Capítulo — El último vuelo
Thomas sabía que debía irse, pero cada fibra de su cuerpo se resistía, como si la piel misma se negara a separarse de Erika. Mientras ajustaba el traje y los cinturones de seguridad, sintió una presión distinta en el pecho, no dolorosa, sino pesada, densa, parecida a cuando uno intenta respirar dentro de un sueño y el aire se vuelve lento. Era un cansancio extraño, uno que no encajaba con el agotamiento habitual de las misiones, como si su propio cuerpo quisiera retenerlo y no dejarlo despegar.
Los rescatistas aprendían a convivir con el cansancio, a ignorar señales, a seguir adelante sin preguntar demasiado, pero esa mañana algo se desacomodaba en su interior. No sabía explicarlo, solo lo sentía.
Erika lo observaba desde la puerta, apoyada en el marco, con los ojos brillantes por lágrimas que se negaban a caer. Sus dedos estaban aferrados a la tela de su remera con una fuerza que no coincidía con su cuerpo frágil.
—Volvé conmigo, Thomas… —susurró ella, con una voz tan leve que parecía romperse dentro del aire.
Ese pedido le atravesó el alma con una fuerza que jamás había sentido. Se le helaron las manos. Se le calentó el pecho. Se le comprimió la garganta. Todo mezclado, todo confuso y todo real.
La abrazó tan fuerte que casi la dejó sin aliento, como si pudiera ganarle al tiempo si la sostenía un segundo más. Hundió la cara en su cuello, aspiró su aroma, ese olor a hogar que siempre encontraba cuando volvía vivo de una misión, y cerró los ojos con fuerza, queriendo guardarla entera en la memoria.
—Siempre vuelvo —le prometió, con un temblor apenas audible.
Era la frase que ella necesitaba oír… y la que él necesitaba creer.
La besó. Y ese beso no fue una despedida, sino un refugio desesperado, un “te necesito conmigo”, un “si pudiera elegir, me quedaría acá para siempre”. Un beso que le dejó un ardor dulce en la boca y una herida abierta en el pecho.
Cuando se separó, sintió un desgarro interno, como si hubiera dejado un pedazo de su alma en ese último contacto.
Erika levantó la mano y le acarició la mejilla con una delicadeza tan triste que lo obligó a darse vuelta para no quebrarse delante de ella.
En la base, los motores del helicóptero rugían listos para devorarse el cielo. Las hélices cortaban la lluvia fina en destellos blancos. Los cuatro tripulantes ya estaban equipados: el piloto, el navegante, Brenner —su compañero más cercano— y Thomas, que ajustaba el arnés con manos que, aunque firmes, sentía más pesadas que de costumbre.
—Guzmán… ¿estás bien? —preguntó Brenner, mirándolo con atención.
Thomas asintió con un gesto breve. Había algo en su pecho… una mezcla entre cansancio y un letargo extraño que no lograba sacudir, como si el cuerpo tardara más de lo habitual en obedecerle. Una parte de él lo atribuía al desgaste físico de los últimos días, otra al estrés acumulado, otra a no querer pensar en nada más que en Erika.
Subió al helicóptero, se abrochó el arnés y tomó una bocanada profunda. La nave despegó casi sin turbulencias. La noche estaba calma, el mar se extendía como una sábana oscura y silenciosa, apenas ondulada por la llovizna.
Miró por la ventanilla y una punzada le atravesó el pecho cuando recordó el abrazo de Erika, la forma en que su voz se quebró, la manera en que sus dedos temblaban aferrados a él. Ella siempre escondía el llanto para no cargarlo de culpa, y él siempre fingía no notarlo para poder concentrarse en salvar vidas.
—Vuelvo con vos… —murmuró, dejando que el vidrio frío le sostuviera la frente—. Siempre vuelvo…
Pero la sensación extraña seguía ahí: un adormecimiento suave, un hormigueo en los brazos, un mareo que aguardaba agazapado.
Cuando llevaban un tramo sobre el océano, una ráfaga inesperada sacudió el helicóptero. El piloto avisó algo sobre una turbulencia leve, nada que no se hubieran enfrentado antes. Sin embargo, el mareo golpeó a Thomas sin aviso, como un balde de agua helada derramándose dentro de su cabeza.
Los ojos se llenaron de pequeños puntos blancos.
Los músculos se tensaron sin fuerza real.
El aire se volvió más espeso.
Brenner lo miró de inmediato.
—Tom… te ves mal, ¿te mareaste?
Thomas abrió la boca para responder, pero ningún sonido salió. Una gota fría de sudor le recorrió la espalda, los dedos se le aflojaron, y sintió cómo el arnés bajo sus manos parecía pesar el doble.
El helicóptero recibió otra sacudida brusca.
Un pitido agudo reventó en los auriculares.
—Perdemos potencia —anunció el piloto—. Agárrense todos.
La nave cayó varios metros de golpe.
El mar subió como un abismo devorador.
Thomas intentó ayudar, intentó tomar los mandos, intentó hacer lo que había entrenado mil veces, pero su cuerpo no obedecía, como si una fuerza invisible lo estuviera hundiendo desde adentro. El temblor en sus manos no era común. Ni la lentitud que sentía.
—¡Guzmán, arriba! ¡ARRIBA! —gritó el navegante, desesperado—. ¡Meté fuerza, hermano!
Thomas apretó los dientes, quiso empujar la palanca, pero sus muñecas cedieron, los dedos se le soltaron y el mareo lo envolvió tan rápido que no pudo sostenerse.
—No… puedo… —alcanzó a decir, con una vergüenza que lo atravesó como un cuchillo.
—¡Vamos, Guzmán, reaccioná! —le gritó Brenner, dándole un sacudón en el brazo—. ¡Nos caemos, Tomás!
Él lo intentó. Juro que lo intentó con toda su alma.
Pero era como mover montañas con hilos de lino.
Entonces el cielo se partió.
Un rayo explotó tan cerca que el mundo entero se volvió blanco.
La nave tembló, se inclinó y entró en una caída en espiral.
—¡SALTEN! —rugió el piloto.
Los dos tripulantes de atrás se arrojaron al océano.
Sus cuerpos desaparecieron entre las olas como sombras arrancadas por la oscuridad.
Thomas no pudo seguirlos.
El cinturón no se soltaba.
Las manos no respondían.
Brenner forcejeó con él.
—¡Tomás, dale, despertate! ¡Dale, que nos hundimos!
El impacto contra el agua fue brutal.
El mundo se quebró en mil pedazos.
Vidrios, metal y agua lo envolvieron todo en un caos indescriptible.
El cinturón cedió gracias a Brenner, que empujó a Thomas hacia afuera justo antes de que una ola gigantesca los separara. La última vez que lo vio, la sombra de Brenner fue tragada por la espuma violenta.
—¡Brenner! —gritó Thomas, ahogándose—. ¡Brenner!
Pero el mar no devolvió nada.
Las olas lo golpearon con una fuerza aterradora.
El agua helada le cortaba la piel como cuchillas.
Cada bocanada era una mezcla de aire y sal.
El cielo desaparecía.
Todo era n***o.
Intentó nadar.
Intentó moverse.
Intentó flotar.
Pero su cuerpo seguía sin responderle del todo, como si cada músculo estuviera envuelto en un sueño viscoso. Sus brazadas eran débiles, torpes, imperfectas. Se hundía. Subía. Volvía a hundirse.
—Erika… —apenas pudo decir, tragando agua—. Mi amor… perdóname…
Las olas lo empujaban hacia abajo con una fuerza casi humana, como si el mar conociera sus puntos débiles.
Luchó por la superficie.
Una brazada.
Otra.
Un jadeo.
El agua volvió a cubrirlo.
Y entre la oscuridad del agua cerrándose sobre él, su mente se llenó de recuerdos como destellos desesperados:
La primera vez que la vio flotando inconsciente, con la piel pálida y el cabello pegado al rostro, cuando la rescató del naufragio.
El temblor de sus manos al sacarla del agua.
El modo en que se le heló el mundo cuando tuvo que poner su boca sobre la de ella para reanimarla.
El instante en que ella respiró de nuevo y abrió los ojos con un susto dulce que él jamás pudo olvidar.
El sonido de su voz quebrada diciéndole “¿Estoy viva?”.
La sonrisa torpe que él soltó cuando la vio temblar pero despierta.
La primera vez que ella le tomó la mano, todavía en el hospital, diciendo que no lo iba a olvidar nunca.
Todo su corazón se apretó con un dolor insoportable.
Quería volver a ella, abrazarla otra vez.
Quería decirle que la amaba y quería cumplir su promesa.
Intentó subir hacia la superficie, una vez más, con todo lo que quedaba de fuerza en su cuerpo, pero el mareo era devastador y el agua lo arrastró hacia abajo.
No vio el mar.
No vio el helicóptero.
Ni siquiera vio el cielo.
Lo último que vio fue a Erika, sonriendo como el día en que volvió a respirar en sus brazos, extendiéndole la mano, con la luz del amanecer detrás de ella.
—Volvé… —pareció decirle.
Thomas estiró los dedos, intentando alcanzarla.
El agua lo cubrió completamente.
La superficie se alejó.
Todo se volvió silencio.
Y el mundo se apagó.
Thomas Guzmán murió en el mar.
El rescatista que siempre volvía… esa vez no volvió.
La verdad… quedó flotando entre las sombras del océano.