Capítulo — La caja de Thomas Al principio no hubo oscuridad, ni agua, ni tormenta. En el sueño, el sol era tibio y el mar estaba manso, como si también él se hubiera cansado de hacer daño. Erika caminaba descalza sobre la arena húmeda y no sentía frío, no sentía miedo, no sentía ese nudo constante en el pecho que la acompañaba desde aquella tarde maldita. Todo era quietud. Entonces lo vio. Thomas estaba ahí, de pie frente al agua, con la camisa arremangada y el cabello revuelto como siempre que salía del mar, riéndose con esa sonrisa que no necesitaba permiso para existir. No parecía cansado. No parecía lastimado. No estaba ausente. Parecía suyo. —Llegaste… —susurró ella dentro del sueño, y salió corriendo hacia él como si el cuerpo hubiera recordado algo que el alma había olvidado

