Brandon se puso ropa deportiva para salir a trotar. Le encantaba ejercitarse. Horas antes había estado evaluando el informe de las propiedades que Amanda había mandado a tasar y quería darse una vuelta por la zona para verlas en persona.
Su trote suave lo llevó directo a la casa de los Rivers. Cuando descubrió que habían incluido esa casa entre los terrenos a comprar su corazón latió desbocado.
Aquel hogar había estado deshabitado desde que el viejo Henry Rivers murió y su esposa Isabel decidió irse a San Francisco a vivir con su nieta Diana. Él había querido mantenerse en contacto con Isabel para saber de ella, pero no se atrevió a inmiscuirse.
Si Diana se había marchado de Fort Bragg cortando toda comunicación, suponía que era porque no quería saber nada de él. Así que decidió respetar su decisión.
Al llegar a la entrada la notó igual que siempre: cerrada y llena de maleza. Experimentó un ligero estremecimiento al estar allí, los recuerdos del pasado le llegaron como un oleaje a su cabeza dibujándole una pequeña sonrisa.
Dudó si dar una vuelta por el hogar o seguir su camino. Pensó en lo que Amanda le había comentado en la oficina, que ya le había enviado la oferta de compra a los dueños de las propiedades que había evaluado.
¿Diana habría recibido esa carta? Él sabía que Isabel había muerto años atrás, por tanto, ella era la única dueña.
¿Qué habría pensado la mujer al tener en sus manos una carta enviada por el CEO y dueño del hotel Ocean Breeze y ver su nombre al final de la misiva? ¿Eso la habría hecho recordar el pasado que vivieron juntos?
Negó con la cabeza y se regañó internamente por ser tan infantil. Su historia con Diana Rivers había terminado seis años atrás, ya debía superarla. Ahora era un hombre con dinero, estatus y poder en la región, que podía tener a la mujer que se le antojara entre sus brazos. ¿Por qué seguía suspirando por un viejo amor que lo había abandonado sin darle explicaciones?
Quiso dar media vuelta para seguir su trote hacia la próxima propiedad, pero al escuchar sonidos suaves dentro de la casa se detuvo. Estuvo inmóvil por un minuto tratando de descubrir si lo que había oído había sido real o una jugarreta de su mente caprichosa.
El retumbe de unos pasos apresurados, como si fuese la carrera de alguien de poco peso, provocó que todo su organismo se pusiese en alerta. Había alguien dentro de la propiedad, eso era indiscutible.
Con la respiración un poco acelerada se apresuró por llegar a la puerta y golpeó la madera con cierta ansiedad.
Luego de unos segundos de inquietante espera, esta se abrió generando un estallido en su interior que le costó muchísimo disimular.
Sus ojos se abrieron como platos y sus manos se cerraron en puños. No podía creer que su anhelo más profundo de ese día se hiciese realidad.
—¿Diana?
Ella se encontraba al otro lado de la puerta, también paralizada. Su organismo dejó de funcionar al ver al hombre que tenía parado en frente.
¿Cómo era posible que Brandon Hardy estuviese allí? ¿Habría escuchado la súplica silenciosa que lanzó al cielo horas antes?
—¿Qué haces aquí?
A él le costó responder enseguida. Los ojos verdes azulados de la mujer lo ahogaron por completo, así como sus cabellos del color del fuego, pero cuando logró recuperar el control de sus acciones se esforzó por sacar a relucir su careta de tipo indolente y divertido. Esa que lo había ayudado a sobrevivir los últimos años.
—Vaya, pensé que nunca más te vería en la bahía.
La mujer dudó un instante y se alisó la ropa como si aquel encuentro le hubiese producido una fuerte sacudida dejándola desaliñada.
—Yo… vine por…
—¿Recuerdas que justo aquí al lado está ubicado el hotel de mi familia? —preguntó, buscando llenar el vacío que la incomodidad de ella generó.
—Sí, lo recuerdo —respondió la mujer muy seria.
—Planeamos agrandarlo, ahora soy el CEO encargado, por eso estamos viendo propiedades abandonadas de los alrededores para comprarlas. Te enviamos una oferta.
Sus palabras frías a ella la irritaron. Sí había recibido esa propuesta, eso fue lo que la motivó a decidirse por regresar a Fort Bragg.
Cuando tuvo la carta en sus manos, con la firma de Brandon plasmada en el papel, no pudo evitar que los recuerdos del pasado la invadieran y despertaran en ella emociones que había creído muertas.
—Sí, la recibí, pero esta propiedad, aunque parece abandonada no lo está. Yo vine para quedarme un tiempo.
La noticia a él le resultó como el golpe de una enorme bola de demolición contra su pecho. Quiso estirar su rostro por la felicidad, pero lo que hizo fue mostrar una sonrisa fría y calculadora.
—¿Regresas a la bahía? La verdad es que no me lo esperaba, mucho menos en el momento en que me urge comprar los terrenos colindantes. Que inoportuna eres.
A ella le pareció que aquella respuesta era una especie de reclamo mezclado con ironía. No le gustó y se puso más seria, dispuesta a ponerlo en su lugar, pero al verlo olfatear el aire a su alrededor como si buscara reconocer algún aroma se inquietó.
—¿Qué haces?
—¿Eso es una sopa de guisantes partidos?
La mujer agrandó los ojos.
—Sí.
—¿Preparaste una sopa de guisantes partidos? —preguntó con el ceño fruncido, como si no se creyese que ella fuese capaz de realizar esa hazaña.
Lo peor no fue que expresara aquella insolencia, sino que pasara por su lado ignorándola por completo para entrar a la casa sin ser invitado.
—¡Brandon! —reclamó Diana y enseguida cerró la puerta y fue tras él.
El hombre siguió hasta la cocina y abrió la olla aspirando a profundidad el olor que desprendía la comida que se hallaba dentro.
—Huele exquisito —reconoció, y repasó la encimera llena de artículos sin guardar hasta dar con una cucharilla.
Con total confianza tomó un poco del caldo para probarlo. Diana no hacía otra cosa que mirarlo con una mezcla de indignación, miedo y alegría.
Aún no asimilaba que tuviese dentro de su cocina a Brandon Hardy, su antiguo amor. Uno por el que aún su corazón suspiraba.
—Dios, que delicia. ¿La preparaste tú?
—Claro que la hice yo —rebatió molesta y se cruzó de brazos.
—Está buenísima —reveló, dando otra probada al caldo—. Tengo años que no pruebo esta sopa. Recuerdo cuando Isabel la preparaba en los días de invierno, o cuando alguien en casa estaba enfermo. Decía que era mágica, capaz de aliviar cualquier dolencia.
Diana se conmovió al escucharlo hablar de su abuela, pero procuró disimularlo. Con nerviosismo vio como el hombre seguía tomando cucharadas de sopa para comerla como si en verdad le encantara.
—¿Quieres que te sirva en un plato?
Él la observó sorprendido. Parecía que recién se daba cuenta lo que hacía.
—¿Aprendiste a cocinar como Isabel?
—No solo eso, sino que estudié cocina en San Francisco. Soy chef.
Brandon arqueó las cejas, sorprendido por aquella noticia.
—¿De verdad? Felicitaciones —dijo, y dejó a un lado la cucharilla tapando de nuevo la sopa—. ¿Qué más hiciste en San Francisco? ¿Te casaste? ¿Tienes familia?
Esas preguntas la inquietaron. Por un momento no supo qué responder.
—Yo… ehhh…
—Me alegra verte en la bahía.
La voz del hombre de pronto cambió, volviéndose más seductora e íntima. Estaba fascinado con tenerla allí, tan cerca. Se aproximó para aspirar su aroma, que seguía oliendo a flores frescas y brisa marina.
Diana fijó su atención en él calcinándose con el calor y la energía que trasmitía su mirada oscura. Se inquietó, retrocediendo.
—A mí también me alegra verte.
—¿Hablas en serio? —la provocó, volviendo a acercarse.
En esos años sin ella se había vuelto un experto en traducir los gestos nerviosos de una mujer. Lograba percatarse cuando ellas sentían una fuerte atracción e interés por él y estaban dispuestas a recibir sus atenciones.
Diana reflejaba su disposición como si fuesen carteles de neón. Eso le gustó.
Saber que aún podía afectarla era como si hubiese ganado una medalla de oro en una difícil competencia.
—Sí, ¿por qué mentiría?
Brandon se atrevió a tomar un mechón del cabello rojizo de la mujer y lo acarició como si fuese una fina tela. Este seguía siendo igual de sedoso y rebelde que antes, sentir su suavidad lo estremeció.
—Te fuiste hace tanto y nunca…
Sus palabras susurrantes fueron interrumpidas por la llegada de una personita a la cocina. Cuando él vio la pequeña figura que se paró en la puerta quedó paralizado.
—Ma-má, tengo… hambre.
Diana se alejó de Brandon con expresión asustada, poniendo distancia para impedir que él pudiese tocarla de nuevo.
Vio alarmada como el hombre miraba con curiosidad y sorpresa a David y cómo el niño era incapaz de apartar sus ojos de Brandon.
Era como si ambos estuviesen frente a un espejo del tiempo. Donde podían verse a sí mismos, tan iguales, aunque con años de diferencia.