CAPÍTULO — Thomás solo y enfermo La noche cayó sin pedir permiso. No hubo despedidas cuando salió de aquella oficina, ni pasos alejándose por el pasillo. Solo el sonido seco de la puerta cerrándose y el silencio volviendo a ocuparlo todo, como si la base entera hubiera decidido darle la espalda al mismo tiempo. Thomás llegó a su habitación y se quedó solo. Sentado en el borde de la cama, con la camisa aún puesta, las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza gacha, como si el peso del mundo hubiera decidido descansar justo ahí, sobre su nuca. El cuerpo le dolía. No era un dolor nuevo. Era ese dolor viejo, profundo, que no se iba con analgésicos ni con reposo. El que se había instalado en los huesos desde el accidente… y en el pecho desde mucho antes. Respiró hondo. El aire le raspó l

