—¿Qué haces tan solo? —escuchó Jack detrás de él.
Por segunda vez esa voz logró sorprenderlo, lo tomó desprevenido. Sin poderse creer las coincidencias de la vida, giró levemente su cuerpo sobre la silla que llevaba aproximadamente una hora ocupando desde que llegó al local. El vuelco en su corazón y la dilatación de sus pupilas le confirmaron que no había escuchado mal. Era ella.
Una vez más la vio radiante, impecable en su vestir y en el maquillaje que llevaba, no podía pedirle más a la vida. Para Jack la belleza de esa mujer era inigualable. Suspiró al absorber el aroma de su perfume, que en una mezcla dulce y cítrica lo embriaga aún más que el trago de whisky que llevaba todo ese tiempo forzando a tomar.
—Ho…, hola —le respondió atropellando las palabras.
Dinna como de tímida no tiene nada, y en eso sí que Jack percibió de inmediato se diferenciaba de él, se inclinó para posar sus labios en su mejilla. Dejó un beso de sus labios rojos. Sintió un cosquilleo sobre la piel al contacto tan sutil caricia.
—¡Qué casualidad! —le dijo ella seguido del beso y actuando con naturalidad paseó sus ojos azules alrededor del lugar—. ¡Qué extraño! —exclamó una vez más simulando malestar—. Quedé en encontrarme con unos amigos aquí —le anunció ella mientras simulaba tener la mirada perdida alrededor buscando algo y al mismo tiempo se limpiaba el borde de los labios como si buscara corregir el labial, tal como actuaría si hubiera finalizado un beso bien cargado, solo que allí ella apenas rozó la piel de Jack con ellos; pero como la coquetería no la abandona, y en esa ocasión menos que nada pretendía hacerla a un lado, la puso por delante como su aliada. Su intención era llamar la atención de Jack y lo estaba logrando.
Él no dejaba de ver el movimientos de sus dedos alrededor de sus labios, y no solo eso, sino que también la vio respingar los labios haciendo gestos presuntamente involuntarios. Lo que alteró a Jack, y no tuvo más opción que desviar la mirada para disimular su nivel de afección. Sintió un calor incómodo, y antes de que él terminara de decidir si hacerle la propuesta que se le vino a la mente hacerle, ella hábilmente, se le adelantó.
—Eh, y si… —comenzó a decirle él pero ella lo interrumpió.
—¿Será que puedo esperar a mis amigos sentada aquí en tu compañía? —le preguntó ella fingiendo estar en un estado desvalido—. No me gusta venir a estos sitios sola. Mis amigos lo saben y no entiendo como no han llegado.
—Tranquila, por supuesto —le respondió él con cierta inseguridad, aunque su intención era proponerle lo mismo.
Admiró lo que consideró la intuición de esa mujer.
«Intuitiva y hermosa», se dijo mentalmente y suspiró para sus adentros mientras la observaba.
—Gracias —contestó ella apoyándose en su brazo de manera atrevida al adoptar un gesto que hubiera resultado tan natural si de verdad fueran amigos de tiempo, pero en el caso de ambos apenas han tenido, con ese, tres escasos encuentros tan superficiales.
—No…, no te preocupes —le dijo Jack algo exaltado al tenerla tan cerca; de hecho, uno de sus pechos rozaban una y otra vez su brazo, lo que le paralizaba momentáneamente la respiración.
Jamás en su aburrida vida Jack se había visto en una situación tan incómoda. Mientras él estaba tan arremolinado mentalmente, a ella la mira inexpresiva, como si su reacción hacia él fuera tan normal como la parálisis de los pulmones de Jack en cada presión que los pechos de Dinna hacen sobre su brazo. Jack se reconoció incapaz al no saber cómo actuar.
—Ven —dijo él soltando su brazo con sutileza y se alejó para disimular el efecto de la cercanía de esa mujer que aunque intencionalmente invasiva, para él resultaba ser lo mejor que la vida le pudiera ofrecer en ese dia tan atropellado y en ese final de una semana de trabajo con tantos descubrimientos extraños y los cambios que ello le obligó a hacer no solo en su entorno sino en su interior.
Cuando Dinna apareció, Jack se encontraba debatiéndose en una guerra interna sobre sus principios y los prejuicios que él mismo ha estructurado en su limitada forma de vivir. Sí que lo tomó por sorpresa que coincidieran allí, y precisamente cuando más mal se estaba sintiendo consigo mismo y el entorno que lo rodeaba. En esa hora pudo haberse ahogado en alcohol pero tan incapaz era que le daba temor dejarse llevar y no saber en qué lugar iba a terminar. Por esa razón llevaba una hora saboreando la bebida.
Nervioso le señaló la silla que abrió para que se sentara.
—Ay no, ahí no —rechazó Dinna haciendo un gesto de malcriadez, respingó los labios en un puchero mientras que señaló la silla vacía al lado de la que él estaba ocupando—. Prefiero sentarme cerca de ti, puede aparecer un ebrio abusador.Si me ven a tu lado nadie se acercará —le dijo ella sobreactuando la ocasión y disfrutando internamente al ver que Jack miraba alrededor como si buscara sacar de algún lugar a un abusador..
—Está bien —accedió Jack—. Es verdad, vamos.
Giró alrededor de la mesa y abrió la silla que ella ocuparía, esperó a que ella se sentara para volver a darle la vuelta a la mesa y tomar asiento nuevamente en el lugar que estaba ocupando hasta ser sorprendido por ella.
—Gracias por ofrecerme tu protección —le dijo ella adoptando un tono de voz más sobreactuado, aniñado.
—No es nada —le dijo él, y buscó a la mesera con la mirada—. ¿Gustas tomar a…? —la interrogante quedó suspendida en el aire cuando sintió los labios de la mujer sobre los suyos.
Jack pudo jurar que al contacto accidental ella con su lengua lo invitó a separar sus labios sellados ante la sorpresa, pero en seguida descartó esa suposición.
—Ay, disculpa —dijo ella mostrándose apenada—. ¡Qué torpeza la mía! —dijo tapándose el rostro.
Aunque confundido porque ese simple gesto despertó en él una serie de sensaciones nuevas, procurando mantener la calma para no demostrarle nada a ella, y no parecer uno de los hombres abusadores de lso que precisamente ella estaba buscando huir, con un gesto de su mano intentó calmarla.
—Ya, ya, no fue nada —dijo llevando una de sus manos a la mano derecha de ella, pidiéndole olvidar lo sucedido.
El remedio fue peor que la enfermedad, porque Jack al contacto con las manos tibias y suaves de Dinna, sintió un cosquilleo en los nudillos de sus toscos y callosos dedos, quitó la mano en seguida como si hubiera entrado en contacto con lava ardiente. Dinna pese a tener el rostro cubierto con sus manos supo que había logrado ponerlo nervioso, lo que le demostró que ella no era indiferente para él.
Jack echó su cuerpo para atrás con la intención de recostar su espalda de la silla, como si con ello fuera a poner una gran distancia entre ambos, cuando en realidad Dinna al haber acercado más la silla a él, prácticamente estaba encima del joven diseñador inexperto en mujeres con tanto poder de persuasión como ella.
—Disculpa, no sé por qué todo me ha salido tan mal estos días —dijo ella msotrándo depresión.
—Tranquila, no te preocupes —le pidió él sin saber tampoco cómo actuar con ese nuevo estado emotivo.
Dinna de la emoción de verlo, en seguida pasó a una tristeza extraña.
—¿Te pido algo en especial o tomas lo mismo que yo? —le pidió señalando su vaso aún a medio tocar.
La mujer mostró confusión hasta para responder algo que era tan sencillo.
—No sé, no sé —dijo ella con voz entrecortada—. Pide lo que gustes, confío en ti, tu no me harías daño.
A ella y a ninguna mujer, porque en su inexperiencia siente temor de acercarse a alguna más que para darle una orden o responder alguna de las interrogantes, lo que siempre sucede con sus empleadas.
Jack se decidió por pedir lo mismo para ella; sin embargo, antes de que llegara el trago Dinna decidió que era el momento de irse de ese lugar.
—Creo que lo mejor es que me vaya —le dijo y se tambaleó al ponerse de pie con brusquedad, llevó sus manos a su frente mostrando sentirse mal.
—Espera un momento, ¿para dónde? ¿no esperará a su amigos? —inquirió él
—No, no, no creo que vengan, me urge irme, solo que tardaré mucho en llegar, vivo del otro lado de la ciudad —dijo ella y levantó la mirada para ver a través del vidrio del café—. Para colmo está lloviendo
Jack compasivo con la mujer que lo lleva paralizado no tuvo mejor idea que ofrecer auxiliarla.
—Te puedo llevar a mi casa mientras escampa, vivo a unas cuadras, podemos irnos en un taxi de la entrada —propuso él.
—¿Estás seguro? ¿Y si se molesta tu esposa? o ¿Tu madre?
—No tengo quien me espere, vivo solo —le dijo serio.