CAPÍTULO — La madre que nunca se fue Aquella noche del cumpleaños de Benjamín, Cristina Rivas de Guzmán estaba sentada en el sillón de su casa, con una manta liviana cubriéndole las piernas y una taza de té tibio sostenida entre las manos, como si ese gesto simple fuera suficiente para anclarla a una calma que llevaba demasiado tiempo fingiendo. La luz del velador era tenue, amarillenta, y dibujaba sombras alargadas en las paredes, dándole al ambiente una sensación de refugio que contrastaba con el torbellino que, en realidad, habitaba su mente. Había paz, o al menos eso era lo que ella quería creer. Una paz espesa, envolvente, casi falsa, de esas que no llegan porque el dolor se haya ido, sino porque la mente aprende a acomodarlo, a doblarlo sobre sí mismo, para no asfixiarse bajo su p

