–¿Qué hacemos aquí? – le preguntó Alina sorprendida mientras el chico la ayudaba a bajarse del auto.
–Por mucho que me guste más tu bolso sin marca, no puedo permitir que andes por ahí con él. – le respondió su jefe. – Ven conmigo, hay alguien esperándonos y no podemos desperdiciar su tiempo.
Yo lo seguí sintiéndome un poco avergonzada. ¿Cómo demonios se suponía que entrara a una tienda Gucci llevando en mi mano un bolso, que ni siquiera decía el país donde había sido fabricado?
A pesar de tener esta idea atormentándome, hice lo mejor que pude por calmarme, y entré, por primera vez en mi vida, a una tienda Gucci.
Todo era excesivamente hermoso allá adentro. Cada detalle de la decoración había sido elegido con delicadeza, y, cada pieza en exhibición, era simplemente perfecta.
–Busca los mejes bolsos que tengas. – le dijo Dylan al encargado. – Aquí, la señorita a mi lado, necesita uno con urgencia.
Mentiría si digo, que ese no fue uno de los momentos más controversiales de mi vida, hasta ahora. Aunque me encantaba la idea de estar ahí, eligiendo entre los bolsos más hermosos del mundo, no me gustaba el hecho de que él, lo estuviese comprando para mí, ya que, en cierto modo, se sentía como una obra de caridad.
El encargado me mostró más de 20 modelos diferentes de bolsos, cada uno más hermoso que el anterior, pero yo no me atrevía a elegir.
Creo que Dylan lo notó, debe haber visto algo en mi mirada, tiene que haberlo hecho, de lo contrario, no entiendo por qué hizo lo que hizo, cuando se acercó y me dijo:
–No pienses que esto es un regalo. Me devolverás cada centavo que gaste en el bolso que elijas hoy, cuando tengas tu propia empresa. Así que más te vale convertirte en la empresaria más exitosa de Redwood, después de mí, obviamente.
Yo sonreí al escucharlo decir eso, y, supongo que, en ese momento, esa fue mi forma de decirle que aceptaría su pequeño “préstamo”, que, a riesgo de cometer spoiler, debo adelantar, que ciertamente se lo devolví.
Finalmente elegí uno de tamaño mediano, de color n***o. La mayoría de mis zapatos eran de ese color, y me gustaba combinarlos, así que, era la mejor opción.
Despues de pagar por él, Dylan me hizo prometer que tiraría el que llevaba en ese momento a la basura, y yo, sin pensarlo dos veces, saque las cosas de valor que guardaba en él, y lo arroje en él contenedor más cercano.
–Verte deshacerte de tu bolso de pobre me ha abierto el apetito. – me dijo Dylan, volviendo a ser el mismo idiota con un sentido del humor retorcido de siempre.
–A mí también. – le respondí para mantenerme a la altura de la situación.
–Muy bien entonces. – agregó. – Súbete al auto, conozco el lugar perfecto.
Dylan condujo hasta un pequeño restaurante en las afueras de la ciudad. Era acogedor y familiar, definitivamente el último lugar donde pensé encontrarme a un hombre como él cenando.
El dueño era un señor mayor, que se alegró mucho al vernos llegar.
–Me alegra mucho verte. – le dijo a Dylan. – Veo que tienes una nueva novia, es mucho más hermosa que la anterior.
Yo me eché a reír, y pude ver a Dylan sonrojarse, para luego de explicarle que seguía con Tiffany, y que yo era solo su empleada.
–Si no fuese porque disfrutas de mi cocina, entonces creería que eres un caso perdido, sin gusto y sin paladar. – le dijo el señor.
–Si continúas avergonzándome de esta forma, tendré que dejar de venir. – le dijo Dylan, mientras lo golpeaba ligeramente en la espalda.
–Me gustaría vivir para ver el día que verdaderamente dejes de venir a deleitarte con mis deliciosos platillos, y mi agradable compañía. – le respondió el señor, mientras nos indicaba donde sentarnos.
Dylan y yo nos sentamos, mientras el señor se retiraba para buscar el menú, pero él le dijo:
–Deja ese papel desteñido al que llamas menú lejos de esta mesa, y ponme lo mismo de siempre. También para la chica.
–¡Típico de Dylan! – pensé. – Ni siquiera va a dejarme elegir lo que voy a comer.
–Deja que pruebes sus platillos. – me dijo. – Después de hacerlo, ya no querrás comer en ningún otro lugar. Definitivamente no en casa.
Yo sonreí al escucharlo decir eso. Con él era todo tan confuso, a veces era tan atento y cálido, y de pronto se volvía frío e inexpresivo; y, lo peor de todo, es que cambiaba de humor tan rápido, que yo nunca sabía a cuál de los dos Dylan Davis tenía delante, y, eso era, realmente frustrante.
–Nunca imaginé que un hombre como tú, frecuentaría un lugar como este. – le dije. – No lo tomes a mal, a mí me encanta, pero te veía más como el típico empresario que no come por debajo de 1 estrella Michelin.
–El hecho de Arthur no haya ganado ninguna estrella hasta ahora, me hace dudar completamente del sistema. – me dijo él, mientras bebía un poco de agua. – Trato de venir aquí la mayor cantidad de veces posible, para pasar un poco de tiempo solo, y pensar.
–Y, ¿Por qué a Arthur no le agrada Tiffany? – le pregunté, aunque pecaba de indiscreta, me moría por saber.
–Digamos que, no congenian. – respondió Dylan. – A Tiffany le gustan los lugares caros y sofisticados, aunque la comida no sea buena, ella los prefiere. Le gusta todo lo que implique gastar dinero, mi dinero.
–Ya entiendo. – le dije, y, en ese momento, llegó Arthur con los entrantes.
Decir que su comida era espectacular, es quedarse cortos. Con cada mordisco solo podía pensar en el siguiente, tanto así, que no volvimos a intercambiar palabra hasta que terminado de cenar.
–¿Te gustó? – me preguntó Dylan a pesar de saber la respuesta.
–Es lo mejor que he comido en toda mi vida. – le dije. – Nunca podré agradecerte lo suficiente por haberme traído a este sitio.
Arthur, que justo en ese momento se había acercado a la mesa, me escuchó y me dijo:
–Tenerte como comensal, ha sido todo un placer para mí. Jamás vi a una jovencita comer tanto, y con tanto placer como lo haces tú.
Yo sonreí, y le dije:
–Siempre he sido muy glotona. En casa solía pelearme con mi hermana por la ración doble, y jugábamos a ver cuál de las dos comía más. Me sorprende mucho no ser talla, la verdad, es que siempre tengo hambre.
–Pues, vuelve cuando quieras. – me dijo. – Incluso si regresas con este zoquete, te prometo que, sin él, te atenderé mucho mejor. – al decir esto último, Arthur me guiñó un ojo, y yo no pude evitar, echarme a reír.
Dylan me miró, y también rio. Luego, le pidió q trajese una botella de sidra, y brindamos los tres.
–Por un nuevo comienzo. – propuso Dylan mientras levantaba su copa.
–Por la joven hermosa y glotona, que, aunque no es, debería ser tu novia. – dijo Arthur, guiñándome nuevamente un ojo.
–Por mi nueva vida. – agregué yo, y levanté también mi copa.
Después del brindis, Arthur se retiró, y nos dejó solos, para que pudiésemos conversar.
–¿Cómo lo conociste? – le pregunté.
–Arthur trabajaba en cafetería de Redwood cuando yo estudié ahí. – me contó. – Mis amigos siempre estaban de fiesta, o llevaban chicas a la habitación, impidiendo que yo me concentrara, así que, cada noche recogía mis cosas, y me iba a estudiar a la cafetería. Así lo conocí. Después de verme seguido por una semana, comenzó a esperarme con un café, luego, me preparaba meriendas para tener algo que comer por las madrugadas. Siempre me decía que, “un estómago lleno fortalecía el cerebro”, y, quizás es verdad, porque gracias a él, logré realizar mi sueño.
Cuando me gradué, le llevé un regalo. No tenía mucho dinero, pero logré reunir para comprarle un cuchillo de una de las mejores marcas; en agradecimiento por haberme acompañado durante tantas noches en vela, y por haber cuidado de mí, como nadie más lo había hecho antes.
–No debiste gastar tu dinero en mí. – me dijo mientras lo miraba fijamente. – Al menos no ahora, que aun eres pobre. Debes reunir todo lo que puedas, para empezar tu propio negocio, sé que será grande. Eso sí, cuando seas rico, que sé que lo serás, más te vale regresar aquí y comprarme la maldita universidad.
–Cuando mi marca salió al mercado, y fue un éxito, regresé, y le compré este local. – me contó Dylan. – Lo ayudé a decorarlo, y a contratar el personal. Incluso lo ayudé a limpiar, y, aun así, el maldito me cobra cada vez que vengo a cenar.
Al escuchar esto último, me eché a reír. La historia que por unos segundos había hecho que mis ojos se llenaran de lágrimas, terminó por hacerme reír, como hace tiempo no lo hacía, y, desde mi corazón, le agradecía a Dylan el haberme llevado a ese lugar, y, mostrarme, quizás sin querer, que era un ser humano, excepcional.
—¿Qué hay de tu hermana? — me preguntó. — Dijiste que eran muy unidas, ¿dónde está?
—Hace mucho tiempo que no la veo. — le respondí después de hacer una pequeña pausa. — De hecho, desde hsce mucho tiempo no hablo con nadie de tu familia.
—¿Murieron? — me preguntó Dylan.
—No. — le dije. — Aunque, debo admitir, que desde que me fui de casa, es como si lo estuviesen. Nunca más les hablé, nunca más supe de ellos.
Dylan se puso muy serio al escucharme decir eso. Sin responderme, se puso de pie, sacó dinero de su cartera, lo colocó sobre la mesa, y me indicó que me levantara.
Regresamos a casa, sin decirnos una sola palabra. Yo estaba desconcertada, ya que no entendía su repentino cambio de opinión; sin embargo, no fue hasta unos días después, que comprendí a que se debía su reacción.