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Quizás si puedo amarte

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Blurb

Alina Brown siempre soñó con una vida mejor. Sus padres se habían esforzado por darle todo lo que necesitaba, pero ella siempre quiso más. Durante sus años de estudiante trabajo en sus ratos libres para reunir el dinero que necesita para pagar su matrícula en la universidad. Se graduó con honores y como la mejor de su clase en Gestión de Empresas, pero debido a su humilde familia no logro conseguir trabajo en ninguna posición que estuviese a su altura. Finalmente, es contratada por Dylan Davis, magante de la industria tecnológica, para ocupar la posición de su asistente personal. Después de varios meses a su servicio, el joven millonario decide que Alina es la mujer ideal para convertirse en su esposa y heredera de su fortuna. En un principio ella se reúsa, ya que siempre imagino que se casaría por amor, y no por conveniencia, peo finalmente accede, y pasa a ser una de las mujeres más poderosas de todo Redwood, y todo el país.

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Querido diario
Decidí comenzar a escribir mi propio diario, con la esperanza de que alguien, algún día, por algún motivo, decida contarle la historia de mi vida al mundo. ¿Qué hay de especial en ella? Puede que nada, puede que todo. Pero vale la pena, porque mi historia es la de muchas mujeres, que trabajan, y luchan y sufren y sueñan. Quizás si unos años antes, alguien me hubiese contado sobre el giro enorme que daría mi vida, nunca le hubiese creído.  De joven fui la típica niña de mami y papi, a la que nada le parecía suficiente. Aunque nuestra situación económica no era la mejor del mundo, ambos trabajaban día y noche en su bar de mala muerte, para darnos a mi hermana y a mi todo lo que deseásemos. Poniéndolo en perspectiva, quizás si ellos no me hubiesen malcriado de ese modo, no hubiese crecido para convertirme en la mujer que soy, o al menos, la que era. Pero de “quizás” no vive el hombre, y fueron precisamente esas noches que pase sin ellos, cuidando de mi hermana pequeña, las que forjaron mi carácter.  Cuando cumplí 10 años supe que culpar a Dios y a la vida por haberme permitido nacer bajo el techo de una familia de clase media no solucionaría mis problemas. Con 11 años entendí, que pedirles que mejoraran nuestra situación económica para que nuestros padres ya no tuviesen que desperdiciar su vida tras una barra atendiendo borrachos e infieles, tampoco funcionaría. Entendí desde muy pequeña que, si quería algo, debía ir por ello. Fue así que, con solo 11 años, conseguí mi primer trabajo.  A los tíos les había ido mejor en la vida. Ellos tenían varios negocios de comida rápida en la ciudad, y debido a su ajetreada agenda no disponían de mucho tiempo para cuidar a su pequeño hijo, el primo Mathew. Después de rogarle a mis padres por varias semanas, hablaron con ellos, y estuvieron de acuerdo en pagarme 5 dólares diarios por recogerlo al salir de la guardería, y jugar con él desde las 3 de la tarde hasta las 8 de la noche. Tener mi propio dinero se sintió fenomenal. Solía mirarme al espejo sosteniendo los billetes que con tanto esfuerzo había ganado, y me sentía la niña más feliz del mundo. –¿Qué vas a comprar con tu dinero? – me preguntaba mi padre cada día al recogerme en casa de lo tíos. –Nada. – respondía yo. – Ahorro para mi futuro. Cada día la misma pregunta, cada día la misma respuesta, durante los dos años que cuide del pequeño Mathew. A los trece años decidí dejar mi pequeño trabajo, y expandir mis horizontes. Comencé a dar repasos privados a los menos dotados de mi salón, y cobraba 5 dólares por una hora de cases. Por algún motivo me volví popular entre los deportistas. Sus madres me acosaban, y algunas incluso me pagan a 10 dólares la hora, con la esperanza de que aumentara mi dedicación y esfuerzo para que sus neandertales hijos aprobaran las materias.  Mi padre continuaba recogiéndome cada día en una dirección diferente, pero manteniendo la misma conversación de siempre. –¿Ya sabes que vas a comprar? – repetía sonriente tras golpear mi hombro. –Ahorro para el futuro. – repetía yo, cada vez más cansada de su tonta pregunta, cada vez más seria, cada vez más distante.  Confieso que cuando cumplí 16 y pude sacar mi permiso de conducción, me sentí liberada. Finalmente sería capaz de deshacerme de mi padre, y de su misma conversación de todos los días.  Como era de imaginar, no tenían dinero para comprarme el auto. Se sentaron a conversar conmigo y me pidieron disculpas, pero la situación económica no era favorable en ese momento. Mi madre incluso lloró, mientras mi padre afirmaba que en cuanto pudiese lo primero que haría sería comprarme el auto más hermoso del mundo.  Yo no dije mucho durante toda la conversación, sabía que mi padre decía la verdad, y haría hasta lo imposible por cumplir su promesa, pero decidí permanecer en silencio. Una vez hubieron terminado de lamentarse, me puse de pie, y les recordé que llevaba años guardando dinero para mi futuro, y, el momento de gastar una parte, había llegado.  Fui sola a la venta de autos usados. Pensé que sería mejor dar ese paso tan importante en mi vida sola, pero mi hermana pequeña volvía a casa de la escuela y terminó convirtiéndose en mi primer copiloto.  Ese día llegamos a nuestro hogar en un feo Hyundai rojo del año 1980. A pesar de ser horrible, el auto se encontraba en buenas condiciones, y el precio resultó más bajo de lo que esperaba, debido a que el vendedor era un cuarentón vicioso que intentaba congraciarse conmigo todo el tiempo. Una simple y forzada sonrisa a cada uno de sus chistes machistas y a su pésimo sentido del humor, fue suficiente para que regresara a casa con el objetivo cumplido, y dinero de sobra en mis bolsillos. Unos años después, mi madre me contó que mi padre había llorado esa noche, pues se sentía impotente, y creía que nos había fallado al no ser capaz de proveernos. Yo no le respondí, porque estaba de acuerdo con él.  Al tener mi propio auto, me sentí dueña de mi vida. Pude repasar a todos los chicos cuyos padres me contactaban, y mi fondo monetario creció cada vez más. Me honra decir que a la edad de 19 años había reunido la primera entrada de mi beca universitaria. Mi padre también lloró el día que les conté la noticia de que había sido aceptada en Redwood, quizás, porque en el fondo sabía, que desde el momento que pusiese un pie fuera de su casa, me perdería para siempre.  Confieso que irme de casa no removió ningún sentimiento en mí. Quería a mis padres, pero no los respetaba y tampoco deseaba una vida a su lado. Si algo sentí en el momento que puse mi pie sobre el acelerador y los perdí de vista, fue alivio.  Alivio de haber escapado de una vida rutinaria que nunca que elegí y a la que jamás pensaba regresar. Los tres años que pase estudiando en Redwood fueron buenos. En mis tiempos libres trabajaba como dependiente en un restaurante y por las noches modelaba en la plaza de Al, un joven diseñador que recién había regresado a casa después de estudiar en Europa, y anhelaba ser reconocido por su gente. Reuní todo lo que pude para pagar el resto de mi matrícula y para cubrir mis gastos, pues nunca acepté el dinero que me enviaban mis padres. Apenas tuve tiempo de disfrutar eso que algunas llaman “loca vida universitaria”, pero no me arrepiento, de haberlo hecho jamás hubiese llegado a donde estoy hoy. Los problemas reales vinieron después de graduarme. Aunque obtuve mi diploma siendo la mejor de la clase en Gestión de Empresas, las ofertas de trabajo no llovieron como había pensado.  Mis compañeros de clase provenían de familias adineradas, y todos fueron rápidamente acogidos en los negocios familiares. Yo, por mi parte, tenía dos opciones: regresar a casa y ayudar a mi padre con su negocio, o enviar mi currículo a cuanta empresa existiese en Redwood. Los primeros meses fueron fatales. Nunca imagine que me costaría tanto avanzar, debido a un pasado del que tanto había luchado por desprenderme. No fue hasta 6 meses después de buscar trabajo sin encontrar nada, que entendí que una persona con mis recursos no podría nunca aspirar a un puesto como para el que estudie. Entonces tuve que tragarme mi orgullo, y aplicar para posiciones de menor relevancia: secretaria, asistente, recepcionista, todas ellas, labores despreciadas por mí, y en las que nunca pensé en desempeñarme. Por suerte para mí, Al me permitió seguir trabajando con el mientras buscaba trabajo, pero, debido a que tenía que asistir a varias entrevistas diariamente, tuve que abandonar mi empleo de mesera.  Después de unos meses, las cuentas por pagar comenzaron a acumularse frente a mis ojos. Estaba desesperada, otro mes como ese, y tendría que elegir entre dormir en la calle, o regresar a casa, y, siendo claros, ambas sonaban igual de terribles para mí. Finalmente, la buena fortuna decidió extenderme una mano. Justo cuando estaba a punto de darme por vencida, fui aceptada para entrevistarme con el CEO de D&D Company, para ocupar la plaza de su secretaria personal. –“Yo debería ser la CEO.” – pensé mientras cruzaba la calle para llegar a las oficinas de la compañía.  Definitivamente yo no era el tipo de chica que había nacido para lograr mis objetivos al primer intento. Desde pequeña tuve que luchar el doble que los demás, y, sinceramente nunca me molestó, pero muy dentro de mí, tenía la esperanza de que una vez me graduara de una universidad tan prestigiosa como Redwood, mi vida cambiaría.  Hasta el día de hoy, no soy capaz de olvidar el escalofrío que recorrió mi cuerpo al subirme al elevador de la compañía junto al chico más atractivo que había visto en toda mi vida. Era alto, con ojos verdes, mucho más expresivos y hermosos que los míos. Su cabello acariciaba su rostro, y su boca perfecta hizo que la mía se quedara sin habla. –¿A dónde vas? – me preguntó. Yo estaba tan nerviosa, que la voz me salió me salió cortada y chillona cuando respondí: –Al piso 11, tengo una entrevista con el CEO. Tras mi respuesta, el chico permaneció en silencio. –“Ahora tendré que verlo todos los días” – pensé, mientras las puertas del elevador se abrían y el me invitaba cordialmente a que saliera primero. La vergüenza que recién había pasado debido al chillido de mi voz, desapareció justo cuando baje del elevador, pues, quedé deslumbrada por la pulcridad de una oficina enorme y completamente pintada de blanco.  Me acerqué a la recepcionista, y le entregué mi expediente, mientras observaba todo a mi alrededor. La vista era hermosa, también lo era cada detalle, que aparentaban haber sido elegidos bajo un selecto proceso de elección. –El CEO acaba de llegar. – dijo la recepcionista interrumpiendo el silencio. – Toma asiento, te atenderá dentro de unos minutos. –Pensé que me entrevistaría con personal de recursos humanos. – le dije sorprendida. –El puesto para el que aplicas es de suma importancia. – me explicó la joven recepcionista. – Nuestro CEO tiene características muy especiales, y necesita asegurarse personalmente de que la persona que contratara cumpla con sus expectativas. –Gracias. – le dije a la recepcionista, mientras pensaba que quizás debía aprender a ser un poco más engreída si quería llegar a ser CEO de mi propia compañía algún día.  Apenas unos segundos después de nuestra pequeña conversación fui invitada a pasar a la oficina del jefe. –Buena suerte. – escuché decir a la chica mientras yo me acercaba a las enormes puertas de madera blanca que abrirían el camino a mi nueva vida. Al ver al CEO quedé impactada, y nuevamente sin habla. ¡Se trataba del chico del ascensor! ¿Cómo demonios un chico tan joven había logrado hacer mi sueño realidad? –Ho-Hola. – le dije, una vez más, con voz chillona y entrecortada. –¿Estas nerviosa o eres tartamuda? – me preguntó él, antes de invitarme a sentar, haciendo que mis mejillas se tornaran de rojo y se calentaran como si estuviese en el centro de un volcán. –Lo siento. – dije luego de aclarar mi garganta. – Estaba un poco nerviosa debido a que esta es mi primera entrevista, pero ya todo está bien. –Me alegro que así sea. – dijo mientras extendía su mano en señal de que me sentara en el sofá junto a su silla. – Tu debes ser Alina Brown, ¿no es así?  Yo solo asentí, con la cabeza y me senté.   –¿Tienes experiencia en el área? – me preguntó. –Ninguna. – respondí, esta vez con la voz más firme.  –Entonces, ¿por qué aplicas para el puesto? – preguntó nuevamente. –Acabo de graduarme de Gestión en Empresas en la universidad de Redwood. – le expliqué. – Pero, debido a mi procedencia humilde, me ha costado mucho encontrar trabajo en el área. Es por esa razón que tuve que expandir mis horizontes, y buscar otras alternativas de empleo. –Ser asistente personal está muy lejos de lo que estudiaste. – dijo él. – Quizás, al darte el empleo en vez de favorecerte, termine limitándote, o tronchando tu carrera. –Es válido su pensamiento. – le respondí. – Pero, ya no deseo buscar empleo en la compañía de alguien más, algún día dirigiré la mía propia. –Sin embargo, aquí estas. – respondió él, inteligentemente.  –Estoy aquí porque así lo que ha querido la vida. – le dije. – Nada ha sido nunca fácil para mí, y entiendo que mi momento de dirigir mi propia empresa aún no ha llegado. –Debes saber que si firmas el contrato no podrás renunciar en los próximos tres años. – me dijo seriamente. – Y seras demandada si decides hacer mal tu trabajo con el objetivo de que te despida. –Estoy de acuerdo. – dije después de meditar por unos segundos donde estaría dentro de tres años. –Tendrás que acompañarme a donde lo necesite, cada vez que lo necesite. Cumplir en tiempo con todo lo que te pida, y no comentar con nadie nada de lo que veas o escuches mientras estés a mi lado. Seras mi sombra señorita Brown, ¿crees que estés lista para eso? –Sí, ¡lo estoy! – afirmé sin siquiera pensar. Creí que era lo típico que decía un jefe antes de contratar un empleado, jamás imaginé que se lo tomaría todo tan literal. –Excelente. – dijo él, mientras se ponía de pie para enseñarme el edificio. – A partir de hoy comienza tu semana de prueba. –¿Semana de prueba? – pregunté, casi en tono de exclamación.  –Necesito confirmar que eres la persona ideal para este cargo. – respondió él. – Seras la empleada con el mayor salario dentro de la compañía, después de mí, por supuesto, debo asegurarme de que eres la indicada. Escuchar que lo del salario me dejo completamente en shock. De ser cierto tendría tres años para reunir el dinero necesario para comenzar mi propio negocio. Me sentí afortunada, y reí por dentro, como hace mucho tiempo no lo hacía.   El señor Davis, como le gustaba que lo llamaran sus empleados, me mostro de arriba abajo toda la compañía. Era increíble ver como una sola persona era capaz de dirigir con tanta firmeza a más de mil empleados, y mantenerse en el top número 1 de ventas a nivel internacional.  Después de recorrer todo el edificio, y explicarme cómo funcionaba cada sector, me dijo que podía volver a casa, y que lo encontrara en una dirección que me envió por mensaje de texto al día siguiente. –¡No llegues tarde! – exclamo justo antes de que me fuera. – Recuerda que estas a prueba. Yo sonreí y asentí mientras me alejaba rumbo al elevador. Una vez las puertas se cerraron, y estuve sola, salté y grité de la alegría. Finalmente había conseguido un trabajo estable y bien pagado que me ayudaría a encaminarme en el mundo de los negocios. Al salir de los edificios de D&D, no regresé a casa. Me reuní con Al, mi único amigo, y lo invité a tomarnos unas cervezas con el mismo dinero que me había pagado unos días antes por modelar para él. –Me alegro mucho por ti. – me dijo Al con cierta nostalgia. – Aunque voy a extrañar verte modelando mis diseños. Yo sonreí al escucharlo. Era una pésima modelo, nunca supe por qué se había atrevido a contratarme. –No me extrañes demasiado. – le dije finalmente. – Cuando seas admitido en la semana de la moda en Paris, yo te acompañaré como tu modelo estrella. –Quisiera haber podido pagarte más. – me dijo después de reír por mi comentario anterior. – No me gusta que tengas que entregarle tu alma a un desconocido a cambio de dinero. –Al menos no le entregaré mi cuerpo. – dije en tono de risa. –Con lo guapo que dices que es, no me extrañaría que lo hicieras. – respondió Al, y se hecho a reír como niño pequeño que acaba de hacer una maldad. –Es guapo, pero insípido. – respondí, dejándome llevar por el tono jaranero de la conversación.  –¿A qué te refieres? – preguntó AL. –El señor Davis es extremadamente guapo. – le expliqué. – Pero es el tipo hombre de negocios estirado que se siente superior al resto de los mortales por tener más dinero que ellos. Ni en un millón de años se fijaría en mí.  –Y, en un millón de años, ¿te fijarías tú en él? – me preguntó Al maliciosamente.  –No lo sé. – respondí con picardía. – Quizás, sí.  Casi a las once de la noche decidí despedirme de Al y regresar a casa. Tomé una larga y caliente ducha, y luego me acosté desnuda sobre mi pequeña cama. Allí medité sobre mi futuro y mi plan de vida hasta quedarme dormida.  Me desperté a media noche, soñando con mis padres y mi hermana. Tuve la sensación de querer llamarlos para contarles sobre mi nuevo empleo y saber de ellos. Pero sabía que, si lo hacía, los estaría admitiendo de nuevo en mi vida, y no creía estar lista para ello. Terminé desvelada, y mirando al techo intenté imaginar, como cada noche, como sería mi vida si no tuviese que luchar tanto y nadar contra la marea día a día. Con esos pensamientos en mente, me dormí otra vez, y no desperté hasta la mañana siguiente, dos horas antes de mi encuentro con el señor Davis. Tomé un rápido baño, y luego me arreglé lo más que pude. Quería lucir hermosa en mi primer día de trabajo, y sonreí al recordar que mi madre siempre decía que una mujer que se arreglaba y se preparaba para sonreírle al mundo, recibiría una sonrisa de vuelta. Me puse mi vestido rojo de la suerte, y pinté mis labios del mismo color. Luego tomé mi bolso, el teléfono celular, y las llaves de mi auto, y me dirigí rumbo a mi futuro. La dirección que me había enviado el señor Davis, se encontraba a media hora de mi casa, por lo que, ni siquiera la lentitud de mi feo y viejo auto, pudo interponerse en mi camino. Llegué 15 minutos antes de la hora marcada, mientras que él, apareció a la hora exacta. –¿Llevas mucho rato aquí? – me preguntó. –Apenas unos 15 minutos. – respondí. –No necesito que des más de lo que te pido. – me dijo, quizás, a modo de consejo. – Necesito que me des exacta y únicamente lo que necesito. Yo asentí con la cabeza, y lo seguí dentro de la casa.  Después de varios segundos sin hablar, me pidió mi teléfono, y tras dárselo, lo rompió frente a mis ojos. –¿Qué haces? – le grité. –No puedo permitir que mi mano derecha use un teléfono de la competencia. – respondió mientras lanzaba mi Samsung Galaxy al suelo y me daba el último modelo que había sacado su compañía. –Si tuviese dinero para permitirme uno de tus teléfonos quizás no estaría trabajando para ti. – dije enfadada tras haber perdido todos mis contactos y los recuerdos que guardaba en mi teléfono celular. –Tranquila. – me dijo mientras abría las puertas de una hermosa habitación en la planta baja de la casa. – Entiendo que estés molesta, pero necesito que estés preparada para lo que está por llegar. –¿Por qué me muestras una habitación? – le pregunté, deseosa de dejar atrás el incidente del móvil. –Porque a partir de hoy, y mientras trabajes para mí, vivirás aquí. – respondió él.  –Yo ya tengo casa. – respondí molesta por el ofrecimiento. –Cuando firmaste el contrato accediste a convertirte en mi sombra, ¿no es así? – dijo con mucha calma. –Asi es. – respondí. –Pues, mejor prepárate. – dijo una vez más. –Porque mudarte aquí es solo el comienzo.

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