20— El encuentro

1676 Words
Capítulo 20 — El encuentro El Capitán Matías Rivas fue dado de alta un mes después. No hubo aplausos, ni discursos, ni homenajes. Nadie lo esperaba en la puerta del hospital con palabras heroicas ni con flores de consuelo. Salió solo, apoyado en un bastón que no pedía permiso para recordarle que ya no caminaba igual, que arrastraba una pierna que parecía haberse quedado atrapada en el fondo del mar. Su herida no estaba solo en la carne. Estaba en la vida. La pierna le ardía por dentro como si todavía estuviera bajo el agua, como si los músculos recordaran el frío, la presión, la asfixia lenta. A veces, al dar un paso, sentía que volvía a hundirse; otras, al dormir, soñaba que la cuerda volvía a morderle la piel y el aire se negaba a entrarle a los pulmones. No se despertaba gritando… se despertaba ahogando palabras que nadie podía oír. Pero aun así, no se detuvo. Tenía un nombre clavado en la cabeza como una orden imposible de desobedecer: Erika Navarro de Guzmán. La buscó primero en el hospital. Caminó por pasillos que olían a lavandina, cansancio y resignación. Miró las camas alineadas como si fueran promesas rotas, preguntó por ella en enfermería, aguardó en recepción con el corazón en vilo. —Pidió parte de enferma —le dijeron al fin—. No regresó. Esa respuesta le cayó como un puñetazo en el pecho. Después fue a la escuela de enfermería. Ese lugar que Thomas nombraba con una devoción silenciosa, como si Erika y ese edificio fueran sinónimos del mismo sueño. —No viene desde hace una semana —le informaron—. Nos dijeron que está delicada. Eso fue peor que cualquier diagnóstico. Sacó entonces del bolsillo ese papel arrugado que ya había tocado tantas veces sin animarse a usar: la dirección de la pensión. Tomó un taxi. Durante el trayecto no miró la ciudad. Miró su bastón. Pensó en Thomas. Pensó en esa mujer que él no conocía… pero que ya le dolía como si fuera de su sangre. El edificio era viejo. Pero más que viejo… era triste. La pintura descascarada, las paredes húmedas, el silencio pegajoso que se colaba por cada ventana como una enfermedad lenta. Era un lugar donde nadie soñaba, donde la vida parecía estar apenas sobreviviendo. Subió los escalones despacio, agarrándose del pasamanos como si cada paso fuera una confesión. Contó cada peldaño como si estuviera contando las razones para no rendirse. Cuando llegó a la puerta, golpeó con los nudillos. No hubo respuesta. Golpeó de nuevo, esta vez más suave. La puerta se abrió apenas. Y ahí estaba ella. Erika apareció pequeña, pálida, con los ojos hundidos de insomnio y tristeza, el cabello desordenado, el cuerpo vencido por algo que no era solo cansancio. Se había pasado la noche vomitando; el embarazo no estaba siendo amable con ella, y los seis meses que llevaba en el vientre parecían pesar como seis años de desesperación. Pero lo peor no era su cuerpo. Era su mirada. Cuando lo vio, no lo vio como un hombre bueno era como una amenaza. —¿Otra vez del juzgado? —susurró, temblando—. No se van a llevar a mi hijo… por favor…ya basta. Matías sintió que algo le explotaba por dentro. —No —contestó con calma, como quien intenta no asustar a un animal herido—. No vengo por eso. —No necesito caridad —lo cortó enseguida, con una dignidad que se le estaba cayendo a pedazos—. No quiero lástima, ni regalos, ni favores… ya recibo demasiado. No estaría viva si no fuera por la ayuda de otros. Erika pensó en cada comida que le daban en la escuela de enfermería, en cómo Julia y María le habían conseguido el almuerzo gratis. “Es para que guardes el dinero para las cosas del bebé”, le habían dicho. Y eso, incluso agradecido… también dolía. El capitán dio un paso atrás sin discutir, sin pedir explicaciones, sin intentar convencerla de nada. Había aprendido —a fuerza de golpes, de pérdidas, de silencios— que cuando alguien ha sido humillado demasiadas veces, incluso la mano más honesta puede doler como una traición. No todos saben recibir ayuda cuando han tenido que aprender a defenderse solos. Se dio media vuelta despacio, apoyándose con cuidado en el bastón, dejando que su cuerpo buscara el equilibrio como podía, y empezó a alejarse hacia el taxi que lo esperaba en la calle. Cada paso le costaba, no solo por la pierna que ya no respondía como antes, sino por algo más hondo: sabía que estaba dejando atrás a alguien rota… y no estaba hecho para abandonar a quien sangraba en silencio. Y entonces ocurrió. Mientras él bajaba los pocos escalones que lo separaban de la calle, ella lo vio en la foto. Entre una bolsa, mezclada con la ropa y una vida reducida a apenas unos pocos objetos, sobresalía una imagen que no pertenecía a esa habitación triste. Era una foto, doblada en las esquinas de tanto abrirla y cerrarla, pero intacta en lo esencial. La tomó sin pensar. Y en cuanto la llevó frente a sus ojos, el aire se le fue del cuerpo. Thomas de uniforme. Los ojos que aún parecían mirarla desde el papel. Y a su lado… él. Ese hombre. Ese rostro que no debía estar ahí… y que, sin embargo, estaba. Sintió que el corazón se le detenía apenas un segundo. Luego dio un paso que la dejó sin aire. Con una mano se sostuvo el vientre, como si el cuerpo entero se le hubiera vuelto frágil de golpe, y salió tras él sin pensar en el mareo, sin pensar en los escalones, sin pensar en nada más que en detenerlo. —¡Espere! —gritó, con la voz quebrándose en la garganta—. ¡Por favor… espere! Matías se detuvo en seco. Giró lentamente. El bastón hizo un pequeño ruido seco contra la vereda. Cuando la vio ahí, pálida, temblorosa, con una mano apretada contra su vientre, supo que algo había cambiado. —¿Usted… usted es el amigo de mi esposo? —preguntó ella con los labios temblorosos, como si no se animara a creer la respuesta. Matías no habló de inmediato. No porque dudara… Sino porque decirlo pesaba. Finalmente, asintió. —Le debo la vida —dijo en voz baja. Eso fue todo. Eso bastó. Erika no necesitó más explicaciones. Abrió la puerta otra vez, sin decir nada, y lo dejó pasar. La habitación fue un golpe directo al pecho. No solo para él…por ver cómo estaba viviendo. Una cama estrecha, vencida por noches largas. Un ropero casi vacío. Una mesita con un vaso rajado. Una bolsa de ropa pequeña. Nada más. Ninguna señal de hogar. Ningún gesto de futuro. No había cuna,ni ropita de bebé. No había juguetes tampoco había sueños visibles. Solo sobrevivencia. Matías avanzó despacio y se sentó como pudo en la única silla. El bastón quedó apoyado a su lado. Miró alrededor. Abrió los ojos un poco más. Y lo entendió todo. No porque alguien se lo contara… Sino porque el silencio lo gritaba. —¿Ya sabés qué es? —le preguntó señalando con suavidad el vientre redondeado. Ella negó con la cabeza. —No se deja ver… —susurró—. Como si tuviera miedo. Matías respiró hondo. Sintió que ese comentario le atravesaba el pecho. —Me enteré de todo lo que te están haciendo —dijo al fin, sin rodeos—. Y vine a ayudarte. Erika lo miró como si hablara en otro idioma. Como si no entendiera el concepto. —No hay nada que hacer… —murmuró—. Yo ya no tengo derecho a nada… Su voz se quebró. —Thomas me dio un certificado… falso… Decir esa palabra fue como escupirse el alma. Matías se apoyó en el bastón y se puso de pie con esfuerzo. Cada movimiento le dolía. Pero más le dolía escucharla. —No —dijo con firmeza que no admitía discusión. Erika levantó la mirada, perdida. —Eso es mentira. Y entonces lo dijo todo,no como capitán,ni como oficial. Como un hombre que escucho de su amigo los mejores recuerdos que tenía de su esposa. Le habló de Thomas. De cómo hablaba de ella entre misión y misión. De cómo mostraba su foto como si fuera un tesoro. De cómo pedía horas extra para pagarle la carrera y que necesitaba que volvieras a hablar con tus padres. De cómo soñaba con verla recibirse. De cómo buscaba becas de estudio, como quien busca aire. De cómo la nombraba como un refugio. Como un milagro. —Nunca te mintió —dijo, mirándola a los ojos—. Lo que te dijeron… es una gran mentira. Erika se quebró por completo. El llanto no fue delicado,fue hondo y triste. Fue de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose sola. —Mi suegra quiere sacarme a mi hijo… —susurró entre sollozos—. Dice que no soy capaz… que no merezco… Matías dio dos pasos torpes hacia ella. Le sostuvo el rostro con ambas manos. La miró con una intensidad que no dejaba espacio para dudas. —No vas a perder a tu bebé. Ella respiró hondo. —Me negaron todo lo de él hasta la pensión,que necesitaba para el bebé. Matías apretó los dientes. —Ya estamos viendo quién la cobra. Y si es ella,tu suegra … va a tener que responder. No era una promesa,ni era consuelo. Era justicia anunciada. Erika intentó sonreír,pero el cuerpo no aguantó más. El mundo empezó a borrarse por los bordes. El techo giró sobre su cabeza. La sangre le zumbó en los oídos. Y entonces,todo se apagó. Erika se desmayó. Matías la atrapó antes de que tocara el suelo. La sostuvo con esos mismos brazos que habían salvado vidas en medio del mar. Y en ese instante lo supo…No había vuelto del abismo para descansar. Había vuelto para defender lo único que Thomas no había podido traer de regreso.
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