Brandon supervisaba el final del arreglo del jardín y despedía a los jardineros cuando notó a David parado en un montículo de tierra al fondo del patio. El niño miraba con curiosidad el mar. Se aproximó a él y se paró a su lado con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. —¿Te gusta? David asintió, con una sonrisa dulce en el rostro. —Es hermoso —reconoció el hombre, manteniendo su mirada fija en las olas—. Podría pasar horas mirándolo sin aburrirme. El chico observó el agua con el mismo interés con que Brandon lo hacía, como si ambos compartieran la misma fascinación. —Se parece a los ojos de tu madre, ¿no crees? —El niño lo miró con las cejas arqueadas—. Es tan claro, profundo y salvaje como ella. Brandon dirigió su atención al chico y le guiñó un ojo. David emitió una r

