9 — El cumpleaños que el mar se llevó

1658 Words
Capítulo — El cumpleaños que el mar se llevó El día del cumpleaños número veinte de Erika comenzó con una luz suave filtrándose por las ventanas de la Escuela Naval de Enfermería. Ella estaba por cerrar los apuntes cuando una auxiliar asomó la cabeza por la puerta. —Navarro, la buscan en el teléfono. Erika sintió un vuelco en el estómago. Corrió por el pasillo casi sin respirar. Cuando escuchó la voz de su madre al otro lado de la línea, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. —Mamita… —susurró, con la voz rota. —Te llamo para saludarte, hija. Vine hasta el almacén del pueblo a llamarte. Voy a comprar un celular con la plata que hemos ahorrado… ya que no tenemos que pagarte más la escuela de enfermería. Te voy a llamar más seguido, hija. Te deseo feliz cumpleaños… La voz de Marta temblaba apenas, como si las palabras le pesaran. —¿Cómo estás? Erika apoyó una mano contra la pared para sostenerse. —Bien, má… perdoname —soltó, dejando caer la culpa de golpe—. Perdón por no haberles contado. Me equivoqué. Pero yo amo a Thomás. Él es un buen hombre… yo lo elegí. Hubo un silencio corto, pero tan denso que dolió. —Tu padre está igual de enojado —contestó Marta—. Pero te ama, hija. Solo esperaba otra cosa. Sabés cómo es él… la forma lo lastimó. Erika cerró los ojos, tragándose el nudo. —Decile que lo quiero. Espero que algún día me perdone. —Te va a perdonar —aseguró su madre, suave—. Solo dale tiempo. Y escucha… si necesitás dinero, me avisás. Yo sigo vendiendo pan, sigo cosiendo… siempre guardo algo para vos. Eso la deshizo por dentro. —No, mamá. Guardá eso para ustedes. Thomás se está encargando… me paga la matrícula, la enfermería… y está gestionando una beca. Quiere que estudie medicina después. Quiere que me supere como ustedes siempre quisieron. Hubo un silencio distinto,lleno de emociones. —Me alegra que sea así —dijo su madre, contenida—. ¿Y vos? ¿Cómo estás… en tu matrimonio? Erika apretó los labios. —Bien —mintió—. Todo está bien. Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono fijo un largo rato. Lloró. Pero también sonrió. Era su cumpleaños. Su madre la había llamado. Y Thomás —su Thomás— había prometido por radio que volvería esa noche. Salió de la escuela sintiendo que el corazón le latía con luz. Esa noche lo iba a abrazar. Iban a cenar juntos. Él iba a besarla en la puerta, como siempre. Pero el día cayó. El sol se apagó. Y Thomás… no llegó. La torta estaba sobre la mesa. Una vela apagada. Dos copas limpias. Una botella de vino sin descorchar. Erika se quedó sentada frente a esa imagen muda, como quien mira el retrato de algo que nunca ocurrió. Al final se levantó, respiró hondo y volvió a estudiar. Cuando sus amigas le preguntaron al día siguiente cómo pasó la noche, sonrió. —Bien. Dormí poco porque estuve estudiando. Pero una compañera la miró de cerca. —No tenés buena cara, Erika… Ella no dijo nada. No tuvo fuerzas para ir a la base a averiguar. No esa vez. Algo en su pecho le dijo que él había llegado… pero no había vuelto a casa. Y dolió más que cualquier ausencia. [Pensamiento de Thomás] Thomás llegó a la base pasada la medianoche. El mar estaba n***o, bravo, golpeando contra los muelles como un animal irritado. Apenas la lancha tocó el borde, varios compañeros bajaron tambaleando por el cansancio. Él se quedó atrás, como siempre, revisando los suministros y ordenando el equipo. Sabía que Erika estaría en su clase nocturna. Sabía que podía ir, bañarse y sorprenderla con el pequeño regalo que tenía guardado en la mochila. Sabía que era su cumpleaños. Que ella lo esperaba. Iba a ir. Pero entonces sonó la alarma. Una misión urgente. Rescate en altamar. Hombre desaparecido. El capitán. Se le heló la sangre. —¿Dónde lo vieron por última vez? —preguntó ajustándose el traje. —Sumergido a diez metros. No volvió a subir. Sos el único que puede bajar, Guzmán. No dudó. El amor podía esperar. La vida no. Saltó al agua. El mar lo tragó como una boca fría y profunda. Descendió rápido, buscando luz, movimiento, una señal. Nada. Hasta que lo vio: una silueta atrapada en redes de pesca desprendidas de un barco viejo. El capitán estaba inmóvil, la pierna enredada, el tanque inclinado peligrosamente, los ojos abiertos pero perdiendo fuerza. Thomás se hundió más. Sacó el cuchillo. Cortó. Cortó contra la corriente, contra la oscuridad, contra el tiempo. Una corriente brusca lo golpeó, casi arrancándole el cuchillo de las manos. —No —rugió bajo el agua—. ¡No te me vas hoy! Cortó la última red. El cuerpo del capitán se elevó apenas. Thomás lo tomó por el chaleco y nadó con toda su fuerza, hasta que por fin emergieron. —¡Lo tengo! ¡Está vivo! El resto fue un borrón: manos que lo ayudaban, voces, luces. Y de pronto… el agotamiento. Dormir. Caer. Desaparecer. No recordó más. No recordó a Erika. No recordó su cumpleaños. Solo se desplomó sobre una camilla, mojado, helado, exhausto. No volvió a casa porque se durmió profundamente. No pudo. Cuando amaneció, el remordimiento le taladró el pecho. —Mierda —susurró. Manejo hasta la casa. Abrió la puerta y lo vio: La torta. La vela. Las copas. El vino. Un cumpleaños sin él. Sintió que el mar le arrancaba algo que no sabía que tenía. No la buscó en la escuela. No quiso interrumpir sus clases. Se bañó, se cambió y volvió a trabajar a la base. En la noche, se prometió, iba a explicarle todo. Pero sabía que algo se había quebrado. Algo que un simple “perdón” ya no podía reparar. Thomas cerró la puerta detrás de sí y, con una mezcla de rabia y vergüenza, juntó la torta, el vino y las copas. Las manos le temblaban. Metió la torta en la heladera con un gesto torpe, casi brutal. En ese instante —uno solo, diminuto, pero capaz de quebrarlo por dentro— sintió que algo se le desmoronaba. “¿Cómo pude olvidarla?”, pensó. ¿En qué momento el mar, el frío y la adrenalina lo habían arrastrado tan lejos de la persona que era su hogar? El cansancio había sido una manta pesada que le tapó la memoria, pero esa no era excusa. No para él. No para un hombre que le había prometido a su esposa volver. No para alguien que juraba amarla más que al aire. Se apoyó contra la heladera, respirando hondo, con los ojos cerrados. —Cayó —murmuró apenas—. Yo caí. Me dejé caer. Había vuelto vivo. Había vuelto entero. Y aun así, no había vuelto a ella. Era imperdonable. No hubo tiempo para más autocrítica. Cuando llegó a la base, lo interceptaron de inmediato. —Guzmán —dijo el suboficial, serio, los ojos rojos de preocupación—. El capitán no está bien. Thomas sintió un golpe seco en el estómago. —¿Cómo que no está bien? —Tiene daño pulmonar por el agua, hipotermia severa y una pierna complicada por la presión y el enredo. Lo trasladamos al Hospital Naval de Arroyos. La noticia lo dejó helado. Sentía el cuerpo entumecido por la culpa… pero ahora algo peor lo apretaba: la posibilidad de que todo su esfuerzo no hubiera servido para nada. Si el capitán moría, ¿qué significaban entonces las redes cortadas? ¿El descenso? ¿La lucha contra el agua negra? ¿La noche sin dormir? ¿Y el cumpleaños que él había dejado atrás? Nada. No significaría nada. —Voy para allá —dijo con voz ronca. El Hospital quedaba a una hora de la base, pero Thomas manejó como si el tiempo existiera solo para desafiarlo. Cuando llegó, vio que todo era igual, el olor, los medicos , las vidas en pausa. El capitán Matías Torres estaba en una habitación aislada, rodeado de máquinas que marcaban un ritmo débil, irregular. Thomas entró en silencio. Verlo así, con el pecho vendado, los labios azulados y los ojos cerrados, le produjo un nudo feroz en la garganta. Se acercó a la cama. Le apoyó la mano sobre el brazo, frío y lleno de marcas. —Escuchame —susurró primero. Pero después, algo dentro de él estalló, una mezcla de rabia, miedo y cansancio. —Escucha, capitán —repitió, más fuerte, como si el hombre pudiera oírlo desde algún rincón escondido de su inconsciencia—. No vas a morirte. ¿Me oíste? No te traje desde el fondo del mar para que te rindas acá arriba. Respiró hondo, con los ojos llenos de importancia. —Dejé a mi esposa en su cumpleaños —dijo con un dolor crudo—. Ella me esperaba. Vos no podés ser en vano. Vos no podés hacer que esta noche… haya sido para nada. Apretó el brazo del capitán, exigiendo. —Prometeme que vas a luchar. Prometeme que vas a pelear por salir de esta cama. No te doy permiso para rendirte. ¡No te doy permiso! Las máquinas siguieron marcando el mismo ritmo frágil. Matías no abrió los ojos. No movió un dedo. No dio ninguna señal. Thomas bajó la cabeza, agotado. —Por favor, capitán… —susurró con la voz rota—. Volvé. No me hagas cargar con esto solo. No después de lo que dejé atrás. No después de lo que sacrifiqué. Se quedó allí, sin importar el tiempo, sin importar nada más que ese hombre que debía volver. Tenía que volver. Porque Thomas sabía, con una certeza dolorosa, que si el capitán moría, algo más moriría con él. Y Erika… Erika merecía un hombre que volviera entero.
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