Cuando Diana despertó, la luz del sol alumbraba toda la habitación. Casi enseguida se percató que estaba en su dormitorio, acostada en su cama, desnuda y con un exquisito dolor recorriéndole el cuerpo entero. Aquella última sensación le hizo recordar todo lo sucedido la noche anterior: las caricias de Brandon y su boca recorriendo cada rincón de su ser, besando, lamiendo y mordiendo cada centímetro de sí hasta arrancarle varios orgasmos. Se sentó de golpe sobre el colchón sin encontrar a nadie a su lado. Lo halló sentado en un sillón frente a ella, ya vestido y mirando las fotografías que había sacado de las cajas y aún tenía apiladas sobre una mesita. —Buenos días, pecas —la saludó con una sonrisa arrebatadora, que a ella le provocó una colisión de emociones en su pecho. —¿Tienes much

