El médico le dio el alta a Valeria con una lista de instrucciones: reposo, analgésicos cada seis horas, cambio de vendaje diario, y nada de esfuerzo físico durante al menos dos semanas. —Sobre todo —agregó el médico mirando a Alexander—, necesita paz y tranquilidad. Sin estrés. —Lo tendrá —prometió Alexander. Valeria casi se rio. Paz y tranquilidad. En su vida. Qué concepto tan absurdo. El trayecto a casa fue silencioso. Alexander conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo la de Valeria, como si temiera que desapareciera si la soltaba. —Deberías descansar —dijo ella cuando llegaron a la penthouse. —Tú también. —Soy la que recibió un disparo. Tengo mejor excusa. Alexander la guió hasta el sofá de la sala, acomodando cojines detrás de ella con un cuidado casi cómico.

