La casa del CEO Davis era enorme y hermosa, y resultaba un lugar imponente, especialmente porque una mujer como yo, que no estaba acostumbrada al lujo.
La habitación a la cual Dylan deseaba que me mudase, parecía un sueño hecho realidad. Incluso parecía haber sido decorada por una persona con gustos refinados y muy parecidos a los míos, lo cual me sorprendió en cierto modo.
–Es solo que no entiendo por qué tengo que mudarme aquí contigo. – le dije, mientras le daba la espalda para mirarme al espejo.
–No puedes ser mi sombra si vives a 30 minutos de mi casa. – me respondió él. – De alguna forma debes honrar la enorme cantidad de dinero que voy a depositar mensualmente en tu cuenta.
“Depositar” y “cuenta de banco”, esas eran dos de mis palabras favoritas. Mi jefe estaba intentando seducirme para que olvidara mis derechos constitucionales, y, estaba a punto de conseguirlo.
–Además de vivir aquí, ¿Qué más debo hacer? – le pregunté, aun mirándome al espejo.
–Todo, absolutamente todo, lo que yo te mande; sin preguntar, y sin cuestionar. – me respondió él, mientras se colocaba detrás de mí, para admirar también su reflejo en el espejo.
–Ahora sígueme. – me indicó mientras abandonaba la habitación. – Hay un grupo de personas que necesitas conocer.
Yo lo seguí casi que, corriendo, ya que sus pasos son tan firmes como rápidos.
Al llegar al salón, había toda una hilera de personas vestidas de uniforme, que esperaban por nosotros.
–Te presento a mi personal. – me dijo él. – Memoriza sus nombres, aunque no sean importantes para ti, sé que necesitaras de su ayuda en más de una ocasión.
Yo les sonreí, aunque un poco apenada por lo que recién había dicho nuestro jefe sobre que no eran importantes para mí.
–Esta es María. – me dijo, mientras señalaba a la primera en la fila. – Es mi ama de llaves. Te ayudará en todo lo que necesites, pero si algún día llegas ebria y vomitas en el salón, aunque jure que guardará el secreto, terminará contándomelo todo a mí.
–Este es George. – dijo parándose de pie frente al siguiente empleado. – Es mi cocinero estrella, y no lo digo porque sea el único; sino, porque jamás ha intentado envenenarme.
Yo dejé escapar una pequeña risa al escuchar eso último; pero, todos me miraron serios y disimulé.
–Estas son Ana y Dana. – dijo mientras apuntaba con ambas manos a dos chicas, más o menos de mi edad, que vestían igual. – Ellas se encargan de limpiar la casa, lavar la ropa y evitar que el desorden se apodere de todo por aquí.
–Y, finalmente, Ramiro. – dijo señalando un joven alto, vestido también de traje. – Ramiro es mi mejor amigo, y también mi chofer y guardaespaldas. Fuimos juntos a la universidad de Redwood, pero mientras yo pasaba las noches en vela trabajando en mis proyectos de electrónica, él se iba de fiesta y se acostaba con desconocidas; y, he aquí el resultado.
–Ahora que los conoces a todos, acompáñame, quiero que conozcas mi despacho.
–Aún no conoce a todos. – dijo una chica muy hermosa mientras bajaba las escaleras.
–Tu no trabajas para mi Tiffany. – le respondió el jefe mientras volteaba sus ojos en blanco.
–No puedes traer a vivir a casa a una jovencita tan hermosa como esta, y asumir que no tendré la cortesía de presentarme con ella; después de todos, soy tu mujer. – le dijo ella, mientras se acercaba hacia mí.
–¿Casado? – dije dentro de mi cabeza. – El jefe ni siquiera llevaba una alianza, ¿Cómo sería posible que estuviese casado con esa chica?
–No eres mi mujer. – rectificó Dylan, y luego se dirigió hacia mí para decirme. – Alina, te presento a mi novia, Tiffany Rogers.
–Encantada de conocerte. – me dijo la chica mientras extendía su mano para saludarme.
–Es un placer. – respondí, extrañamente aliviada de que finalmente no fuese su esposa.
–Ahora, si te es mucho inconveniente, Tiffany, Alina y yo tenemos que conversar sobre asuntos importantes. – le dijo a su novia. – Algunos tenemos cosas verdaderamente importantes que hacer, en lugar de pasarnos todo el día de compras o pintándonos las uñas.
–¡Eso es muy sexista de su parte! – le dije.
–Y, excesivamente real. – respondió el, mientras me tomaba de la mano para llevarme hacia su despacho.
Aunque no me había gustado para nada la forma en la que le habló a su novia, olvide rápidamente mi enojo en el segundo que nuestras manos se rozaron. Sentí una descarga eléctrica muy profunda, una como esas que en las películas llaman “clic”, pero, no dije nada. Después de todo, podría ser simplemente producto de mis nervios, o, tal vez, una confusión de mis sentidos. Se trataba de mi jefe, y yo estaba más que convencida, a no dejar que nada se interpusiese en mi camino, ni siquiera, mis propios sentimientos.
–Este es mi despacho. – Me dijo Dylan mientras abría las puertas de un majestuoso salón, con todo y biblioteca.
–Es precioso. – le dije. – Se nota que fue decorado con gusto.
–Asi es. – me respondió. – Siempre me he visto a mí mismo como un hombre con gustos e ideas ejemplares.
Tras decir eso, se sentó en una silla detrás de su despacho, y, me invitó a que me sentara frente a él.
–El trabajo que acabas de aceptar, no es nada fácil. – me dijo tras colocar sus codos en el buró, y apoyar su barbilla sobre sus puños. – Muchas chicas ya han comenzado a trabajar conmigo, y me han rogado que les de la baja laboral; y muchas otras, las he despedido yo en la primera semana.
–Yo no soy como las demás chicas. – le dije con mucha convicción.
–Ninguna nunca lo es. – me dijo él, como si se estuviese burlando de mí.
–Te noto muy confiada, y eso me gusta. – me dijo después de unos segundos de silencio. – Solo espero que no me decepciones, y que termines siendo digna de mi confianza.
En lugar de responderle, solo le asentí con la cabeza. Era obvio que Dylan Davis era un hombre consciente de su físico y de su estatus social, y le encantaba jugar con las personas a su alrededor; personas, que observaba, sintiéndose todo el tiempo superior.
–Ahora que todo está dicho, puedes ir a recoger tus cosas. – me dijo. – Ya sabes todo lo que tienes que saber, así que siéntete libre de ir a buscar tu bolso Gucci de imitación, y luego arrójalo a rio, porque no puedo permitir que seas vista conmigo usándolo.
En ese momento morí. No podía creer que recordaba el bolso que había llevado el día anterior, y mucho menos que hubiese notado que era una copia. ¡Que psicópata!
–Algún día comprare la tienda entera. – le dije mientras me ponía de pie y caminaba hacia la puerta.
–Y yo estaré ahí para verlo. – me respondió él, con una sonrisa pícara en sus labios.
Bajé esas escaleras como si el diablo llevase mi alma. Estaba molesta y enfurecida de tener que trabajar para ese cretino; y más molesta aun, de que tuviese razón al burlarse de mi bolso.
–Y pensar que creí tener un momento con él. – dije para mí misma mientras salía de la casa, refiriéndome al momento anterior, cuando sostuvo mi mano.
Me subí a mi auto, y conduje a toda prisa hacia mi casa. Al llegar, recogí lo más rápido que pude, y dejé atrás muchas de mis pertenencias, entre ellas, el estúpido bolso Gucci.
Al llegar a la casa de mi jefe, ahora conocida como “mi nuevo hogar”, cargué mi liviana maleta hasta mi habitación, y, al abrir la puerta, me encontré a la novia de mi jefe sentada en mi cama, como si hubiese estado esperando por mí, durante todo el tiempo que estuve ausente de casa.