Capítulo — Distancias
Las misiones comenzaron a multiplicarse.
A tal punto que, algunas mañanas, Erika llegaba a pensar que su esposo ya no quería estar con ella.
El teléfono o la radio de la base sonaban a cualquier hora, interrumpiendo cenas, silencios, sueños.
Thomas salía antes del amanecer con el uniforme aún húmedo del día anterior. No había tregua.
El mar lo llamaba, lo reclamaba… y él atendía.
Erika lo despedía desde la puerta, envuelta en su bata, mirando cómo el jeep desaparecía entre la neblina del puerto mientras el aire salado le quemaba la garganta.
El eco de su promesa —“Siempre voy a volver”— se quedaba vibrando en la casa vacía.
Unas semanas antes…
Habían estado acostados, la piel todavía tibia después de amarse.
Thomas jugaba con un mechón de su cabello cuando le confesó la verdad:
—Pedí más misiones —murmuró—. Necesito hacer un esfuerzo este año. Quiero pagarte la matrícula sin que te preocupe nada… Quiero inscribirte en la universidad, hablaron de una beca parcial y… —sonrió— quiero arreglar la casa. Que sea tu casa, como te merecés.
Erika lo miró, sorprendida y conmovida.
—Puedo trabajar mientras estudio —intentó—. No tenés que cargar con todo.
Thomas negó con firmeza.
—No. Vos vas a estudiar. Vas a ser la mejor enfermera… y después, si querés, la mejor doctora. Déjame ocuparme de esto. Déjame trabajar para vos.
Ella apoyó la frente contra su pecho, sintiendo ese amor tan inmenso que a veces dolía.
Lo abrazó.
Lo dejó ir.
Pero el ir… empezó a ser más largo que el volver.
Las cartas y los telegramas se volvieron su única compañía.
Los celulares estaban prohibidos en misiones y la radio de la casa no servía para distancias largas, así que Erika debía ir hasta la base para intentar escucharlo.
Al principio, las cartas eran largas, intensas, llenas de detalles:
> “Te extraño, amor. Contame de tus clases. Te sueño todas las noches.”
Luego llegaron telegramas breves.
Después, mensajes casi vacíos:
> “Misión inesperada. Vuelvo cuando pueda.”
“No puedo escribir mucho hoy.”
“Estoy bien. Cuidate.”
Y, finalmente, el silencio.
Para sobrevivirlo, Erika seguía trabajando algunas horas en la enfermería, sentía que debía colaborar, aunque Thomas se enojaba si lo sabía.
Estudiaba hasta que le ardían los ojos.
Dormía poco.
Esperaba.
Siempre esperaba.
Cuando él sí lograba volver, aunque fuera por unas horas, siempre traía algo:
flores silvestres.
No sabía sus nombres, pero las recogía en el camino, cuando el viento olía a sal y el cielo empezaba a clarear.
—Para vos —le decía, entregándoselas como si fueran tesoros.
Erika las ponía entre los libros de estudio.
Las dejaba secar ahí, guardando pedazos de él entre las páginas como si, al abrir un capítulo, pudiera respirarlo otra vez.
Cristina aprovechaba cada ausencia de su hijo como un depredador que detecta debilidad.
Llegaba con su perfume de jazmines, con una bandeja de panqueques o con alguna excusa deslumbrante.
—Pobrecita… ¿todavía no volvió? —preguntaba, mirando la casa como si estuviera a punto de derrumbarse.
—Debe ser muy duro para vos, querida.
Erika apretaba los libros.
—Él está trabajando.
Cristina sonreía con lástima afilada.
—Claro… muchísimo trabajo. Imaginate, tantos rescates… tantas personas agradecidas… tantas mujeres solas en medio del mar. La adrenalina hace estragos, ¿sabés?
Erika bajaba la mirada.
—Mi hijo siempre fue muy dulce con las mujeres. No quiero verlo sufrir… cuando descubra que se apresuró al casarse.
La frase quedaba suspendida como veneno en el aire.
Cristina se despedía con dos besos falsos y un:
—Cuidate, querida. Estás muy pálida. Ojalá no estés llorando por cosas que todavía no pasaron.
Y se iba, dejando puertas cerradas y dudas abiertas.
Una madrugada, agotada después de estudiar anatomía, Erika bajó a la base.
El técnico amigo le tendió los auriculares sin preguntar.
La frecuencia estaba llena de interferencias…
hasta que la voz que ella conocía mejor que la suya llenó el vacío.
—Te pienso… —dijo Thomas—. No hay noche que no mire el cielo y te imagine.
Erika cerró los ojos.
El corazón le golpeaba como un tambor.
—Yo también te miro —susurró—. Desde tu casa. Desde nuestro hogar.
Silencio.
Ruido blanco.
Y entonces…
—Te amo, Erika. Cambio y fuera.
La señal murió.
Ella se quedó con los auriculares puestos, temblando.
Esa noche, mirando el mar desde la ventana, Erika comprendió lo que significaba amar a un rescatista:
vivir en la orilla, siempre con el alma mojada de espera.
Las olas golpeaban lento, profundas, como un corazón cansado.
El reflejo de la luna era su único consuelo.
El amor seguía vivo…
pero empezaba a doler.
Por primera vez, se preguntó:
¿Qué veía Thomas allá afuera que ya no podía contarle?
La espina, pequeña y silenciosa, seguía clavada.
Tres días después, Thomas volvió sin aviso.
Erika estaba saliendo de la escuela cuando lo vio, apoyado contra su jeep, extenuado, los ojos hundidos de sueño… pero buscándola.
Ni pensó.
Corrió.
Su bolso cayó al piso.
Y ella se lanzó a sus brazos con una fuerza que casi lo tira.
Thomas enterró la cara en su cuello, respirándola como un hombre que vuelve a la vida.
—Mi amor… —murmuró él, temblando—. Te extrañé tanto…
Erika lo apretó más.
—No vuelvas a desaparecer así —dijo, entre lágrimas y sonrisa—. ¿Cuándo vas a aprender que me matás cuando te vas?
Thomas la elevó apenas del suelo, como si pesara un suspiro.
—Nunca voy a cansarme de volver a vos —susurró, besándole la sien—. Nunca.
Y mientras la abrazaba, Erika no pudo evitar pensar:
Ojalá el mar no me lo robe un día para siempre.
Esa noche, cuando llegaron a la pequeña casa frente al mar, el silencio parecía cargado de electricidad.
Erika dejó sus libros sobre la mesa, todavía agitada por el reencuentro.
Thomas cerró la puerta detrás de ellos con la espalda, sin dejar de mirarla.
Había cansancio en su rostro, ojeras profundas, la piel marcada por el viento del mar… pero sus ojos tenían esa luz que solo ella sabía despertar.
—Erika… —murmuró, acercándose—. No sabés lo que significó verte correr hacia mí hoy.
Ella sonrió apenas, con ese temblor que le nacía del alma cuando él hablaba así.
—Pensé que… —trató de decir, pero la voz se le quebró.
Thomas llevó una mano a su mejilla.
—No pienses. Estoy acá. Con vos.
Erika apoyó su mano sobre la de él y dio un paso adelante, acortando la distancia que el mar había impuesto entre ellos.
Thomas la rodeó lentamente por la cintura, como si necesitara asegurarse de que era real, de que no iba a desaparecer en espuma, viento o sueño.
El beso llegó suave al principio.
Una caricia larga, profunda, que parecía pedir perdón y, al mismo tiempo, reclamar todo lo que la distancia les había robado.
Erika se aferró a su cuello.
Thomas la tomó por la cadera, levantándola apenas, como si su cuerpo recordara exactamente dónde encajaba el de ella.
El corazón de Erika latía rápido, urgente.
El de Thomas también, golpeando contra su pecho, como si quisiera compensar cada día que no estuvo con ella.
Se movieron hacia la habitación casi sin darse cuenta, guiados más por el deseo que por los pasos.
La luz tenue de la lámpara pintaba sombras cálidas en la pared mientras él le apartaba el cabello y la miraba como si fuera lo más valioso que había visto en su vida.
—Te extrañé… —susurró contra su piel—. Me faltaste todos estos días. No sabés cuánto.
Erika le acarició la mandíbula, sintiendo su barba áspera bajo los dedos.
—Entonces volvé siempre a mí —respondió en un hilo de voz—. No me dejes más en silencio.
Thomas la besó de nuevo, esta vez más profundo, más hondo, como si en ese beso quisiera anclarla a su mundo.
Sus cuerpos se encontraron despacio primero, luego con la urgencia de quienes se aman después de perderse demasiado tiempo.
Esa noche no hubo dudas, ni miedos, ni palabras venenosas de nadie.
Solo ellos.
Su amor.
El mar golpeando suave contra las piedras como un testigo obligado.
Y dos almas que, por un momento, dejaron de vivir en la orilla para encontrarse por fin en el mismo lugar.