Capítulo 5. El abrazo que lo cambió todo.

1694 Words
Al terminar de comer, Brandon lavó los platos y cubiertos utilizados mientras daba un repaso a la cocina. El desorden era monumental. Era evidente que Diana había regresado hacía poco, quizás esa misma mañana o durante la noche anterior y aún no había terminado de desempacar. Se sentía emocionado al encontrarla. Tenerla allí resultaba una gran novedad que lo hacía sentir de nuevo interés por aquel lugar, del que inevitablemente se estaba alejando. Aunque debía tener cuidado. No podía permitir que en su interior despertaran sentimientos especiales por esa mujer. Todavía no sabía qué había pasado con ella en esos seis años, qué compromisos había adquirido y qué nuevos traumas estaba arrastrando. Él ya tenía una vida complicada, no quería aumentar sus preocupaciones. Pero no iba a dejar pasar esa oportunidad. Eso jamás. Iba a comerse ese dulcito de fresa una vez más sin importar las consecuencias. Diana iba a ser suya de nuevo, le pertenecería en cuerpo y alma. Aquel se había convertido en su objetivo más prioritario. Una vez que terminó de lavar salió a la sala. Recostó un hombro en el marco de la puerta y se cruzó de brazos viendo a David jugar en el suelo con unos barquitos de juguete. Los hacía rodar por carreteras imaginarias como si fuesen autitos. Caminó hacia la puerta para mirar por la ventana lateral. Diana se encontraba en el exterior aun discutiendo con el tal Joseph. Brandon, aunque no lo conocía, ya lo odiaba. El tipo era tan insistente y molesto que le provocaba salir y quitarle el móvil a la mujer de las manos para lanzarlo al fondo de la bahía. De esa manera no recibiría más llamadas de ese idiota. En una mesita lateral descubrió el sobre que portaba el logo de su hotel Ocean Breeze. Estaba abierto, eso le demostraba que Diana ya había leído su propuesta para la compra de la propiedad. Pero además, halló otro sobre. Ese tenía el logo de la Alcaldía de Fort Bragg y también estaba abierto. No pudo evitar echar un vistazo a su interior. Se trataba de otra propuesta de compra de la propiedad enviada por el Administrador de la ciudad, que buscaba terrenos en la zona costera para construir espacios públicos en pro de la comunidad. Lo peor de la situación era que no solo estaba firmada por aquel funcionario, sino que como vocero empresarial aparecía la firma del CEO del hotel Storm, su rival. —Maldito hijo de puta —se quejó al darse cuenta que el hombre apoyada la compra de los terrenos cercanos a su hotel. ¿Con qué intención?—. Olvídate de esta casa, imbécil. Esta no me la vas a quitar. Es mía —mascó entre dientes. Para controlar su irritación, guardó la misiva y regresó a la cocina. Aunque amaba los retos y la competencia, en esa ocasión no iba a jugar con aquel CEO. La propiedad de los Rivers era suya, con todo y lo que ahora tenía dentro. Tomó un bol chato que encontró sobre la encimera y lo llenó hasta la mitad de agua para llevarla al sitio donde se encontraba David. Se sentó en el suelo frente a él metiendo dentro a sus barquitos, logrando que flotaran. El niño lo miró con intriga. —¿Te gustan los botes de juguete? —quiso saber Brandon. Recibió un asentimiento con la cabeza como respuesta. —Cuando yo tenía tu edad, también me gustaban. Mi padre no me compraba autitos de juguetes, como a los otros niños, sino barcos —contó, haciendo navegar a los botes en el agua—. Mi sueño era ser pirata, tener mi propio barco y una tripulación fuerte y recorrer los siete mares buscando tesoros. David se impactó por sus palabras. —Yo… tam-también... quiero ser… pi-pirata. Brandon sonrió, complacido. —¿Has navegado alguna vez? —El niño negó con la cabeza—. Al menos, ¿tu madre te ha llevado a la playa? —Ahora asintió, sonriente—. Yo tengo un velero, no es muy grande, pero es muy bueno para dar paseos por la zona. Desde hace mucho no lo saco a navegar, aunque podría hacerle mantenimiento para llevarte algún día a conocer las profundidades del mar. ¿Te gustaría? Aquella propuesta le iluminó el rostro a David. —¡Sí! —respondió con claridad, sin indicios de tartamudez. —Pero tengo que revisarlo primero, está guardado desde hace algunos años. Cuando esté listo te aviso y nos vamos de paseo con tu madre. Así te enseño a navegar. Sin que Brandon se lo esperara, David se puso de pie y se lanzó sobre él para abrazarlo por el cuello. Aquel repentino abrazo no solo lo impactó, sino que generó dentro de él una especie de descarga eléctrica que revolvió algo en su interior. Esas sensaciones lo desconcertaron. Luego de dudarlo, respondió a aquel abrazo envolviéndolo entre sus brazos mientras su corazón palpitaba con energía en su pecho, y sentía las palpitaciones agitadas del niño. Diana entró en ese momento a la casa luego de terminar su llamada. Mantenía un rostro cansado y furioso por la larga y tediosa discusión, pero al ver aquel abrazo quedó paralizada y hasta perdió los colores de su rostro. David sonreía con una amplitud que ella no veía desde hacía meses, parecía feliz. Eso le rasgó el corazón. Una vez que el niño terminó el abrazo se separó de Brandon y sin perder la sonrisa se sentó junto al bol para jugar con sus botes haciéndolos navegar en el agua. El hombre lo observó con atención, aun asimilando la ternura de su anterior gesto. Al girar el rostro hacia Diana, la notó consternada, pero la mujer al lograr reaccionar se aproximó a él con la furia colorando sus mejillas. —Vamos afuera —pidió entre dientes. Brandon se puso de pie con lentitud y salió al exterior seguido por ella. Se esforzó por controlar sus emociones y volver a ser el mismo sujeto indolente y despreocupado de antes. —No quiero que vuelvas a mi casa ni que estés cerca de mi hijo —soltó la mujer apenas estuvieron en el porche. Él la encaró con movimientos lentos. —¿Hice algo malo? Solo lo entretuve mientras tú discutías por móvil. El pobre chico se siente desplazado, por eso me agradeció con un abrazo. Ella apretó la mandíbula con enfado. —Yo no desplazo a mi hijo, así que no me juzgues. No sabes nada de mí, Brandon Hardy, no te atrevas a criticarme —advirtió, señalándolo con un dedo. —¿Criticarte? Jamás haría eso, pero tú tampoco me juzgues sin conocerme, Diana Rivers. No soy el mismo de antes. No sabes nada de mí. Aquello lo dijo con tanta dureza que a ella la sorprendió, aunque eso no rebajó su irritación. —Vete de mi casa. Como ves, tengo mucho que hacer y el tiempo no me alcanza para atender a las visitas. —Sí, me iré, pero vendré de nuevo —sentenció, inclinándose hacia ella hasta quedar a su altura—. Seremos vecinos, eso nos obliga a recuperar nuestra amistad. Aquello a la mujer le sonó más a una amenaza que a una promesa, aunque igual se estremeció. Sobre todo, al sentir el aliento cálido y embriagante de él en su rostro. Pero Brandon no duró mucho tiempo cerca. Al asegurarse que la había provocado se retiró, aunque tan solo llegó a dar un par de pasos antes de detenerse y girarse de nuevo como si hubiese recordado algo importante. Avanzó esa vez hacia la mujer con una actitud más determinada y desafiante. Diana se inquietó al tenerlo una vez más a pocos centímetros y cubriéndola con su sombra. —Dime algo, Diana, ¿qué edad tiene tu hijo? La pregunta la empalideció y la dejó muda un instante. —¿David? —¿Tienes otro? —la pinchó, posando sus ojos inflexibles en ella. —Cinco años —mintió. No podía decirle la verdad, que tenía seis. Debía evitar que él sacara cuentas y sospechara. En ese instante no estaba preparada para enfrentar esa verdad. Brandon siguió traspasándola con mirada escrutadora por unos segundos, como si pudiese atravesar todas sus murallas y llegar a su alma descubriendo las verdades. Pero tenerla tan cerca lo hizo experimentar un deseo feroz que le costó controlar. Detalló con hambre la cara de la mujer, redescubriendo las manchitas que salpicaban su rostro alrededor de su nariz y que él tanto había amado en el pasado. Unas que le parecían constelaciones y le indicaban el camino a seguir hasta llevarlo a su destino. —Nos vemos luego, pecas —susurró sobre sus labios—. Y esta vez no te me escaparás —prometió, y pasó el dorso de uno de sus dedos con suavidad por su mejilla, en dirección a sus labios sonrosados. Al llegar a ellos, tocó el inferior con la punta de su dedo provocándole un gemido. Diana cerró los ojos y abrió los labios por instinto, a la espera de que él metiera el dedo en su boca para así chuparlo, pero Brando lo que hizo fue marcharse. El frío que la abordó al perder su cercanía la enfadó y la hizo tambalear. Al abrir los ojos lo miró alejarse apresurado de la propiedad como si le molestara estar allí. —Miserable —se quejó, roja por la furia. Brandon se apresuró por poner distancia entre él y aquella divina pelirroja. La cercanía de Diana produjo un fuego devorador en su interior que lo consumía de manera despiadada. Si se hubiese quedado un segundo más, la habría tomado por la cintura y se la hubiese devorado en ese porche como muchas veces lo había hecho en el pasado, con entrega y pasión. Y aunque estaba dispuesto a hacerla suya una vez más, no le daría su corazón. No iba a permitir que ella se burlada de nuevo de él, por eso debía ser precavido. Diana Rivers iba a ser su mujer solo para obtener una satisfacción, nada más. Ella era suya, le pertenecía, y a él nada le quitaban de las manos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD