17— El silencio del mar

1384 Words
Capítulo 17 — El silencio del mar El invierno llegó sin avisar. Llegó como llegan las cosas que duelen de verdad: sin pedir permiso, sin dar tiempo a prepararse. El mar cambió de color, ya no era ese azul que Thomas le describía como “promesa”, sino un gris espeso, sin reflejos ni consuelo, y el viento, que antes aparecía tibio colándose por las ventanas de la pensión, empezó a rugir como una montaña buscando desplomarse sobre ella, como si hubiera decidido entrar a la fuerza para recordarle que ya nada era igual. Erika caminaba despacio, con una mano sobre su vientre que empezaba a redondearse, no solo como quien protege algo frágil, sino como quien guarda el último tesoro del mundo contra el pecho, como si protegiera al mismo tiempo a su hijo… y al recuerdo de Thomas. Cada movimiento del bebé a veces real y a veces imaginario era una mezcla imposible de explicar: no solo una punzada de esperanza sino también una alarma silenciosa, un recordatorio de que la vida, obstinada, seguía creciendo dentro de ella incluso cuando todo lo demás había dejado de hacerlo, una certeza y una herida latiendo al mismo tiempo. Vivía rodeada de cartas sin respuesta, sobres que regresaban cerrados como bocas sin perdón, de silencios largos que se le quedaban sentados en la cama por la noche, de esperas que no llegaban a ningún lado pero que seguían desgastando igual. La soledad se le había pegado a la piel como una segunda sombra; no se iba ni cuando dormía, ni cuando caminaba, ni siquiera cuando el bebé se movía dentro de ella levemente todavía, y ya no era una circunstancia: era su paisaje diario. En la ciudad ya nadie la miraba con compasión. La llamaban la viuda del rescatista no con piedad, sino con una mezcla cruel de carga ajena y juicio silencioso, como si ese título fuera una mancha, una culpa que ella hubiera elegido arrastrar. Cristina se había encargado de sembrar dudas como quien esparce sal sobre una herida abierta, versiones torcidas, murmullos venenosos que se deslizaban por el pueblo más rápido que cualquier verdad. Cada vez que entraba a la panadería o a la farmacia, las conversaciones se detenían con esa pausa incómoda que dice más que mil palabras. Las mujeres bajaban la voz. Los hombres fingían no verla. Y ella caminaba con la cabeza en alto, aunque por dentro se estuviera desmoronando como una casa sin cimientos, como si cada paso fuera un esfuerzo por no romperse en público. Por las noches, cuando el cansancio al fin la vencía, se quedaba pensando en su suegra. En su mirada dura. En sus palabras filosas. En la forma en que había logrado darle vuelta al pueblo entero como si la verdad fuera apenas una hoja al viento y ella tuviese el poder de moverla a su antojo. Y entonces, sin querer, empezaba a pensar también lo que más le dolía: ¿Y si Cristina tenía razón? ¿Y si Thomas de verdad le había mentido? ¿Y si ese matrimonio había sido una mentira? Ese pensamiento no era una idea: era una astilla clavándosele en el pecho cada noche, una voz que la visitaba cuando la casa estaba en silencio y la dejaba sin aire. Había dejado de pelear por la pensión que le correspondía a ella y a su hijo. El certificado de matrimonio tan legal para ella y ese papel que decía que no era esposa legal, descansaba dentro de un cajón, junto a las pocas fotos con Thomas y la camisa que ella abrazaba cada noche para dormir, como si durmiendo contra su olor pudiera traerlo aunque fuera en sueños. Le hablaba a su hijo de su padre todos los días. Siempre bien. Siempre con amor. Le contaba cómo Thomas la hacía reír, cómo se preocupaba por sus estudios, cómo hablaba de su futuro como si fuera una certeza. Le describía su voz, su risa, sus silencios buenos, para que el niño supiera quién había sido su padre incluso si nunca llegaba a conocerlo con los ojos. Pero en el fondo… la duda se le había instalado como una espina. Buscó al compañero que había sido testigo de la boda. No lo encontró. Y entonces pensó eso otro, lo terrible: Quizás ese hombre estaba muerto. Quizás era uno de los tres que habían desaparecido junto con Thomas en el mar. Y esa posibilidad la dejó sin fuerzas, como si también se perdiera en el agua la última prueba de que todo había sido real. De pronto, todo parecía difuso, mal armado, como una historia incompleta. El director de su escuela de enfermería seguía apoyándola. Le hablaba de abogados, de derechos, de justicia. Pero Erika no quería una guerra por dinero. No quería odios. No quería venganza. Solo quería una cosa: Proteger a su hijo. Viviera en esa pensión o debajo de un puente. Se graduara tarde o temprano. Volviera o no a casa de sus padres algún día. Y, pese a todo…seguía esperando. Porque lo sentía.Thomas no estaba muerto. Lo sentía de forma irracional, salvaje, profunda, como se sienten las cosas verdaderas cuando no tienen explicación. Lo sentía en el pecho. En los sueños. En ese estremecimiento que no podía explicar con lógica. Pero él no volvía. Y ninguno de los otros tres tampoco. No habían encontrado cuerpos. Ni restos del helicóptero. Nada. Solo la palabra: desaparecidos. Pero lo más doloroso de todo era pasar frente a la casa de su suegra. Las cortinas siempre abiertas. La presencia vigilante. Las plantas impecables. La imagen de una familia respetable que nunca la incluyó. Cristina no aceptaba una sola cosa: Que una chica sin apellido fuerte ni herencia llevara en el vientre al nieto de su único hijo. Una tarde, Erika encontró un sobre sellado en la puerta de la pensión. Tenía el membrete de un abogado del juzgado. Le temblaban las manos cuando lo abrió, como si ya supiera que dentro no había noticias… sino amenazas. Era una notificación judicial. Cristina Rivas de Guzmán solicitaba la tutela del niño no nacido, alegando incapacidad moral de la madre. La hoja se le cayó de las manos. Sintió que el piso se movía. Que el aire se volvía irrespirable. —No… —susurró, con una mano yéndose directo al vientre—. No me lo vas a quitar. Esa noche llovía con furia. El techo goteaba sobre una esquina del cuarto. La humedad trepaba por las paredes. El olor a sal y encierro se mezclaba hasta volverse insoportable. Erika encendió una vela, porque en el lugar se había ido la luz. Eso pasaba muy seguido cuando había tormenta era como la vida misma de Erika desde que perdió al amor de su esposo. Se sentó junto a la ventana, con el cuaderno azul sobre las piernas, y escribió con una letra que temblaba, no de miedo, sino de agotamiento emocional: > “Hoy supe que quieren robarme lo último que me queda de vos. No sé si el mar te llevó, Thomas, o si simplemente te perdiste entre silencios ajenos, pero necesito que me escuches, donde estés. Nuestro hijo no será una sombra de tu apellido. Prometo que va a nacer con tu nombre, aunque tenga que pelear contra todo el mundo.” Cerró el cuaderno despacio, como si al hacerlo sellara también un pacto sagrado consigo misma. El viento golpeaba las paredes como si el océano entero la desafiara. Pero ella no tenía miedo. Estaba cansada. Rota. Sola. Pero no vencida. Pasaron los días. Y la batalla legal comenzó. Cristina tenía influencias. Había ido a los clubes correctos. Tomado cafés con las personas indicadas. Dado discursos hipócritas. Llorado las lágrimas necesarias. Erika solo tenía fe. Y el abrazo silencioso de algunas compañeras. De un par de vecinas que la miraban con ternura pero no se atrevían a hablar. De médicos que bajaban la voz y le tocaban el hombro con respeto. Pero no retrocedería. Su hijo llevaría el apellido de su padre. No por la ley. Por amor. Y mientras caminaba por ese invierno amarga, con el vientre creciendo y el alma endureciéndose, Erika entendió algo: Tal vez el mar se había llevado a Thomas. Pero ella no permitiría que nadie le robara lo poco que el mar no pudo tocar.
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