Capítulo 4: Adulterio.

3004 Words
El hombre terminó de acomodar su traje, echándole un vistazo a su esposa Elena. —Llegaré pronto, hablaremos unas cuantas cosas, ¿estás segura que no quieres ir conmigo? Pienso que sería bueno que ellos también te conocieran a ti, y que hablaras con ellos. —Eso pensé, pero luego me arrepentí. No puedo dejar a Cassie sola, ella ha estado demasiado mal en estos días, temo que haga cualquier locura, ella podría atentar contra su vida, sabes que lo ha intentado antes. Le tomó un par de instantes de reflexión, pero el hombre asintió, sabiendo que, por desgracia, su esposa tenía razón. Un dulce beso viajó a la frente de la mujer, que lo recibió con calidez, sonriente. —Estaré aquí en un par de horas, pero no creo que tarde demasiado. —Cuídate, cariño —se despidió Elena, acompañándolo hacia la puerta, en donde lo observó irse. Cuando el hombre se fue, una expresión recelosa cubrió el rostro de Elena, como la de quien trama algo. Se dedicó a regresar a su habitación, diciéndose a sí misma palabras halagadoras frente al espejo, era preciosa, y nadie, ni siquiera sus enemigos podían poner objeción a aquello. Sacó de su armario un babydoll el cual se colocó, dedicándole una mirada ególatra al espejo, peinó su cabello hacia atrás, girando su cuello ante la llamada que le entró, una sonrisa descarada adornó su rostro cuando se percató de quien era. —Será aquí —fue lo primero que dijo como saludo, empleando su voz más seductora. —¿Allá? —Sí, aquí. —¿Por qué allá, Elena? —Me siento más cómoda así. —¿O te gusta la adrenalina? ¿No será eso? Porque cómodo no tiene nada lo que me propones. Ella encorvó su labio en una sonrisa atrevida. —¿Acaso no te gusta la adrenalina? —Me encanta. —Pues ven rápido, no soportaré demasiado. Tras decir aquello, colgó, arrojándose de espaldas a la cama. Los pensamientos no tardaron en llegar y con ellos trajeron a las acciones. La excitación empapó a Elena, quien empezó a tocarse con rapidez, jadeos cargados del más profundo placer, se escapaban de entre sus labios, sus dedos empezaron a sumergirse con rapidez en sí misma, haciéndola perder la razón, la humedad se convirtió en su compañera, mordió sus labios para evitar jadear demasiado alto. Esperaba con ansias a que él llegara, a dominar la llama de pasión que siempre estaba encendida en su interior. Una vez que el adulterio había llegado a su vida, ella se había convertido en una adultera por siempre. Su parte más racional sentía asco por lo que había llegado a hacer en su búsqueda de satisfacción: a serle infiel a su propio marido, en su propia cama, con su propio amigo. El descaro más profundo vivía en ella, en muchas ocasiones, la culpa la abrumaba, pero el placer desvanecía aquella nube de culpa, volviéndola ajena a cualquier lazo moral que la atara a mantener la fidelidad con su esposo Jaime. Amaba a su marido, sacrificaría muchas cosas por él, y de eso no había duda alguna, pero…, él no la complacía como su amante lo hacía, él no era joven como su amante lo era, él no tenía la fuerza que su amante tenía, no era lo mismo, a su esposo no le gustaba estar en la cama con ella, era un hombre estúpidamente conservador, mientras Elena se denominaba a sí misma como una zorra adicta al placer, cuando conoció al amigo de Jaime, Robert, el clic había sido inmediato, lo que comenzaron como encuentros ocasionales terminaron en necesidad: ella necesitaba el placer que aquel hombre joven le proporcionaba. Ella, una mujer de treinta y siete años, casada desde hace veinte años y con una hija, él, un hombre de veinticinco años, que tenía a una mujer embarazada en casa, una mujer que creía que él en verdad la amaba. Ambos eran pecadores. A ninguno le importaba. El placer nublaba la moralidad, solo bestias adulteras se podían apreciar entre los escombros de su pecado. Entre lágrimas ella había jurado que algo así no se repetiría jamás cuando su esposo la había encontrado en la cama con Robert, pero como la adultera incurable que era, había roto su promesa, pues en aquel momento se encontraba ansiosa por la llegada de su amante. Elena brincó de placer cuando escuchó el sonido de la llamada de su celular, él le había indicado estar esperándola afuera, así que ella se dedicó a bajar con una rapidez eufórica, sin molestarse en esconder ni siquiera un poco el deseo que sentía por sentirlo. Un beso acuoso se selló en sus labios cuando Robert se encontró dentro de la casa. Sabía que se arriesgaba a ser descubierta de nuevo, pero con su esposo afuera y Cassie dormida, no había algún peligro, además, no había nada que le excitara más que la adrenalina. —Subamos —pidió ella, y ambos lo hicieron con rapidez, cerrando la puerta de la habitación en donde harían el amor. Elena fue arrojada sobre la cama, un beso salvaje se apoderó de su boca. Amaba esa agresividad, aquella que sabía que su esposo no podía brindarle, ni aunque ella se lo pidiera. Empezó a desnudarle con rapidez, dándose el lujo de observar su cuerpo, siempre joven al igual que su rostro. Un fuerte estocada sacó a Elena de sí, había sido demasiado repentino, asfixiante, pero de aquella manera que a ella le encantaba, luego una lluvia más de movimientos tuvieron lugar en su interior, haciéndola desvanecer en un profundo placer. Elena fue girada con brusquedad, siendo penetrada con una fuerza que la había tomado por sorpresa, el cuerpo del hombre colisionaba contra el suyo, volviéndola ajena a cualquier cosa que no fuese su placer, incluso ajena a que en la otra habitación, Cassie se encontraba arrojada en el suelo, llorando hasta el desmayo mientras escuchaba como su madre le era infiel a su padre una vez más. *** Séptima carta de Cassie para Oliver: Sé que estarías muy decepcionado de mí si me vieras en las condiciones en las que me encuentro. Sé que, cuando leas esta carta sentirás pena, y furia hacia mi persona, pues he hecho lo que prometí no volver a hacer; he cortado mis muñecas, mis tobillos, mis muslos. No lo he podido soportar, ha sido demasiado para mí, habían sido días pensando constantemente en como sacar estas emociones tan crudas de mí, y nada ha funcionado, Oliver, nada, solo cortarme, me duele, me duele admitirlo, pero sentir la cuchilla rasgando mi piel, ha sido lo más terapéutico que he sentido en estos días de tu ausencia. Me desperté hace un rato, ayer casi no comí, a mamá no le importó y papá pareció muy ocupado, siento que desde que tu ausencia está, mi vida se volvió un cliché. Anoche me dopé con un puño de pastillas para dormir, pues si no lo hacía, los pensamientos no dejarían de abrumarme, y hoy, cuando me desperté, deseé no haberlo hecho, descubrí a mamá fornicando con otro hombre en la cama de mi papá, todavía mientras escribo estas cartas puedo escuchar los gemidos de ella, y como si fueran voces esquizofrénicas deseo y pido que se callen de una vez, pues no puedo soportarlo más. Me duele, no te imaginas lo mucho que me duele saber que mi madre es una adultera, hiere mi corazón, y no puedo soportar el peso, siento que es demasiado para mí. Por favor, no sé que hacer conmigo, no sé que hacer con mi vida, la ansiedad me consume, y la rabia me destruye, tu ausencia me envenena y la incertidumbre me sofoca, no soporto un día más sin ti, por favor, dime que hice mal, dime, solo dime, solo necesito leer tu preciosa letra, y que me digas que sucede, que hay de mal en mí, por qué te fuiste sin ninguna explicación, me siento por completo perdida, pues no creí que fueras así, por años te he amado, por tres años he convivido contigo, has estado conmigo en las malas y en las peores, jamás te has ido de mi lado, así como yo jamás lo he hecho del tuyo, y ahora… ahora de repente ya no estás aquí conmigo, ahora de repente las noches son más frías, el café es más amargo, las pastillas no me tranquilizan, el ambiente se vuelve hostil, y los días se consumen, cada vez más rápido, pues en solo seis días me voy a Canadá, jamás me contaste en donde quedaba aquella pequeña casa de la que hablaste en tu carta. Jamás me comentaste nada más del plan, jamás me volviste a responder, me abandonaste, me dejaste, ni una letra ni un beso, ni nada, nada puede quitarme este dolor, solo uno de tus besos, nada puede arrancar de mí el anhelo de verte, solo uno de tus abrazos, nada puede quitar de mi este constante nerviosismo, solo escuchar la voz tuya diciendo que me tranquilice, siento que el mundo se me cae arriba, Oliver, y lo que más hiere mi corazón es que tú no estás aquí para ayudar a que el peso sea más liviano, pero quiero que sepas que, a pesar de esto y todo, te amo más que nada y nadie y nada de lo que suceda podrá cambiar eso en mí. Siempre tuya, cada día mucho más, Cassie. Octava carta de Cassie para Oliver: Querido Oliver: sé que no debería de necesitarte de la manera en la que lo hago, pero ¿quién soy yo para decidir eso? Te amo, pero quiero que lo entiendas bien, te amo, eres el enigma que quiero pasar la vida respondiendo, eres mi lugar favorito, ese en donde el dolor es solo una ilusión que cuentas los mentirosos, justo entre tus brazos es en el lugar en donde, el día que me corresponda, en el que mi piel esté arrugada y mis ojos nublosos, yo muera, pero siempre contigo, siempre entre tus brazos, recibiendo dulces besos de ti, besos que me curan el alma, que me hacen anhelar ser más joven, solo para tener más tiempo de sentirlos. Tan sublime como el mar, que guardas dentro de ti muchos tesoros. Una vez, una vieja amiga me dijo, que el amarte significaba poner las manos en fuego, amo como ardí. Cada palabra aquí plasmada es la que dentro de mi alma como navajas está adherida. Eres —eras—, el lugar a donde siempre puedo acudir cuando me derrumbo en el abismo, pero ahora ya no estás, Oliver. Eras como un refugio, y como una chiquilla corría a tus brazos cuando buscaba sentir calor, pero ya no estás y ahora solo hay frio, un frio que me hiere, que lastima y que me destruye. No lees mis cartas, no me respondes, no estás, no eres...; siempre tuya, Cassie. Novena carta de Cassie para Oliver: Querido Oliver, la voluntad de mi alma se encuentra titilante, cada segundo más propensa a rendirse más, no sé de qué debería escribirte, solo quiero sacar lo que me molesta, aquello que me impide casi respirar; cuando llegaste a mi vida, esta estaba convertida en un desastre y ni siquiera sé por qué, mi familia siempre ha sido disfuncional, desde que tengo memoria, he visto a papá y mamá discutiendo, no es algo que me sorprenda, pero si es algo que me entristece, porque siempre deseé que todo fuera distinto, siempre deseé dejar de ser aquella muchacha extraña que teme de todo, que teme incluso de sí misma, mis rodillas están cortadas, he roto el espejo con mis propias manos, y estas están heridas, todo en mi está herido, incluso mi rostro, y ni hablar de mi corazón. Cuando llegaste a mi vida prometí cambiar, prometí sanarme, porque siempre fui aquella muchacha que intentaba impresionar a los demás, para recibir la aceptación que de sus padres no recibía. Oliver, el dolor tiene raíces muy profundas, y yo más bien que nadie puedo decirlo. No sé cual es el punto de esta carta, pues siento que es como una monótona repetición de todo aquello que alguna vez he dicho, pero no sé que más escribir, no sé que más decir. Los días se acortan, Oliver, quedan cuatro días para mi partida, y tú no me respondes, tu no respondes a mis cartas y en mi corazón está clavado el profundo miedo de que me abandones sin decir nada, pues nada duele más que un adiós que nunca se dijo. Siempre tuya, Cassie. Última carta de Cassie para Oliver: Querido Oliver: anoche soñé, estábamos tu y yo, corriendo bajo la lluvia, mi piel tenía heridas, pero tu decías que no las mirara, que fingiera que no existían, eso intenté, pero el agua hería mis cortes, te detuviste y me diste un beso en la frente, y me susurraste unas palabras preciosas, las cuales, para mi profundo desgracia, no soy capaz de recordar, solo sé que fueron hermosas, y yo lloré ante estas, y me dijiste que corriéramos, que corriéramos bajo la lluvia porque ahí nuestras lagrimas se volvían invisibles y así lo hicimos, me dijiste que me amabas y yo te dije que te amaba a ti, pero de pronto, todo se volvió oscuro, me encontré en un sitio distinto, vestida de novia y con golpes en mi mejilla, te buscaba por todos lados, pero nadie parecía escucharme, de pronto me encontraba camino a una boda, más tarde me di cuenta de que era mi boda, estaba caminando hacia mi boda, no sé con quién me casaba, no vi el rostro del novio, pero espero que hayas sido tú. Cuando me desperté del sueño me sentí más relajada, menos triste, porque al menos en mis sueños te logré ver, en ese momento quise beber un puño de pastillas para volver a dormir y verte en mis sueños, pero no tenía ni una. Me voy mañana, mi amor, y tú jamás volviste a darme ninguna respuesta. Estoy encerrada en mi cuarto, mientras mi madre toca a mi puerta, y lágrimas de sangre se escurren fuera de mis ojos, no quiero abrirle la puerta, pues ella verá mis heridas, pero no tiene fin querer encerrarme para siempre, tarde o temprano ella logrará entrar, más tarde que temprano. Tengo tantas cosas que decirte, pero ¿tiene algún caso hacerlo? No me malinterpretes, amor, no pienses que te odio o hacia ti tengo algún rencor, pero nada jamás me ha herido tanto como tu silencio. Como tu ausencia, como el saber que me tendré que ir, sin aunque sea probar tus labios una última vez, sin aunque sea poder escuchar tu voz una vez más, sin recibir unos de tus abrazos o sin ver otra de esas miradas que me das, tan hipnotizantes y atrayentes como el mismo triangulo de las bermudas, preciosos ojos que me acompañarán por siempre, pues aunque no estés conmigo, tu recuerdo sé que no me dejará por muchas primaveras. Este es el adiós, Oliver: por ti siento un amor desigual, que no lo podrá romper los años, ni los dolores, ni la oscuridad, un amor que me salvó de la oscuridad, un amor que me enseñó que mientras haya vida, hay esperanza, el calor de tus manos fue lo único que me salvó en mis momentos fríos, he pasado muchas noches en vela, pensándote, aunque hoy, hoy estoy completamente lucida escribiéndote esto, escribiéndote esta última carta, en donde no sé como terminar, y con dificultad logré empezar. La palabra “ultima” me aterra, pues siempre me ha dado miedo que todo llegue a un fin, es tan impersonal como lo nuestro acabó, tan brusco e hiriente, tan dañino, ojalá pudiera guardarte rencor, ojalá pudiera odiarte, aunque sea un poco, Oliver, pero me resulta imposible, las lágrimas no me permiten ver más, así que avivaré lo que quiero decir y me dejaré de tantos preámbulos. Te amo, te amo, te amo, te amo, como un artista ama a su más preciada obra de arte. Esta es mi última noche en este país, mis ojos se cerrarán sin apetito por volverse a abrir, mi café se congelará y un fragmento de mí se volverá cenizas al dejarte ir, los colores de mi alma se tornarán pálidos y mi voluntad terminará hecha trizas; pero por siempre te esperaré, por siempre te estaré esperando, en donde el sol de menos, en donde el viento sople lento, en donde la niebla sea tan espesa que nadie pueda vernos, que nadie pueda separarnos. Te perdí, nos perdimos, pero si en nuestro destino está eso escrito, algún día, aunque sea dentro de muchos años, nos volveremos a encontrar, y espero que, ese día nos amemos, como nos corresponde, como lo merecemos. Tuya, siempre, por siempre… para siempre, Cassie. Selló aquella carta, con su corazón convertido en trizas, el dolor era demasiado como para ignorarlo, lo sentía en todo su cuerpo, saber que aquella era la última carta, ocasionó una profunda agonía en su corazón. Pensó en una vez más ir a la casa de Oliver, para, como parte de un último intento, comprobar que él no estaba ahí, la incertidumbre jamás dejaría a su corazón en paz si no comprobaba al menos que el muchacho al que con toda la voluntad de su alma amaba estaba ahí. Puso la carta a un lado, y se paró de la cama, dispuesta a saber por qué Oliver no había vuelto a responder a sus escritos, sin imaginar la triste realidad que se hallaba tras aquella ausencia, sin imaginar que aquello, justo esa ausencia sería lo que cambiaría su vida, si tan solo, si tan solo Cassie supiera aquello, las cosas habrían sido distintas, y la desagracia jamás hubiese llegado a ennegrecer a su vida. Si tan solo Cassie supiera lo que en realidad ocurría, jamás había tenido que verse cubierta por la desgracia de ser la obsesión de un empresario, uno que daría todo para tenerla, aunque eso implicara destruirla.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD