, eres testigo de las veces que le perdoné sus mensajes ¨erróneos¨ también. —Ay, hermana—resopla—, Ferrer no cambiará nunca. —No cambia el que no quiere, sino, mira a papá—digo trayendo a memoria como en su momento le pidió perdón a mamá por un desliz del pasado y enderezó su vida para nunca más volver a caer—. Asumo la culpa de haberle permitido pisotearme así, pero ya conoces el motivo del porqué tanta hipocresía—la miro arrugando mi nariz—. No le tomes importancia. Astor es parte del pasado, una mala experiencia que no pienso repetir. Ahora solo me dedicaré a vivir mi vida. —Y añádele que no todos los días se choca con un italiano de muy buen parecer…—continúa Sebas apoyándome—Puede que parezca algo así como un simple romance de invierno, pero presiento que será de esos amores que calan bonito y dejan huella. —Supongo que tienen razón—dice dejándose caer en las almohadas rayadas—. Estamos aquí para vivir y llevarnos experiencias únicas. —Entonces, ¿le escribo o no al italiano? —sonrío probándola. —Hazlo—asiente—. Veamos si contesta. —Bien, aquí voy—muerdo mi labio concentrándome en lo que voy a escribirle—. «Buenas tardes, soy Quiana Varela, ¿te acuerdas de mí? Nos conocimos en el aeropuerto esta mañana». ¿Voy bien? —Sigue, sigue, sí. —Eh… «Me preguntaba si todavía el café sigue en pie»—le doy clic en enviar y dejo el teléfono sobre la mesa—. Esperemos que conteste. —Mensaje corto, pero preciso. Muy bien—dice Sebas mirando la pantalla—. Oh, adivinen quién acaba de conectarse. —No juegues…—susurro apretando mis manos sudorosas—¿Está en línea? —¿Tan rápido? —Dulce abre los ojos—. Wow, creo que eso demuestra cierto interés. Nadie se conecta tan rápido a menos que sea importante. —Y ha comenzado a escribir—digo sonriendo con la ansiedad a flor de piel—¡Oh! Escucha esto: «Ciao, bella. ¿Come stai? Gracias por comunicarte. Estoy libre a las ocho y media, ¿tienes tiempo para conversar?» —¡Dile que sí, dile que sí! —grita apretando la almohada contra su pecho. —Te emocionas más que yo—comienzo a reír—. Mejor le envío un mensaje de voz. Guarden silencio—aclaro mi garganta y respiro hondo—. A las ocho y media me parece perfecto. ¿En dónde nos vemos? Estoy en el hotel Alvear, en el barrio de Recoleta. —Me muero si llega a enviarte un audio como respuesta. —¿No que muy preocupada por Astor y nuestro rompimiento? —Hasta se me olvidó quien es ese—dice abrazándose de Sebastián—. Primer día en Argentina y ya estoy viviendo amores ajenos. —¿Cuál amor? Si apenas lo voy a conocer—niego con la cabeza—. Oigan, como que tienen razón. Contesta muy rápido. Ya me envió un audio. —¡Ponleeeee play! —Interés, así se le llama—dice Sebastián reproduciendo el mensaje de voz. —«Otra coincidencia—lo escucho reírse. Ufff, me derrito como chocolate en el sol. Que voz tan cautivante—, también me encuentro en Recoleta. Me hospedo en el Four Seasons. ¿Te parece bien si paso por ti? ¿O prefieres tomar algo en la terraza de tu hotel?» —¿Cómo supo que el hotel tiene terraza? —pregunta mi hermana espantada. —Es investigador privado, mi amor. Lo saben todo. —¿A dónde queda el Four Seasons? ¿Es muy lejos? —digo repitiendo el audio. —Según el mapa, queda a diez minutos de aquí si vas por la avenida principal. —Está cerquitita—aprieto el botón para enviarle otro mensaje—. Eh, podría ir caminando hasta tu hotel, ¿te parece? —Ni pienses que irás sola, Quiana. —No iré, cuña’o, solo quiero ver qué contesta—sonrío moviendo mis hombros al ritmo de la suave música del bar—. Ya envió otro audio. —«Sei serio? —escucho su risa de nuevo—No, ragazza. Sería descortés de mi parte hacerte caminar sola a estas horas. Yo paso por ti. Nos vemos en cuarenta minutos». —¡Cuarenta minutos! —exclamo levantándome rápido del sillón—Tengo que ir a vestirme, ponerme algo decente. No sé, ¡Dulce! Tienes que ayudarme. —¡Mandó otro audio! —me toma de la mano para sentarme de un jalón—Escucha. —Me gusta tu foto de perfil—baja la voz agregándole unos toquecitos de suave picardía—. Sei bellissima in natura. —Tradúceme yaaaaa eso—palmeo el brazo de Sebas—. ¿Qué dijo? —Dijo que…—fija su vista en la pantalla. Termina de escribir y sonríe—Dijo que eres bellísima al natural. Dulce no se limita a gritar de la emoción y yo hago caso omiso a las miradas de las pocas personas sentadas en la terraza para gritar también.
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