Nervioso, Jack abandonó la cafetería. Los vientos de cambio de su vida parecieran estarle tomando por sorpresa, no esperaba volver a ver a esa mujer y menos que ella se dirigiera a él con tanto agrado. No era común que ninguna mujer se tomara tanta familiaridad con él.
Caminando apresurado, como si el mismísimo demonio, hubiera tocado las células más sensibles de su ser, caminó apresurado por las calles, hasta que se adentró en las instalaciones del subterráneo y miraba a su alrededor como el que busca a su perseguidor. Así le hizo sentir el gesto, para él desinteresado, de Dinna.
Ese beso sorpresivo lo llevó al límite de su desconfianza en contra de sí mismo. Lo traicionó al punto de que le hizo ver delante de ella como un hombre carente de carácter. Se cuestionó la respuesta que dio. No obstante ello, no supo cómo responderle. Su inexperiencia con las mujeres no le sirve de mucho.
Sentado en uno de los compartimentos del tren, mientras veía como este se alejaba más y más del lugar donde la dejó, fue que logró calmar un poco la ansiedad que le produjo el roce de los labios de esa mujer inalcanzable en su mejilla. Aun los sentía quemar sobre la piel, hasta temor sintió de pasar sus dedos sobre esa área para no borrar la sensación tan agradable de lo que era sentir el calor tan tierno que esa mujer le transmitió en ese beso.
Se sentía tan emocionado que le pareció como si las personas pudieran percibirlo así sin más, y como no era costumbre en él vivir de esa manera, de inmediato la vergüenza se hizo presente. Miró alrededor para encontrarse con que en ese vagón solo iban dos personas, una chica tan distante físicamente como tan abstraída del mundo por la expresión de su rostro, ni lo miraba, llevaba audífonos puestos, y si supo de su presencia en ese vagón lo ignoró por completo, mientras que él sentado al otro extremo, no hacía sino repartir miradas a todos los rincones del vagón, se mostraba ansioso y tan evidentemente despierto que parecía delatar la emoción que estaba viviendo.
Jack no podía entender cómo algo tan efímero y fugaz como un beso sin aparente significado pudiera dominar la vida de alguien, porque así fue. Ese beso lo acompañó por el resto de los días que prosiguieron.
Al día siguiente llegó a su lugar de trabajo pero con un ánimo totalmente distinto.
—Buenos días —lo saludó la asistente de producción—. Licenciado, ¿qué le sucedió de camino a la empresa? —inquirió la mujer totalmente extrañada de verlo distinto.
Aunque Jack no sonreía de su rostro se desprendía una luz distinta, una que sustituyó a la sombra de la tristeza, la apatía y la soledad que normalmente le había ido acompañando desde que ingresó a trabajar allí.
—Buenos días, Samara —le contestó él y se cohibió de repente—. Na…, nada, todo está normal —le dijo en un tono de voz inseguro.
Para todos en la casa de modas no era un secreto que él evitaba relacionarse con las chicas a menos que fuera para darle órdenes o responder alguna petición de ellas siempre que fuera de trabajo, pero nadie decía nada al respecto pues se suponía que solo iban allí a trabajar, sin embargo, todos eran conscientes de que la vida de Jack no era tan perfecta como dejaba ver. En su mayoría los que estaban bajo su dirección eran hombres y mujeres con familias constituidas, esposa o esposos e hijos de los cuales normalmente hacen algún comentario, Jack era el único que no decía nada al respecto, ni siquiera el dia que se hizo el anuncio oficial de sus diseños salió nadie a celebrarle tal logro.
Tal era la luz que desprendía de su rostro esa mañana al llegar al taller que no pasó desapercibido para Samara, su mano derecha en esa área.
—Ya —adujo la mujer para para no insistir como bien lo hubiera podido hacer con otros compañeros, Jack no le ha dado confianza a ninguno para hacerle la más mínima broma—. Aquí tiene la minuta del trabajo del día —la mujer le entregó una tablet con el cronograma de trabajo—. Frangelico quiere hablar con usted antes de que se enfoque en su trabajo.
—¿Te dijo para qué quiere reunirse tan temprano? —inquirió Jack al ver la hora.
—No, solo me advirtió que era importante —le dijo Samara—. Iré a supervisar el arribo de un lote de telas, del almacén me informaron que estaban llegando.
—Perfecto, anda, sí, es importante verificar que sean las que necesitamos, después tardaremos en sustituirlas —admitió Jack—. Deja a alguien supervisando mientras regresamos tú o yo —le pidió él con la amabilidad que le caracteriza.
Al dar instrucción en torno al trabajo, Jack olvidó por completo la interrogante curiosa de Samara, pero no dejó de sentir ese pequeño atisbo de felicidad que el beso de Dinna dejó en él la noche anterior.
Antes de ir a su oficina a dejar su maletín, donde llevaba la laptop y bocetos de trabajo, suspiró y miró alrededor. Sonrió para sus adentros y después de mirar nuevamente alrededor se embarcó al pent house, nivel donde estaban ubicadas las oficinas de presidencia.
—Buen día —saludó en su acostumbrada timidez a la secretaría de Frangelico, una chica rubia de un metro sesenta pero lo suficientemente intimidante por su atractivo.
—Buenos días, Licenciado —le respondió la chica con coquetería, un gesto que ya le resulta natural porque siempre la veía actuar del mismo modo con cualquier persona, sea hombre o mujer, solo que a él parecía desencajarlo.
—Frangelico me mandó a llamar con Samara —le anunció y miró en seguida hacia un cuadro que está detrás de ella.
—Sí, sí, él me advirtió que usted subiría temprano, ya lo anuncio —le dijo al joven rubia con una sonrisa tentadora—. Sí gusta, tome asiento —le invitó señalando la silla en frente de ella.
No le hizo caso sino que le dio la espalda y caminó hacia un juego de sillas de espera, encima de la cual hay un juegod e cuadros que si bien los conoce de memoria, simuló estarlos viendo como si fuera la primera vez, todo para no exponerse a ver tanta sensualidad en una mujer; y no es que actuara como un enfermo s****l, no, no era eso, sino por su total desconfianza consigo mismo, que al no saber cómo actuar en caso de que Aisa le lanzara el anzuelo, él no sabría cómo atajarlo en el aire sin trastabillar y caer de boca quedando como el perfecto idiota. Por eso prefirió darle la espalda a la preciosa vista que esa joven pudiera regalarle sin cobrarle peaje por ello. Para Aisa, Jack era una eminencia, un ejemplo a seguir, así como lo es para el resto de las personas en la casa de modas que lo han visto ascender de a poco.
—Listo, Licenciado —Aisa llamó su atención—. Puede pasar. El Licenciado Mundi ya lo está esperando —le informó con una espléndida sonrisa—. ¿Gusta usted tomar un café o un té?
—Un café está bien, gracias —le dijo serio y se apresuró no solo a darle nuevamente la espalda sino también a entrar a la oficina de Frangelico sin ni siquiera tocar la puerta para anunciar su llegada.
Al estar adentro de la misma, encontró a Frangelico, al frente de su mesa de dibujos, estaba concentrado, pero al escucharlo carraspearse la garganta levantó la mirada y le hizo seña para que se acercara.
—Necesito tu opinión con estos diseños —Le dijo sin mayor preámbulo.
Jack, como tampoco es tan asiduo a las formalidades previas y menos con Frangelico se acercó a hacer lo que le pidió. Se concentró en ver los dibujos en el papel. Por un rato se abstrajo y solo hasta que Aisa ingresó a la oficina con una bandeja con el café que le ofreció fue que él despegó la mirada de los pliegos.
—Aquí está su café —anunció Aisa en su aterciopelado tono de voz.
Dejó los cafés en una mesa que sirve de comedor y de reuniones en algunas ocasiones.
—Disculpe Licenciado Mundi —escuchó Jack cuando ella volvió a hablar—Acaba de llamar un representante de la casa de modas Merkel para saber si les puede conceder una reunión.
En ese momento tanto Aisa como Jack fueron conscientes del cambio en el humor de Frangelico.
—Esos desgraciados ¿Ahora qué quieren? —le preguntó el bufando.
—La verdad, no…, no…, no sé, señor —le respondió Aisa—. Llamó la secretaria del representante legal de la empresa y pidió la reunión. No dio mayor detalle.
—Pues no, no concederé entrevista ni reuniones con ningún desgraciado que venga de esa antro que se dice llamar casa de modas —adujo con odio en el tono de su voz.
Como estaba de espalda a Jack le fue difícil ver su expresiones, aunque no era difícil imaginar que su rostro debía estar enrojecido de la ira y el verdor de sus ojos tan oscuros como lo era la vegetación en las profundidades del mar.
—Los Merkel en cualesquiera de sus manifestaciones están vetados en este lugar, de ser posible bloqueen cualquier forma de contacto con esa gente —dijo Frangelico en una orden cerrada—. Los Merkel son el enemigo.