Después de pedirme que me hiciera amiga de su novia, mi jefe me pidió que fuese a la cocina a buscarle alguna bebida refrescante.
Yo accedí, y rápidamente me puse en marcha, mientras pensaba que esa podría ser una oportunidad para conversar un poco con los otros trabajadores.
Al llegar, me encontré con María, Tiffany y el chofer de Dylan. Los tres estaban conversando muy animadamente, y, de pronto callaron al verme.
—¿Necesitas algo? — me preguntó María con cierta dulzura.
—El señor Davis me pidió que le buscara una bebida energética.
Al escucharme María señaló con sus manos la nevera donde guardaban todas las bebidas de Dylan.
Tomé dos, y paré para tomar un poco de agua. Mientras lo hacía, pude ver claramente como el chofer de Dylan le decía algo al oído a Tiffany, lo cual me pareció muy raro, y, unos segundos después, los vi a los dos abandonar la cocina juntos.
Yo me quedé mirándolos fijamente. Era tan evidente mi asombro al presenciar su complicidad, que María lo notó, y me dijo:
—En esta casa, nada es lo que parece, y todo es lo que no. Mi consejo para tí es, que te dediques completa y solamente a hacer el trabajo para el que fuiste contratada, y no prestes ojos ni oídos a lo que ocurre a tu alrededor. Solo así podrás conservar tu empleo.
Las palabras de María me confundieron aún más. ¿A qué se refería con nada es lo que parece? ¿Acaso se creían ellos que por el simple hecho de vivir en una mansión tenían que meter algún drama en sus vidas?
Finalmente no le respondí. Solo asentí con la cabeza, y me dirigí hacia el lugar, donde me esperaba mi jefe.
Debo confesar que lo maldije varias veces por el camino, ya que, la hierba estaba arruinando mis zapatos y el sol, amenazaba con quemar mi piel.
Tras reencontrarme con él, le di una de las bebidas, y abrí la otro para tomarla yo, pero, el sabor era tan desagradable que terminé escupiéndola toda.
—¿Cómo puedes tomar esto? — le pregunté. — Sabe horrible.
—El sabor es un invento de la industria para vendernos hamburguesas grasientas y refrescos procesados. — me dijo. — En mi casa comemos sano, no por gusto.
—¡Oh dios mio! — exclamé. — No me digas que eres vegano.
—No lo soy. — me dijo. — Pero tampoco voy por ahí comiendo carnes y llenándome de grasas. A partir de este momento, comenzarás una vida nueva, así, más te vale que hayas disfrutado de tu último atraco de colesterol.
Yo reí al escucharlo decir eso, sin imaginar que hablaba en serio.
—Respecto a lo que me pediste antes. — le dije. — ¿Puedes darme algunos datos de la relación de Tiffany con tu chofer?
—¿Con Ramiro dices? — me preguntó sorprendido.
—Sí, con él. — respondí.
—Ramiro y yo somos amigos desde hace muchos años, conocimos a Tiffany el mismo día, de hecho, fue él quien me insistió en que le hablara. Creo que puedo decir que ellos son, en cierta forma, también amigos. ¿Por qué me preguntas?
—Por nada. — le dije. — Solo quería asegurarme de no ver fantasmas cuando los viese juntos. Y ya lo hecho.
—¿Juntos en qué sentido? — me preguntó él.
—Ya sabes, cuchicheando por la cocina, lo normal entre amigos. — le respondí.
Él se detuvo a pensar por unos segundos, y luego me dijo:
—La única amiga que Tiffany necesita ahora eres tú, así que, encárgate de ganarte su confianza lo más pronto posible.
—Como mande usted. — le dije a regañadientes.
—Ahora vete, y prepara mi ropa. Tengo una importante reunión a las 5. Espero que aproveches ese tiempo para conectar Tiffany. — me dijo mientras levantaba su equipo y se subía a su carrito para llegar hasta el lugar donde había caído su bola.
Como era obvio, yo tuve que regresar caminando a casa, lo cual me molestaba mucho al inicio, pero, no puedo negar que la actividad física extra me ayudó a tonificar los músculos de mis piernas.
Al llegar a la casa, en lugar de preguntar cuál era el cuarto de Dylan, decidí buscarlo por mí misma, y, de paso, investigar un poco sobre el lugar.
El segundo piso, era aún mas espectacular que el primero. Habían solo dos habitaciones, pero amabas enormes, e igual de hermosas.
Cuando me detuve frente a la primera habitación, escuché unas voces, así que decidí pasar de ella, y entrar a la siguiente. Toqué a la puerta de la otra, y nadie me respondió, así que supuse que esa sería la habitación de Dylan.
Cuando finalmente abrí la puerta, me quedé perpleja. La habitación era tan blanca y pulcra, que me recordaba enormemente a la oficina.
—¿Qué clase de hombre demente duerme en un lugar decorado de la misma forma de su oficina? — pensé. Aunque la respuesta era obvia, sólo un loco maníaco del orden y del trabajo como Dylan podría hacerlo.
Investigué un poco, pero, realmente no había mucho que ver. Todo era blanco y tan absurdamente ordenado que llegaba a cansar la vista.
Frente a la cama kingsite había un enorme espejo, y, a cada lado de la cama, una mesita de noche con dos gavetas.
En una esquina había un pequeño buró con una silla del mismo color que la habitación, y ya, eso era todo.
Noté que en una de las paredes había una puerta, prácticamente imperceptible de no ser por la protuberancia de su llavín, y me acerqué a ella para abrirla.
—¡Bingo! — exclmamé, ya que en su interior se encontraba el armario de Dylan.
Juro que tenía al menos, mil trajes allá adentro. El armario en sí, era mucho más grande que la habitación, que mi departamento, e incluso que la casa de mis padres.
Allí también guardaba todos sus zapatos, camisas y corbatas. Todos perfectamente ordenados, por color, marca y estación del año.
Ya había seleccionado el traje para su reunión cuando noté algo que no había visto en ningún lugar de la casa, y que a pesar de su simpleza, realmente llamó mi atención. Se trataba de un retrato; un retrato de Dylan, con los que aparentaban ser su familia.
Tomé el portaretratos en mis manos, y observé minuciosamente. Eran una hermosa familia en realidad. Incluso, el brillo en la mirada de Dylan era otro, uno muy diferente al actual.
Justo mientras lo colocaba de regredo en su lugar, volví a sentir ruidos provenientes de la habitación de al lado, y pegué mi oído a la pared para intentar escuchar de qué se trataban; pero, como soy un poco de torpe, me enredé con unos trajes, y terminé con una percha sobre mí en el suelo.
Me pareció que los que estaban al otro lado, escucharon todo el desorden que causé, porque repentinamente se callaron.
Ya había terminado de colocar todos los trajes de vuelta cuando Tiffany entró, y tras quedarse viéndome por varios segundos, me preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Le conté que Dylan me había pedido que le buscara el traje para su reunión de la tarde, y ella, en un repentino giro de los acontecimientos, se ofreció a ayudarme.
Me explicó que dentro de todo el orden, existía un orden mayor en el que Dylan guardaba la ropa que usaba.
Y era que, desde la entrada al final, estaban enumerados, de acuerdo con el día de la semana y el mes del año.
—¡Tiene que ser una broma! — le dije. —¿Cómo puede ser que tenga un año entero de su vida planeado?
—Así es Dylan. — me respondió ella. — Es difícil ponerte al tanto con todo su orden y sus excentricidades, pero terminarás acostumbrándote.
Yo le sonreí al escucharla, tratando de buscar complicidad con ella, y, he de decir, que en ese momento, creí que lo había logrado.
—Me alegra que hayamos conversado ahora. — me dijo. — Reconozco que fui muy brusca al inicio, pero, sólo estaba nerviosa, y me sentí atacada. Pero no te preocupes, ahora que sé que Dylan nunca tendría nada contigo, me siento mucho más tranquila.
Lo último que dijo me molestó un poco, bueno, siendo sinceros, no solo un poco, sino bastante. ¿Por qué demonios decía que Dylan nunca se fijaría en mi?
Sin embargo, y a pesar de estar a punto de estallar por dentro, decidí tragarme aquellos sentimientos a los que me esforzaba por no llamar celos, y aproveché la ventana que se había abierto entre nosotras, para decirle:
—Me alegro mucho que hayamos conversado. No te imaginas cuanto necesitaba estar en buenos términos contigo. Hace mucho tiempo que necesito una amiga, y, aunque tu seas la mujer de mi jefe, creo que las dos realmente podríamos hacer buenas migas.
—Por supuesto que sí. — me respondió ella, extrañamente jovial, y luego me sonrió para agregar que se encontraba de salida, pero que al volver, continuaríamos nuestra conversación.
Yo solo asentí, y me quedé allí mientras se iba. Unos segundos después regresó Dylan de su, para nada emocionante partido de golf contra sí mismo, y me preguntó sorprendido si ya había comenzado a trabajar en su encargo.