Brandon entró al hotel con un semblante endurecido. Todos lo saludaban a su paso, pero también, se mantenían distantes. Cuando el jefe llegaba con mala cara lo mejor era no estar cerca. Al estar en su oficina se encontró a Jerika Lewis, su secretaria y asistente y la única persona dentro de aquel edificio capaz de ponerle los pies en la tierra le gustara a él o no. —Al fin te encuentro —habló el hombre acercándose a ella. Jerika, una mujer delgada, de cabello castaño siempre atado en dos trenzas, que amaba vestir con pantalones y mantenía un eterno ceño fruncido en la frente, estuvo organizando carpetas en el escritorio. Al escucharlo entrar se irguió y lo enfrentó con cara de pocos amigos. —¿Ese es tu saludo después de un mes fuera de Fort Bragg? —Casi un mes. Estuve en Holanda veint

