Capítulo 4. Un cervatillo asustado.

1355 Words
Por un instante los tres quedaron paralizados, compartiendo miradas llenas de curiosidad, miedo e inquietud. Diana, cansada de aquel debate silencioso, se giró para enfrentar al niño. —¿Puedes esperar en tu habitación mientras termino de conversar con este señor? —expuso con tono de advertencia. —Pero… tengo… —David, por favor. Ve a tu habitación. Ahora. Eso último lo dijo con tal autoridad que el niño la miró con tristeza y bajó su carita al suelo con ganas de llorar. —Por Dios, mujer. ¿En qué te has convertido? —La intervención de Brandon la asustó, además de indignarla—. Tiene hambre y la sopa está lista y aún caliente. Él comenzó a hurgar entre desorden que había sobre la encimera. —¿Qué haces? —preguntó ella con el rostro colorado por la rabia. —Buscaba esto —aseguró, y tomó dos platos hondos y dos cucharillas. Sirvió sopa en ambos y fue a la mesa. —Ven, amigo, que la comida se enfría. David abrió los ojos en toda su extensión y corrió hacia la mesa para ocupar una silla. Diana estaba tan enfadada que no podía ni cerrar la boca. —¿Qué haces, Brandon? No te invité a comer. —Hay sopa como para alimentar a un pelotón. Además, acabamos de reencontrarnos, no vas a ser tan descortés de no invitar a comer a un viejo amigo que desde hace seis años no prueba una sopa de guisantes partidos. Ella lo miró con los ojos muy abiertos. ¿Buen amigo? ¿Recordaba el tiempo exacto en que no se veían? Al descubrirlo comer la sopa con tanto gusto, compartiendo sonrisas y guiños de ojos con David hasta hacer que el niño también sonriera mientras comía, se saturó con un cúmulo de emociones que no podía dominar. Aquello era demasiado. Apretó los puños dispuesta a discutir con él lo suficiente como para sacarlo de su casa, sin importar si había terminado la sopa o no, pero el repique de su teléfono la detuvo. Sonaba el tema de «Shiny Happy People» de R.E.M., así que enseguida supo que se trataba de Joseph Quinn, su mentor de cocina y amante ocasional. Rugió por el enfado antes de tomar el móvil y responder la llamada. No había podido terminar de conversar con él por la crisis que había atravesado David y tenía varias cosas que aún debía dejarle en claro. —¡¿Joseph, qué quieres?! —preguntó de mala gana y tratando de susurrar para que Brandon no la escuchara, pero resultó imposible. Él giró el rostro y la vio marcharse hacia la sala para hablar en privacidad con expresión molesta. Era evidente que la persona que se había comunicado con ella le producía enojo. —¡Deja de preocuparte, todo está bien! ¡No es tu problema lo que le pase a mi hijo! ¡David es mi asunto! Brandon apretó el ceño sintiendo gran curiosidad por lo que decía, y a la vez, experimentando celos. ¿Acaso ese tal Joseph sería el padre del niño? Como ella se había alejado demasiado y ya no podía escucharla regresó su atención al chico. Experimentó un sobresalto interno al encontrar un par de ojos enormes, tan negros como los suyos, clavados en su cara, como si fuesen capaces de verle el alma. —¿Qué tal, amigo? ¿Te gusta la sopa? ¿Verdad que está buena? Tu mamá cocina muy bien. David dibujó una sonrisa tímida en su rostro y bajó su atención a la sopa sin dejar de comer. —Te llamas David, ¿cierto? Creo que tu mamá está un poco molesta, aunque no sé si fue por mí aparición o ya estaba así antes. ¿Qué me dices? ¿Estaba furiosa desde antes, o fue al verme que se puso de esa manera? El niño no le respondió, solo lo vio con curiosidad. —Eres de poco hablar, ¿cierto? ¿Tienes papá? No pudo evitar preguntar. David solo amplió un poco más sus ojos negros y negó con la cabeza. —¿No tienes papá? —repitió Brandon confuso—. ¿Ese tipo con el que habla Diana no es tu papá? —Es… pro-profesor. Brandon lo observó paralizado. ¿Acaso tartamudeaba? —¿Es un profesor? ¿Profesor de quién? ¿Tuyo o de ella? —quiso saber, hablando con mayor firmeza por el desconcierto que sentía. —De… e-e-ella. A David le costó responder, y esta vez lo hizo sin darle la cara, con una expresión asustada en su rostro y mostrándose desganado por la comida. Brandon se irguió en la silla. Era evidente que el niño tartamudeaba y empeoraba si él aplicaba cierta rudeza a la conversación. Como si tuviese miedo de una reacción violenta. ¿Acaso había sufrido de maltrato? —¡Ya te lo he dicho, Joseph, no regresaré a San Francisco! ¡Necesito estar aquí! Él apretó aún más el ceño al oír a Diana alterarse con la discusión telefónica. ¿Sería ese Joseph el causante de la inseguridad del niño? ¿Un examante golpeador que acosaba a Diana y del que ella escapaba, por eso su regreso a Fort Bragg? Dominado por la furia dejó la cucharilla en la mesa con tal brusquedad que generó un sonido fuerte y metálico. David se sobresaltó en la silla y lo miró con rostro aterrado. Brandon alzó las manos en señal de rendición. —Tranquilo, amigo. Se me resbaló de las manos. Todo está bien. David no se movía, parecía estar a la espera de que algo malo sucediera. Brandon miró los alrededores buscando un método que lo ayudara a suavizar el momento. Divisó una bolsa con pan al otro extremo de la mesa. —¿Te gustan los submarinos? —El niño relajó las facciones de su rostro, aunque no perdió su postura alerta—. Cuando yo era pequeño y me hacía sopa para comer, cortaba trozos de pan y los hundía en el caldo. Decía que eran submarinos. ¿Quieres probar? La propuesta interesó al niño. Luego de dudarlo un instante, él asintió. Brandon acercó la bolsa hacia ellos y sacó un bollo, entregándoselo. Después tomó uno para él. —Lo cortas en trozos pequeños con los dedos. Hazlo así, como hago yo —le enseñó. David miró con atención lo que hacía y luego lo imitó. Cuando la mitad del bollo estaba en la sopa, Brandon tomó la cucharilla para hundirlos más. El niño hizo lo mismo. —Supongamos que estamos en una guerra naval y cada submarino que nos comamos es una batalla que ganamos a nuestro enemigo. ¿De acuerdo? Tenemos que ganarlas todas para ser campeones. El niño asintió, emocionado por el juego. Brandon se llevó el primer bocado de pan y sopa a la boca y lo comió sin apartar su vista del chico. David hizo lo mismo manteniendo una pequeña sonrisa en los labios. —Ya ganamos la primera batalla, ahora vamos por la segunda —propuso, y repitió la operación tomando un segundo bocado. Sonrió satisfecho al ver que el niño lo seguía volviendo a comer con ánimo. Aunque Diana continuaba discutiendo en la sala con Joseph, tratando de hacer valer su decisión de quedarse en Fort Bragg, David se mostraba más interesado en su sopa sin que lo inquietaran los gritos de la mujer. El juego que llevaba a cabo con Brandon lo mantuvo distraído. Al hombre le producía gran curiosidad lo que sucedía en aquella casa, pero aún más, la imagen de aquel chico. ¿Quién era su padre? ¿Por qué se comportaba como un cervatillo asustado y tenía dificultades para hablar? Estaba ansioso por aclarar sus dudas, sobre todo, el motivo por el que sentía una conexión extraña con aquel pequeño. Era una sensación que crecía a medida de que pasaba más tiempo a su lado, como si quisiese envolverlo entre sus brazos para protegerlo de todo peligro. Miró hacia la puerta que daba a la sala con el rostro apretado por el recelo. Diana debía darle algunas respuestas para que él pudiese aclarar sus sospechas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD