CAPÍTULO — La casa donde empieza a sanar La semana del alta llegó más rápido de lo que Erika se hubiera atrevido a imaginar. No fue que el dolor se hubiera ido, ni que el hospital se hubiera transformado en un lugar feliz, pero algo dentro de ella se había acomodado distinto desde aquel sueño con Thomás; como si sus manos invisibles hubieran alisado un poco las astillas que llevaba clavadas en el pecho y le hubieran susurrado que todavía quedaba vida por defender. Los médicos firmaron los papeles con prudencia, la ginecóloga le explicó una vez más los cuidados, el reposo, las señales de alarma, las vitaminas, los controles, y ella escuchó con esa mezcla de miedo y agradecimiento que tienen las personas que han estado demasiado cerca del borde. El bebé estaba bien, Benjamín era fuerte, p

